José Azul y Charo de la Varga, juntos hasta la muerte, en el escaparate de “Quiteria Martín”


Por Carlos Calvo

Agustín García Calvo, muerto en el día de todos los santos, deja dicho que “uno no puede olvidarse del futuro porque uno personalmente está constituido por el futuro, por la muerte. Por la muerte siempre futura, esa que nunca está aquí, pero que está como futuro”.

Para Marcial, “más triste que la muerte es la manera de morir”. Cioran nos cuenta en ‘Breviario de los vencidos’ que quería a los que estaban cercados por la muerte, para poder volverse espíritu como ellos. En un poema de Brecht, un obrero pregunta a un médico que achaca su dolor de hombro a la humedad si también la mancha que hay en la pared de su casa proviene de esa misma humedad, que le puede condenar a la tumba. “La muerte es, fundamentalmente, reaccionaria”, sentencia Manuel Vázquez Montalbán. En ‘Doña Francisquita’, de Amadeo Vives, hay un bolero para solista y coro cuyo estribillo repite: “Ay que me mu…, que me muero, san Juan de la Cru…!”. Tagore observa y define: “El sello de la muerte da precio a la moneda de la vida y con él hace posible comprar lo que realmente tiene valor”.

También existen en la historia de la música clásica algunos referentes importantes que tienen al horror de la muerte su objeto principal. Hay conatos de terror en la ópera barroca, a partir del paseo por los infiernos del ‘Orfeo’ de Monteverdi, pero son tan estilizados e inofensivos que causan más ternura que miedo a la muerte. Se encuentran también algunas referencias diabólicas, algo pintorescas, en la música instrumental, como la sonata ‘El trino del diablo’, de Tartini, la ‘Danza de las brujas’, de Paganini, o ‘La primera noche de Walpurgis’, de Mendelssohn. En la ópera ‘Don Giovanni, de Mozart, aparece el espectro del comendador al final del segundo acto, para llevarse al libertino protagonista a los infiernos, con unos trombones que el compositor vuelve a emplear en su inconcluso ‘Réquiem’. En la ópera romántica alemana ‘El cazador furtivo’, de Weber, un coro canta con voces de ultratumba. Berlioz, en su ‘Sinfonía fantástica’, sueña con un aquelarre, una orgía infernal, dirigida por la melodía de ‘Dies irae’. Liszt vuelve a usar la secuencia del ‘Dies irae’ para su ‘Danza de la muerte’. El ‘Fausto’ de Goethe es otra de las creaciones literarias que alimenta a Schumann o Sarasate. Saint-Säens, en la ‘Danza macabra’, retrata a la muerte tocando el violín sobre una tumba. Strauss prepara una gran matanza en su ‘Electra’, lo mismo que Prokofiev en la ópera ‘El ángel de fuego’. O Schoenberg, que escoge para su revolucionario ‘Pierrot Lunaire’ los sanguinarios versos de Albert Giraud…

En el México de los “muertitos” se burlan de la muerte de manera grotesca. “El arte de la fiesta, envilecido en casi todas partes, se conserva intacto entre los mexicanos”, nos dice Octavio Paz en su ‘Laberinto de la soledad’. Es la fascinación de su día de los muertos. En una película de Buñuel, un bandido atraca con su pistola al lugareño de Tijuana: “Dame el dinero… ¡o te mueres!…”. Para el habitante de Teruel, Zaragoza, Berlín o Nueva York, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente. Su indiferencia ante la muerte es su indiferencia ante la vida.

Con estos conceptos, José Azul (Burbáguena, Teruel, 1967) y Charo de la Varga (Zaragoza, 1966) actúan en el escaparate de ‘Quiteria Martín’, en la céntrica calle Mayor zaragozana, un homenaje a nuestros amigos muertos, tan impacientes, al modo de la tumba mexicana. Para ello, realizan una suerte de capilla hacia una fiesta del cementerio, porque en el mexicano día de los muertos, sobre todo en la provincia de Yucatán, los familiares, amigos y saludados se reúnen ante la tumba del ser querido provistos de todo lo necesario para su celebración particular: llevan comida y bebida e interpretan canciones populares. De esta manera, el artista turolense y la artista zaragozana formalizan esa actuación centralizada en una escultura metálica presidida por dos calaveras dispuestas en distintas texturas y mirándose de tú a tú, en un oficio de tinieblas de conversación mística. A ambos lados, entre tierra esparcida, dos pequeñas copas de cristal y unas botellas de ron y tequila, una naranja y un par de zapatos, siempre presidido por las correspondientes flores y una vela mortuoria. Cuando los cuerpos resuciten, loado sea el señor, se refrescarán la garganta con el fruto y el licor y se calzarán los zapatos para poder caminar como dios manda… Hay que acostumbrarse a tratar de tú a tú a la muerte. La muerte, al fin y al cabo, no es más que un estado de la vida. Sin su trasfondo constante, la vida no tendría tanto sentido.

José Azul, en sus últimas intervenciones, transforma en Bilbao un viejo coche en la escultura de un pájaro sobre patín, ejecuta en la pedanía de Lechago una flor azul en homenaje al escritor muerto Félix Romeo Pescador, también un corazón en Calamocha y una ballena en Burbáguena, y se sirve para su trabajo de una fragua, un yunque, soldadoras de electrodos, de hilo, radiales… Charo de la Varga, por su parte, diversifica su actividad artística entre la poesía, el vídeo y las artes, y su obra plástica señala el tejido y el trenzado, el lenguaje y el pensamiento, unas piezas visuales en ganchillo, de amor, de muerte, de recuerdo punzante, con abundancia de calaveras, en una mezcla de tejidos de artesanía y originales trabajos de autoría que recuerdan las plasmaciones de Meret Oppenheim, Ana Mendieta, Eva Lootz o Frida Kahlo, siempre con un toque mexicano.

Si en la cultura azteca se pavonean de que la muerte es algo risible, aquí la ocultamos porque no sabemos cómo tratarla. O porque la hemos alejado tanto de la vida que, sin comprenderla muy bien, todavía no le hemos perdido el respeto. Aquí cada vez que se muere alguien decimos que ha sido una gran injusticia. Incluso si se ha apagado una vida llena de sentido, incluso si por la edad parecería lógico que un cuerpo haya llegado al fin de sus días, no faltan quienes consideran la defunción como una especie de mala jugada del destino. No es inhabitual preferir quejas contra la injusticia de la muerte. Que ha dejado de ser consustancial a la vida para convertirse en una traición a la existencia. La muerte se convierte en una gran putada. Una solemne cabronada.

Los mexicanos, sin embargo, despiertan tanta fascinación intelectual como desconcierto civil. Esto lo saben muy bien José Azul y Charo de la Varga en esta exposición que se prolonga durante todo el mes de noviembre en el escaparate de ‘Quiteria Martín’, como también saben que la iglesia católica, que puede ser muchas cosas pero de tonta no tiene un pelo, siempre ha tenido claro que la manera más rápida de infiltrarse es “cristianizar” las antiguas fiestas paganas, como hizo con las hogueras que celebraban el solsticio de verano. Los mexicanos, a su manera, se pierden por los trucos, los tratos y los chupitos con disfraz. La muerte moderna carece de trascendencia, porque, en un mundo de hechos, es un hecho más. Pero al ser un hecho que pone en solfa el sentido de nuestra vida, la filosofía del progreso, por así decir, nos escamotea su presencia.

La gente lleva flores a las fiambreras donde descansan las almas dormidas que representan la caducidad de los yogures. De los países que conquistan los españoles del luto y el arcabuz, solo México transforma la muerte en una fiesta de cempasúchil, dulces y cánticos. Los antiguos también se toman la muerte con más descreimiento. He ahí una lápida en desnudo latín: “No hay ninguna barca del Hades, ni el barquero Caronte, / ni Eaco, el juez, ni el perro Cerbero. / Todos los que estamos muertos aquí abajo / nos hemos convertido en huesos y cenizas, en nada más”.

“Hay días en que está uno como harto de hablar de la vida”, escribe Ruano. La muerte, para la cultura azteca, está llena de valores, aunque sea por razones nada literarias y sí prácticas. Nosotros somos ingratos y nos inventamos ese dicho del muerto al hoyo y el vivo al bollo, y en cada terruño reclamamos el conspicuo esqueleto del paisano célebre al objeto, suponemos, de justificar una piñata de subvenciones sobre el cuñado historiador del concejal de cultura.

Ahora, José Azul y Charo de la Varga exponen en el escaparate de ‘Quiteria Martín’, ese bazar repleto de piñatas, máscaras, serpentinas, confetti, baratijas, trompetas, panderetas, dulces martillos de dulce martillar y demás alharacas como hacen nuestros amigos del Yucatán para celebrar a sus muertos, sin ese silencio efectivamente sepulcral, sin la fiel memoria de la viuda arrodillada sobre la huesa de su finado marido, sin la sensata conversación de un sepulturero ni la cursilería de ciertos epitafios, sin las pétreas posturas de los serafines trompeteros que anuncian el apocalipsis, sin la relativización, en definitiva, de la crisis que procura contar nichos.

La memoria es la esencia de nuestra identidad y si se disipa se pierde el futuro. No podemos olvidarnos de recordar, ya que la memoria es un paraíso del que no podemos ser desalojados, Si reconocemos que todo presente deriva de un pasado, el presente es el pasado del futuro. Por tanto, hay que conservar el futuro, ya que es el porvenir de nuestro pasado. La naturaleza rabiosa e impotente podrá continuar golpeándonos pero por mucha desazón que cause volveremos a levantarnos y a superarla con nuestras creaciones mucho más sofisticadas que las casposas obviedades repetitivas y sin metáfora. Volveremos a ganar porque tenemos el talento, el tabú y el misterio, el don de la libertad y sed de explorar los límites para crecer en el descubrimiento de lo desconocido.

Vivir con miedo a la muerte, parecen decirnos los mexicanos, parecen decirnos José Azul y Charo de la Varga, es tan tonto como morir con miedo a la vida. Acaso por eso recurrimos a tantos sinónimos que evitan pronunciar la palabra maldita. Hablamos de óbito, deceso, defunción, parca, fallecimiento, trance… Y en ese preciso instante nuestro currículum gana brillo. Muertos somos todos mucho mejor personas. La muerte nos da esplendor. Ya lo dice Jardiel: “Si queréis los mayores elogios, moríos”. De momento, nosotros elogiamos, en vida, a José Azul y Charo de la Varga, o Charo de la Varga y José Azul, distintos pero complementarios, por su actuación en el escaparate de ‘Quiteria Martín’, cuyo propietario, me cuentan, está deseoso de que llegue el treinta de noviembre para respirar con alivio. Cada vez que una familia se acerca a su escaparate, los niños salen corriendo, despavoridos, al son de… “¡uff, qué miedo!”. Y yo remito a la chiquillería al gran Agustín García Calvo, muerto en el día de todos los santos, cuando escribe aquello tan bonito de que “no hay dios ni hay ley que a contradanza no se pueda bailar”, porque “tu muerte es tuya” y “tu no saber es toda tu esperanza”.

Artículos relacionados :