Pilar TorreBlanca. La voz que Aragón perdió.


Por Cristina Beltran

      La soprano experta en Rossini  ha partido a ser polvo de estrellas a causa de COVID.

   Dijo en ocasiones: “La música es la mejor forma de expresar mis sentimientos” y “…el principal problema de las mujeres es creer en la potencia de ellas mismas”. Bien, pues no hay duda, sus sentimientos los trasladó en todas sus facetas a un alto nivel y desde luego, no hay duda, si todas las mujeres  creyéramos  en nuestra potencia, el mundo cambiaría, viviríamos más y mejor.

    Hace unos treinta años, entramos en un salón de actos, el día del patrón de Aragón (celebrado aquel año en un pueblo de las cinco villas, si mal no recuerdo), para descansar de un vermut torero y sus vapores etílicos. Observamos un cartel en la puerta anunciando la actuación en directo de una artista delbel canto” justo en ese momento. Sin pensar en más, decidimos entrar a sentarnos para descansar de tan larga mañana o dormir la siesta durante la prometedora actuación, que más o menos nos daba lo mismo.

    No sé si existen las casualidades, pero mi percepción del canto cambió ese día a través del sonido que salía por las cuerdas vocales de una señora impresionante en sus formas  y en su vestimenta peculiar, nos dejó alucinados con el acompañamiento al piano de Miguel Angel Tapia, creo que fue uno de los  primeros conciertos (de este tipo de música) en directo a los que asistí, nunca olvidaré  la potente figura y voz de la mujer a la que este mes quiero recordar.

    Pilar Andrés de Pablo conocida soprano española y profesora fue una de las causantes de educar su voz para el canto, antes y de forma autodidacta cantaba otros temas y desde 1975 a 1984 conquistó grandes actuaciones y éxitos con la zaragozana polifónica Miguel Fleta. Obtuvo la beca del ayuntamiento de Zaragoza para continuar sus estudios de canto, cantó romanzas de zarzuela. Grabó un disco de música sefardí que se tituló “La canción de las dos orillas” donde había canciones sefardíes y canciones de autores sudamericanos, Falla y Granados. Actuó en Moscú , Whashington, Nueva York, Minsk…y otras ciudades del mundo. Se presentó a grandes concursos internacionales de canto (por ejemplo al de Alfredo Kraus en Canarias), siempre quedó en lugares de privilegio. Encarna, su madre siempre la acompañaba, seguramente era el único agarradero que necesitaba para imponerse a su esfuerzo.

   Existen muchas anécdotas para señalar, como aquella vez en la que tuvieron que ir a Bratislawa con el pianista Miguel Ángel Tapia y un pequeño piano para ensayar en el hotel, para visualizar y ensayar el sueño de interpretar  el papel de Dona Ana en la ópera de Don Giovanni, en el que sobre el escenario había una gran rueda posada y sobre ella cantaban los personajes, nadie pensó que superara la prueba porque con su cojera resultaba muy difícil participar en esa  función,ella subió al escenario y dejó de piedra a los organizadores, en vez de posarse sobre la rueda se agarraba a ella, al escuchar su voz, todo se olvidaba, superó todas las dificultades y al final actuó en el Teatro Principal de Zaragoza en ese papel.

  Ella expresó  “ creo que es nuestra obligación ser una cadena de transmisión de conocimientos, de sentimientos y de sensaciones que no es que no se puedan perder, es que el momento en que se pierda se perderá lo que es este arte y esta manifestación interpretativa y los cantantes más mayores tenemos la obligación de ir enseñando lo que hemos aprendido a lo largo del tiempo a la gente que viene, no por aquello de que escarmiente en cabeza ajena, porque todos necesitamos experimentar, pero sí de la manera en que yo recogí esa herencia de Pilarín Andrés, de Krauss, de Caballé y otra mucha gente con la que he tenido el privilegio de trabajar”.

    Fue directora de la fundación CESTE, Educación y Empresa, en la que participó durante quince años, hasta su fallecimiento. En febrero de 2018 como primera ponente del encuentro “Somos ConSentidas” dijo: “Trabajamos para que mujeres con discapacidad o cualquier tipo de signo de exclusión tengan los mismos derechos y posibilidades de formación”.

   Trabajó en sanidad, comunicación, y  protocolo. Torreblanca no lo tuvo fácil pero, perseveró y luchó contra las dificultades y las injusticias.

   Tenía dificultad de movilidad a consecuencia de una poliomielitis que la afectó de niña, y posteriormente a causa de un accidente se vió obligada a ir en silla de ruedas, la mayor parte de su vida fue obesa, tuvo que esforzarse mucho más que cualquier otra persona por estas características físicas, la imagen importa mucho, y más según el ambiente donde desenvuelves tu vida. Tal vez, eso ayudó en su afán de superación y  generosidad. Su salud empeoró tras una operación de estómago, sus esfuerzos continuaron, pero estar en el candelero requiere tener mucha fuerza, ánimo y reconocimiento que no siempre se dan de forma equitativa.

    El problema no solamente radica en nosotras, sino en la percepción que el mundo tiene de nosotras y en lo que de nosotras se espera.

    Puedo maquillar las palabras pero estas tan contundentes que acabo de escribir pesaron como una losa sobre sus hombros en su desarrollo como mujer,  contrariamente a lo que podría pensarse estas características lograron empoderarla. Fue una gran luchadora femenina y feminista fuera de los cánones establecidos logró que su nombre brillara a través de su voz y de su trabajo en la fundación, donde se la reconoce como trabajadora muy activa rozando al torbellino. Como señala Cristina Gianotti, sus limitaciones físicas no le impidieron nada, buscó la máxima visibilidad para las mujeres, siempre desde el respeto, ella se basaba en el ejemplo y en el trabajo, positiva, ayudadora y colaboradora en mil proyectos solidarios.

   Mi empatía y agradecimiento a esta mujer que cantando y trabajando superó grandes pruebas, todas, menos la Covid. Queda en nuestro corazón la voz que Aragón perdió.

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