De viaje por las “XII Jornadas de Cine Mudo” de Uncastillo


Por Don Quiterio

   Las duodécimas Jornadas de Cine Mudo de Uncastillo, que organiza anualmente la Asociación Cultural La Lonjeta y coordinan Josu Azcona y Carmen Giménez, versaron esta muestra sobre el tema del transporte y los viajes.

     Tres días de fantasía, historias y amores sin voz pero con música en directo. La localidad zaragozana de Uncastillo, una vez más, se vistió de blanco y negro para cobijar la magia del cine mudo.

     “En la ficción y el documental”, afirman Carmen Giménez y Josu Azcona, “el cine ha reflejado el desarrollo de infraestructuras y medios de transporte, ofreciéndonos valiosas imágenes de las primeras bicicletas que compartían calzada con carros y tranvías de tracción animal… poco a poco reemplazada por el vapor y la electricidad. Ya entre las primeras tomas de este prodigio de imágenes en movimiento que es el cinematográfo, los hermanos Lumière filmaron distintas versiones de la llegada de un tren a la estación. Pocos años después, el asalto y robo a un tren en el lejano Oeste inauguraría un género que ha hecho soñar a generaciones enteras, mientras pioneros del nuevo arte como Georges Méliès (del que celebramos el 150 aniversario de su nacimiento en París) fabulaban viajes a través de lo imposible. El género cómico nos ha acostumbrado a las persecuciones y a las carreras de coches. Hay, sin embargo, quienes rehúyen los cambios y antes que moverse prefieren salir corriendo o aprovechar el revuelo para viajar hasta que las aguas se calmen”…



     El cine, en efecto, es movimiento. Eso es lo que significa la palabra. Por eso, siempre, está en crisis, desde su mismo origen. Los Lumière ya le dijeron a Méliès el día de su presentación en sociedad que el invento no tenía futuro… Y de estos pioneros franceses, como no podía ser de otra manera, pudimos ver –o, mejor, volver a ver- “Llegada de un tren a la estación” (1897), “Salida de Jerusalén en tren” (1897), “Viaje a la Luna” (1902), “Viaje a través de lo imposible” (1904), “Rally París-Montecarlo” (1905) y “El dirigible fantástico” (1906).



     Asimismo, las Jornadas proyectaron cinco cortometrajes documentales realizados entre 1901 y 1902 por Mitchell y Kenyon, en los que aparecen imágenes del tranvía en diferentes ciudades británicas (“Wigan en vivo”, “Tranvía eléctrico desde la plaza Foster en Bradford”, “La calle Jamaica en Glasgow”, “Viaje en tranvía por Belfast” y “Escena callejera en Manchester”); dos comedias típicas de la productora norteamericana de Mack Sennett (“Carreras de autos para niños”, de 1914, en la que Chaplin aparece por vez primera en su clásico papel de vagabundo, y “Revoloteando”, de 1923); la producción holandesa de Joris Ivens “El puente” (1928), uno de los pioneros del cine documental y del trabajo con cámara al hombro, influenciado por Walter Ruttmann y Dziga Vertov; el primer western de la historia del cine, “Asalto y robo a un tren” (E.S. Porter, 1903), que incorpora elementos iconográficos que se van a repetir hasta nuestros días; y “Un día de juerga” (1919), cortometraje en el que Chaplin encadena divertidos gags y en el que debuta Jackie Coogan, que luego protagonizará “El chico”.



    Junto a esta selección de cortos, las Jornadas programaron una serie de películas de metraje largo, como “Gente en domingo” (1930), una obra coral –Ulmer, Zinnemann, Wilder, los Siodmak- que muestra Berlín y la sociedad alemana de entreguerras de una manera realista y poética, bucólica y sórdida, única y trivial. O “Expedición argentina” (1928), de los hermanos Stoessel, uno de los primeros documentales rodados en América Latina que muestra los únicos fotogramas que se poseen de la antigua Managua, ya que un terremoto la destruyó al poco tiempo. O la española “La secta de los misteriosos” (Alberto Marro, 1917), una intriga folletinesca en la Barcelona de la época inspirada en la producción francesa de Louis Feuillade “Fantomas”. O la estadounidense “Relámpago” (Ted Wilde, 1928), el último filme mudo del gran Harold Lloyd.



    Al mismo tiempo, se estrenaron cortos de reciente producción: “Zoopraxiscopio” (Yago de Mateo, 2009), un homenaje a los inventores que permitieron reconstruir la fotografía fija en movimiento; “El tren de la comedia” (Marisa Tejero, 2010), sobre un viejo cómico que tiene como objetivo final de su carrera poner en marcha un tren de vapor que recorra los pueblos más pequeños; “Coche de propulsión compartida” (Michel de Broin, 2005), una producción canadiense en torno a un coche de pedales; “La abuela” (Per Carleson, 2004), un filme sueco alrededor de una anciana que olvida poner el freno de mano de su coche; o las sugerentes “cortinillas” fílmicas de un habitual colaborador de las Jornadas, Tasio Peña, del que ya disfrutamos en anteriores ediciones de las no menos sugestivas “El día en que todos fuimos Chaplin” y “El código Kubrick”.



     A lo largo de estos tres días se sucedieron quince horas de proyecciones acompañadas de algunas bandas sonoras y de música en directo para ambientar las imágenes sobre la pantalla, como hicieran nuestros antepasados. Así, pudimos deleitarnos con piezas al piano (Fernández de Ortega, Carlos González, Mikel Elizaga, Jaime López, Mariano y David Villafranca), al violín (Begoña González, Alberto Mendo), al saxofón (Alexandra Grimal, Mikel Andueza) y al acordeón (Ignacio Alfayé). Asimismo, en la sesión de apertura, se inauguró la exposición “Y, sin embargo, se mueve: en busca del cine perdido”, con materiales de la colección de Francisco Boisset y Stella Ibáñez, a través de los programas “Ciencia viva” y “Un día de cine”.



    Los inicios del filme, en el cual el arte y la técnica se hallan relacionados entre sí de una forma única, proceden de los juegos ópticos de tiempos más antiguos. ¿Quién es el inventor auténtico del cinematógrafo? Ésta parece ser la pregunta de la exposición, que quiere explicar los inicios de la diversión antes de que hubiera electricidad. De este modo, la exposición se detiene en el teatro de sombras, la cámara oscura, la máquina de Lavater del siglo XVIII para dibujar siluetas, la linterna mágica y ese cine de mano a base de librillos con imágenes consecutivas en sus páginas que se animan y cobran vida.

    La historia primitiva de la cinematografía empieza en 1832 con el “fenaquistoscopio” de Plateau y el “estroboscopio” de Stampfer. Dos años después aparece el “zoótropo” de Horner. En 1877 Reynaud desarrolla el “praxinoscopio”, en sustancia un perfeccionamiento del “zoótropo”. La cinematografía se basa técnicamente en el fenómeno de la inercia de la visión, es decir, en la capacidad de nuestra retina de retener la imagen de un objeto una fracción de segundo después de su desaparición. Estos cuatro aparatos aprovechan dicho fenómeno para rehacer un movimiento a partir de imágenes aisladas en paso continuo. Todas las formas posteriores y más complicadas del filme tienen su origen en estos inventos.

    Como complemento a la exposición, se pudo ver el cortometraje de animación “Buñuel y la linterna mágica” (2010), que recrea una sesión de linterna mágica ejecutada por un gamberro niño Buñuel en su Calanda natal, a la manera de una película antigua de cine mudo, con dibujos de José Luis Cano y dirección de Javier Espada; y “Las aventuras del doctor Dolittle: el viaje a África” (1931), de la pionera alemana Lotte Reiniger.

    Ya Platón nos habla de un caverna en cuyo fondo se proyectaban las sombras de los que se movían en su entrada. También los chinos, algunos milenios antes de Jesucristo, aprovecharon la propiedad de la luz y la sombra y nos legaron aquel juego que todos los muchachos conocen y al que, debido a su origen, se dio el nombre de “Sombras chinescas”. Desde aquellas primeras imágenes de los Lumière hasta hoy, el Séptimo Arte ha contado, asumido y explorado absolutamente sobre los seres humanos, desde sus gustos más espectaculares hasta sus sentimientos más íntimos, pasando por sus más avanzadas conquistas técnicas. Y es que con el cinematógrafo nace un nuevo arte que, como todas las artes, habrá seguido el mismo camino: empezar siendo intrascendente para convertirse en ejemplo estético de nuestro tiempo.

   Como broche, el galardón anual “Bocina de piedra” lo recibieron el pianista madrileño Carlos González, el programa pedagógico impartido por Ángel Gonzalvo “Un día de cine” y la muestra audiovisual aragonesa dirigida por Vicky Calavia “ProyectAragón”. Tres días, en fin, de fantasía, historias y amores sin voz pero con música en directo. Uncastillo, un año más, se vistió de blanco y negro para cobijar la magia del cine en una selección de películas inspiradas en viajes y medios de transporte reales o imaginarios. Cine en estado puro.

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