Observación, cine, solidaridad y otras consecuencias

Por JJ Beeme

     Venía Icíar Bollaín a presentar El olivo (2016), film inaugural de Esterno Notte, ciclo histórico del Filmstudio varesino que alcanza este año su 35ª edición, y Giulio Rossini, su presidente, me invitó a delinear un perfil de la cineasta madrileña. Fruto de esa velada, y del coloquio que mantuvimos con el público, son estas líneas.

      Abría la sesión un breve reel con sus películas, sea como actriz (desde aquel deslumbrante debut en El sur, en su mano un péndulo de zahorí del padre republicano: memorable Omero Antonutti), sea como directora: También la lluvia y La boda de Rosa han pasado ya por el Cinema Teatro Nuovo. Y todos, incluso quienes recién empiecen a descubrir su filmografía, entienden muy pronto que estamos ante una cineasta de poderosa y empática mirada, que elige desde el inicio el cine de la realidad para contar historias íntimas pero en grado de compendiar, sin vicios retóricos ni proclamas ideológicas, problemas socio-políticos de gran calado como la acogida de mujeres migrantes y la xenofobia, la violencia de género, la difícil conciliación trabajo-familia, el neocolonialismo sobre la América hispánica, la diáspora por el desempleo, el ecofeminismo, la emancipación a través del arte, el solipsismo contemporáneo o la justicia restaurativa post-ETA.

   Temas que resuenan al maestro Ken Loach, al cual llega con Tierra y libertad (aquella empoderada Maite, miliciana del POUM) para después seguirle en La canción de Carla con un personal diario de rodaje entre Glasgow y Nicaragua. Paul Laverty debutaba allí como guionista al tiempo que conocía a Icíar, y juntos han concebido desde entonces hijos y películas. Recuerda que, aunque Loach tuviese todo pensado sobre el papel, sugería a los actores sólo unas pautas de cada escena, unas líneas de diálogo, y éstos se lanzaban a la acción hasta tal punto imbuidos de sus personajes que, al final, palabras y gestos coincidían en buena medida con lo que estaba escrito. Una prueba de la intensa implicación emocional de los actores es que temían morir, es decir, que su personaje saliera de la historia, y si a uno la producción le daba un billete de vuelta a casa, o le procuraba varias mudas, era seguro que las balas estaban a punto de morderle.

     Aunque cursó en San Antonio de los Baños, la famosa escuela cubana patrocinada por Gabo, Icíar se proclama autodidacta pero con un ojo y un oído muy atentos a los maestros con quienes ha trabajado (Erice, Vega, Cuerda, Gutiérrez Aragón, Borau), de manera que, gracias a la lección loachiana, dio mayor frescura, temperatura cotidiana, textura documental, a su primera historia para el cine, Hola, ¿estás sola?, donde ya estaba trazado ese decidido compromiso feminista que ha ido luego abordando desde diversas perspectivas. Con todo, prefiere el método acaso más clásico de ensayar y ensayar antes de ponerse a rodar, para así corregir, afinar el guión incluso desde matices interpretativos aportados por los actores. Pero comparte con el realizador inglés, que alguna vez ha evocado el crudo testimonio de Ladrón de bicicletas, la inspiración aún válida del neorrealismo italiano en cuanto a elección de actores no profesionales, interpretación naturalista, ambientación en lugares reales antes que en decorados, historias representativas y hasta redentoras de los de abajo.

   Subtitulada Hay tierra con Alma, la película que nos convocaba excava en la memoria. Memoria ancestral que está siendo arrancada de cuajo en provecho del mercado global y uniformizador donde se trafica con todo, incluso con lo más sagrado, nuestra propia identidad. Laverty ideó un guión a partir de ese tráfico de olivos milenarios para ornato de jardines y centros comerciales que tiene su polo de distribución en viveros de Roma, desde donde se exportan a todo el mundo, y en torno a ese tótem mitológico dispuso una historia familiar, enraizada en el Maestrazgo castellonense, que pivota en la especial sintonía anímica entre un abuelo y su nieta: humanidad de desguace capitalista y plausible injerto o nueva savia generacional en el precipitado histórico.

    Nos contó Icíar, ya al final de la noche, que está defendiendo un par de largos en el enloquecido mundo de los dineros patrocinadores, y que se aproxima el rodaje de una serie de seis episodios acerca del conflicto generacional, cada vez más evidente, entre una creciente población envejecida, que pone en jaque (dicen los fiscos ordenancistas) el sistema de pensiones, y los jóvenes que a ellas contribuyen con su trabajo, cuando lo tienen, sin saber si a ellos les espera siquiera la jubilación. El guión, firmado también por Laverty, conjura una terrible solución exquisitamente neoliberal… 

      Pienso en mujeres cineastas e inmediatamente me acuerdo de la muestra internacional de Zaragoza, que esta año llega a su 25º aniversario (junto con la de Barcelona, la más veterana del país). Aquí Icíar es igualmente tesonera, no en vano fundó en 2006 la asociación CIMA para la defensa de las profesionales del sector, y evoca los tiempos, por fortuna superados, en que directoras españolas se podían contar con los dedos de una mano (Miró, Molina, Mariscal, Bartolomé) en contraste con la actual eclosión de películas firmadas por mujeres, sin ir más lejos Alcarràs de Carla Simón, premiada en la reciente Berlinale y con no pocas concomitancias con la parábola de aceituneros altivos que hoy nos dio cita.

   Antes de tomar el avión de vuelta a Edimburgo, dejamos que Icíar y Daniel, el hijo adolescente que goza de unos días sin escuela por gracia de la señora Windsor y la faramalla de su jubileo, cojan un tren en dirección al lago de Como. Quién sabe si también en ese florido atrezo alpino, como de postal suiza, hallará nuestra amiga motivos que golpeen el sensible radar de su imaginación creadora.
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