Ramón Acín en sus escritos

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Por Carlos Calvo

   “Yo, al escribir, no hago literatura; escribo sujetándome el hígado o apretándome el corazón. Si canto suave o fuerte, canto sin saberlo, como los buenos árboles cuando les sopla el céfiro o les azota el aquilón”.

    Así se confiesa Ramón Acín en un artículo de 1926, toda una declaración de intenciones de un hombre cuya fortaleza pudo poner por delante lo que importa –la batalla, más allá del desenlace-, sin renunciar a su convicción, sus principios, ni un paso atrás, enfrentándose a las dificultades sin pervertirse, pudiendo ser siempre él mismo. En modo cierto, arriesgó, aguantó, sufrió, aceptó el reto, el cambio de riesgo, toleró los picos de dolor. Solo un exceso de fuerza demuestra la fuerza. 

  A Ramón Acín Aquilué (1888-1936) lo fusilaron, en su propia ciudad, las fuerzas facciosas sublevadas justo en ese periodo de su carrera en el que los creadores comienzan a asentarse, a formalizar ese corpus cultural e ideológico aplicado en la construcción de un universo estético propio. Otra víctima más de la guerra civil, este pedagogo, anarquista, periodista y artista oscense muere prematuramente, apenas sin cumplir la mitad de una centuria vivida, manifestando numerosos ámbitos de interés y con una –no muy abundante- realización material de manifiesta variedad, que alcanza el mundo de las artes y las letras y su compromiso con la vanguardia de su tiempo. 

  Ahora, Emilio Casanova y Carlos Mas coordinan el volumen ‘Ramón Acín toma la palabra’ (Debate, 2015), una edición anotada e introducida de sus escritos a partir de 1913, para facilitar, sin duda, la lectura. Y contextualizarla. Son más de ciento cincuenta textos de prensa aparecidos en ‘La Ira’ (ese “órgano de expresión del asco y la cólera del pueblo” que funda con Ángel Samblancat y cuyas proclamas sociales le conducen a la cárcel), ‘Solidaridad Obrera’, ‘Revista Aragón’, ‘Ideal de Aragón’, ‘El Diario de Huesca’ o ‘Heraldo de Aragón’. Junto a estos escritos, el volumen también recopila diferentes manifiestos, diversos textos artísticos y algunas entrevistas, y seis ensayos respectivos a cargo de Ismael Grasa, Víctor Pardo, José Luis Ledesma, José Domingo Dueñas o los propios Casanova y Mas, quienes, desde sus miradas, ayudan a profundizar en la historia de la época y en la personalidad de un Acín humanista y movilizador, volcado en proyectos educativos, artísticos, urbanísticos o sociales, siempre sin perder el fino sentido del humor y la ironía. 

  El libro está organizado por orden cronológico, acaso para percibir con mayor claridad su estilo y su pensamiento político. Acín recuerda a sus amigos, a sus paisanos, a la ciudad que le ve nacer cuanto está en Granada, Madrid, Toledo, Barcelona o París, ciudad esta última en la que reside durante su exilio a principios de la década de 1930 tras su implicación en la asonada republicana de Jaca. Y escribe, a veces con los seudónimos de ‘Espartaco’ o ‘Fray Acín’, de fiestas y entierros, de jotas y corridas de toros, de infancias y escenarios, de enseñanzas y congresos, de imprentas y deportes, de esto y de lo otro y de lo de más allá, rindiendo homenaje, directa o indirectamente, a Manuel Cuber, a José Porta, a Luis María López Allué, a Felipe Coscolla, a Juan Bautista Acher, a Julio Castro, a Félix Lafuente, a Manuel Marraco, a Herminio Almendros, a Simón Omella, a Ramón Gómez de la Serna, a Ricardo Compairé, a Rafael Sánchez Ventura, a Josep Renau, a Fermín Galán o a Manuel Bescós (el que firma sus colaboraciones de prensa y otros escritos con el seudónimo de Silvio Kossti, en un rendido homenaje a su maestro Joaquín Costa).

  “En cuanto a su breve producción literaria”, me ilustra mi compañero (de fatigas) Javier Barreiro, “solo muy aproximadamente puede incluirse en ella la conferencia que impartió en 1921 en el teatro Principal de Huesca, acompañada de treinta y dos dibujos en cristal y que publicó dos años más tarde. El entremés de costumbres altoaragoneses ‘¡¡Como San Bartolomé!!’ fue estrenado por el Orfeón Oscense y apenas tuvo repercusión. Se trata de un diálogo entre dos rústicos, que recoge rasgos del lenguaje popular aragonés con un propósito básicamente humorístico. El cederrón ‘La línea sentida’ (Emilio Casanova y Jesús Lou, 2004), además de muy amplia información sobre el artista, incluye el texto de la susodicha obrilla, así como un capítulo de una novela, dialogada y de carácter costumbrista, que seguramente no terminó y quedó inédita. Parece ser que también trabajó en la redacción de piezas dramáticas vanguardistas, hasta ahora desconocidas”. 

 No exentos de crítica, los escritos de Ramón Acín son personales y de ellos sobresale el interés por el proceso de maduración del ser humano, el desarrollo íntimo de la personalidad. Sus textos toman la palabra en este libro y muestran ese espíritu abierto al conocimiento, incluso al científico, y la multiplicidad de proyectos que evidencian el atractivo del proceso sobre la consecución de resultados, con mayor o menor acierto. La búsqueda de los orígenes, al mismo tiempo, es otro de los elementos que cohesionan una obra tan aparentemente heterogénea. La exploración del espacio físico, la condición mudable de la naturaleza, destaca igualmente en su concepción de las artes y las letras. Asimismo, la facultad surrealista le seduce -¡ese ojo rasgado en ‘Un perro andaluz’!-, a la manera de la visión trágica de la condición humana o, tal vez, con la percepción de una realidad circundante tan perturbadora que acaba por arrebatarle la vida. Y la de su esposa, Conchita Monrás, pocos días después. 

  La desaparición de Acín también da lugar a un silencio, a una ocultación, a una invisibilidad sobre su persona y su trabajo, favorecido por el cambio de tendencias estéticas de la posguerra. Y ese silencio, o esa ocultación, o esa invisibilidad, se prolonga durante décadas para, con el tiempo, convertirlo, vaya por dios, en símbolo y mártir de la llamada transición, algo que a él no le hubiera gustado: “No tenemos santos ni mártires, somos amigos del amigo y camaradas del camarada”. De hecho, Emilio Casanova desarrolla y mantiene la página web de la fundación que lleva su nombre y creada en 2007 por Katia, la hija ya fallecida de Acín, una labor de estudio y catalogación que custodia su legado y preserva el patrimonio. 

  Oscurecida por el franquismo, pues, su obra artística ha sido objeto de un creciente interés en los últimos lustros a través de diferentes estudios, exposiciones y homenajes. Ahí están, para demostralo, los trabajos de Sonya Torres Planells, de Manuel Pérez Lizano, de José Carlos Mainer, de Antonio López de Zuazo, de Manuel García Guatas, de Carlos Forcadell, de Eloy Fernández Clemente, de Alejandro Díez Torre, de Josefina Clavería, de Juan Manuel Bonet, de Miguel Bandrés y de Antón Castro, entre otros. Pero también recuerdan al maestro idealista sus contemporáneos de fatigas Felipe Aláiz, José Mavilla, Francisco Ponzán o Evaristo Viñuales. Como se ve, Acín y sus contemporáneos sienten la llamada de la tierra y reflejan sus características identificativas, plásticas, antropológicas, paisajísticas, sociales, costumbristas, en aquella España deprimida por los desastres del 98, caracterizada por el impulso regenerador de la punta de lanza de una generación que decide no abatirse ni quedarse mano sobre mano, sino mostrar sus heridas a plena luz. 

  Si bien sus obras pictóricas –de orientación ‘fauvista’- no tienen mayor trascendencia, y sus esculturas tres cuartos de lo mismo (con pajaritas o sin ellas), sus dibujos y caricaturas tienen entidad, son trabajos ácidos y mordaces, y resultan verdaderamente estimulantes. La poesía de Rafael Alberti y la pintura de Max Ernst nutren la curiosidad del creador oscense, aunque cabe destacar la variedad de fuentes, tal y como corresponde a un periodo en el que comienza a imponerse la cultura de masas. Así, las nuevas corrientes estéticas de la pintura, la literatura, el teatro o la música, por citar algunas, conviven con otras influencias procedentes del cine (suya es la financiación al Buñuel de ‘Las Hurdes’, esa tierra sin pan), el diseño y la publicidad, difundidas gracias a la expansión del periodismo gráfico. La aparente disparidad de su obra responde a esta diversidad de referencias que rompe jerarquías tradicionales y abre el abanico de ámbitos de experimentación. 

  Acín expone en la Galería Dalmau de Barcelona en 1929, en el Rincón de Goya de Zaragoza en 1930 o en el Ateneo de Madrid en 1931. Y sabe muy bien, a partir de ese año, que la segunda república, impulsada por el regeneracionismo, establece su primera meta en la conquista de la cultura como un derecho al alcance de todos, el único camino para llevar este país a la modernidad. En solo dos años, el analfabetismo, un mal español endémico, es prácticamente erradicado. La primera medida del gobierno de Azaña, para quien la política es la más alta manifestación de la cultura de un pueblo (o la cultura, la más alta manifestación de la política de un pueblo), es subir el sueldo a los profesores y maestros hasta entonces condenados al hambre, y a continuación comienza a levantar escuelas e institutos, a crear ferias del libro y misiones pedagógicas por los pueblos hasta entonces en el olvido. Ramón Acín, por fin, se encuentra como pez en el agua. 

  La educación y la cultura significan la auténtica piedra de bóveda de la modernización y democratización de España. Sin embargo, las reyertas parlamentarias llevan pronto al encono social. Es precisamente la cultura y la enseñanza el principal campo de batalla que divide la política en bandos irreconciliables. Siempre anhela Acín la limpieza moral y política, el clima propicio para que florezcan las artes y las ciencias con la igualdad de oportunidades para el talento y el esfuerzo. Una premisa que se olvida con demasiada frecuencia. Porque el régimen nacido en abril de 1931 iba madurando y solo leer la nómina de lo que no tuvimos nos sitúa en el abismo de lo que fuimos. Lo que pudo haber sido y no fue. La España que jamás ha sido recuperada. Los asesinos. Los traidores. Los asesinados. Los exiliados. 

  Ramón Acín bien puedo ser alcalde de Huesca y reconvertir esa ciudad “de tercera con ribetes de cuarta y entrampada de añadidura” en un hermoso territorio para proponer, un suponer, la denominación de calles con colores, pintadas de la forma correspondiente, el color, esto es, frente a la escala de grises. Y en esa república española europeísta, Fernando de los Ríos bien pudo suceder a Manuel Azaña. O Luis Rosales bien pudo ser ministro. O Manuel Machado, director general de las bellas artes. O José Ortega y Gasset, responsable de la instrucción pública. O Benjamín Jarnés, subsecretario. O Federico García Lorca, director de los teatros nacionales. O Miguel Hernández, coordinador de la escuela poética y dinamizador de la cultura. O así. Esta república de la cultura plurinacional no existió jamás. La soñó el gran Max Aub en su exilio de México. La soñó, por supuesto, Ramón Acín poco antes de producirse la insurrección militar de julio de 1936 y ser fusilado un fatídico seis de agosto de ese año, a sus cuarenta y siete años. 

  Sus pasiones, sus labores, sus trabajos, sus actividades y sus militancias son desgranados en este libro. Ramón Acín y su pasión por la pedagogía. Ramón Acín y su labor periodística. Ramón Acín y sus trabajos artísticos. Ramón Acín y su actividad pública, su militancia política como destacado anarcosindicalista y su vida personal y familiar. “No siempre es oro todo lo que reluce”, responde en una carta abierta a María Luz Bescós, “y, sobre todo, es difícil ser bueno, por muy de oro que se tenga el corazón, si no se dispone de una onza de oro por cada hora que dé el reloj, contando los cuartos, como dicen disponía el toledano cardenal Mendoza, llamado en su tiempo el tercer rey católico, si no recuerdo mal”. 

  Un hombre bueno, sí, como tantos otros. Y libre. Y enciclopedista. Y renacentista. A la buena gente se la conoce en que es mejor cuando se la conoce, afirmaba Brecht. Y lo que vale para la buena gente, vale para la buena mente: a la buena mente se la conoce en que es mejor cuanto más se la conoce y cuanto más conoce, es decir, cuanto más vive, porque la buena mente aprende sin cesar y sin cesar convierte el conocimiento en compasión y solidaridad, en batalla de ideas, en lucha revolucionaria. Los escritos de Ramón Acín así lo demuestran: se mezclan con el estiércol y la tierra, a los recuerdos le salen ramas y los sueños alimentan a los topos, a las abejas, a los pájaros. Acaso el sentido de este libro coordinado por Emilio Casanova y Carlos Mas sea la aventura de buscar las impresiones que producen en Ramón Acín las más pequeñas cosas y de recrearlas discretamente. 

  Su discreta prosa no exenta de cierto refinamiento, a veces insobornablemente notarial (un paseo, un poema, un viaje), invoca una inteligencia irónica, la mirada nerviosa, las pequeñas cosas, en efecto, que siguen estando ahí, al alcance de todos. Solo hay que saber mirarlas. Con el viento céfiro o el azote del aquilón, su escritura es más rápida que el ala de los pájaros o el pensamiento. La nueva luz de primavera toma la palabra en las flores de los árboles frutales. La amistad en todas sus formas.

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