“La chica de Quintana” de Javier Viguera

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Por Jesús Soria Caro 

     La historia tiene algo de retrospectiva hacia un tiempo idealizado en nuestra literatura: el Siglo de Oro y el mundo que rodeaba la corte, la esgrima, los duelos, la hidalguía de mantener intacto el honor frente a los rivales.

     Las referencias al mundo literario que ha dibujado a aquella época son continúas, incluyendo referencias intertextuales, como la que aparece al principio de la narración, que es una idea obsesiva que domina la mente del protagonista y que nos hace vislumbrar que su mirada hacia la realidad de ese mundo cercano a los bajos fondos en el que se mueve el protagonista, está determinada por el filtro de esa época anterior hacia la que siente devoción y que determina su forma de entender ese mundo de rivalidad, de lucha callejera que se concreta en un juego, el del futbolín que es el correlato actual de los duelos a muerte de épocas pasadas. Esos versos son el reflejo de que su mente es una capa posterior en el mar del tiempo, que se une a esa ola del siglo XXI que forma parte del mismo mar, aquel que rige nuestro lugar en la sociedad y que entiende que el honor debe ser defendido, que luchar por un lugar en el mundo es parte de nuestra identidad. Por eso se afirmará en dichos versos del poema de Lope de Vega titulado “El sitio de Breda”, que recrea la batalla de Breda ubicada en el transcurso de la Guerra europea de los treinta años y en la Guerra de Flandes, escena que también retratada por Velázquez en su cuadro “La rendición de Breda”:

 …Todos lo sufren en cualquier asalto,

solo no sufren que les hablen alto.

 

            El personaje habita en un mundo donde la realidad no es suficiente, ahí es donde aparece un guiñó cervantino, ya que la existencia es vivida desde la lectura o la tradición de un ideal literario y vital que era el inherente a una época pasada. En este caso el protagonista, no vive siendo la encarnación de ese sueño de los libros de caballerías como así hacía Don Quijote, sino que entiende su lucha vital en ese mundo juvenil de los bajos fondos desde los códigos de honor, las reglas y las técnicas de destreza propias del Siglo de Oro. Lo interesante, al igual que en la novela de título homónimo de Cervantes, es que este contraste entre la actualidad coetánea al autor dominada por lo vulgar, lo juvenil, y de forma extensible por la muerte de los ideales posmodernos, va a entrar en contraste irónico con ese mundo trasvasado por la afición del protagonista por la antigüedad de la época áurea de nuestras letras, lo que nos ofrece una mirada irónica a un mundo que ha perdido valores, que ha enfermado de violencia psicológica y moral y en el que la necesidad de encontrar el norte hacia la verdad y el honor ha dejado paso a las errancias de una pérdida de sentido.

            Es creativa la forma con la que vincula la forma de entender el manejo del futbolín con la técnica de la esgrima, ya que el protagonista conoce “La destreza española de la espada”, la que era un sistema de lucha en la citada disciplina que se nutría de un valor de lógica matemática buscando una estrategia basada en angulaciones geométricas y cálculos de líneas y giros que habilitaban para derrotar al rival. Esta forma de lucha del Siglo de Oro que acontecía con el acero de la espada es aplicada por el protagonista para enfrentarse con el acero del futbolín  a sus rivales en unos antros dominados por el vicio y las ilegalidades. Así el narrador nos relata:

       También le habló de aquella extraña correspondencia que, según él, se daba entre los   movimientos técnicos con la espada y con las barras de aquellos Val y de la diferencia entre la verdadera y la vulgar destreza. De cómo la primera, con la guardia más alta, seguía una serie de movimientos basados en figuras geométricas que habían ido estableciendo los preceptistas de la época.

            El futbolín podemos leerlo como un microcosmos del fútbol, un juego lúdico rodeado de violencia, la misma que puede acontecer en el exterior del Estadio es la que sucede en lo externo al juego de barras, pelotas y brazos que desafían la velocidad y los ángulos del gol. Esta diversión que es una réplica del fútbol once representa metafóricamente, al igual que aquel, la puesta en juego de rivalidades, diferencias, luchas sociales e ideológicas entre aficionados que es la misma que en la antigüedad se producía mediante la lucha entre los ejércitos, los sables, o las armas de fuego.

     El libro cumple la función de reflexión socio-moral que va destinada a los jóvenes, a la forma en la que se relacionan emocionalmente. Quintana maltrata psicológicamente a su pareja con insultos, vejaciones y violencia física. Todo esto desencadenará la reacción de Luis Montero que supondrá una lucha por su honor y el de la dama ultrajada. Hay una recuperación del léxico del Siglo de Oro lo que ofrece la posibilidad de completar esa visión retrospectiva del mundo de los duelos, intrigas y códigos de honor ofreciendo así verosimilitud al relato, pero completando también un ejercicio de didactismo que permite la erudición y el aprendizaje de un libro orientado al ámbito académico, pero que puede ser disfrutado por todo tipo de lectores. Encontramos términos anacrónicos pero que eran parte de la visión del mundo del siglo XVI como es el caso de birlesco, carda, jiferazo, hurgonada, así como de muchos otros términos denominados lenguaje de la germanía y del Siglo de Oro que son incorporados al final del relato a modo de glosario. En definitiva, nos encontramos con una relectura picaresca del mundo juvenil actual de los bajos fondos que mantiene conexiones casi paródicas con las del mundo de los pícaros de la antigüedad: la astucia, los juegos subterráneos, la verdad disfrazada de estrategias conductuales. Todo ello al servicio de una lectura que conecta dos mundos, dos épocas, dos formas de entender la vida que tal vez no están tan alejadas.

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