
Por D.S.
El mes mes pasado nos enteramos en la redacción pollera de este mazazo inesperado. Comenzamos a trabajar juntos en estas lides hace muchos años y fue un adelantado a su tiempo pues en nuestras incipiente televisiones locales…
…se atrevió a a dar vida y realizar un programa ecologista, (probablemente el primero de España, que se denominó «Piensa en verde» y que múltiples y variados problemas nos trajo. Pero había que ir para adelante contra viento y marea. Y fuimos….
Era un hombre cultivado, inventor, apasionado por la química y de brillante charla de izquierdas. Una vez jubilado, decidió poner proa a la Dominicana y desde allí se convirtió en nuestro corresponsal. Debutó como tal en la Revista nº193 (noviembre, 2019), publicando previamente un sin fin de artículos en Opinión. Hoy como homenaje a su memoria reproducimos éste con todo el cariño del mundo: Hosanna en el cielo, y a ver qué pasa en la República Dominicana en 2024 / Manuel Sogas
Por Manuel Sogas Cotano
Corresponsal del Pollo Urbano en República Dominicana
Cuando estas líneas (escritas a finales de diciembre) vean la luz en enero de 2024, la República Dominicana tendrá la Buena Nueva de haber empezado…
….a caminar, por fin, hacia el mundo querido por Dios, si bien es verdad que fue el mismo Jesucristo, encargado de redimirlo del pecado, el que según el Evangelista Juan dijo: “mi reino no es de este mundo”, es decir, que los asuntos mundanos eran de la exclusiva competencia del ser humano, lo que coincidía, como no podía ser de otro modo, con el texto bíblico que aparece en el Génesis, 1, 28 como mandato imperativo de Jehová a los seres humanos: “Fructificad y multiplicaos: llenad la tierra y sometedla”.
Estas citas del Viejo y Nuevo Testamentos respecto de que el Reino de Dios no es de este mundo quedan ratificadas en la práctica, sin necesidad de acudir a la fe cristina como instrumento explicativo, por la propia crucifixión de Cristo, pues este es crucificado no por la condena de Pilatos, que lo considera inocente, y por tanto no dicta sentencia de muerte en la cruz, sino por decisión libremente expresada por el pueblo palestino que opta por la libertad de Barrabás, líder independentista palestino que lucha con las armas en la mano contra el imperio romano para conseguir la liberación e independencia de Palestina, en lugar de Cristo que, sí prometía un reino, pero que no era de este mundo, es decir, el pueblo quiere en primer lugar la liberación del mundo en el que vive, lo que no implica necesariamente, según la fe, que no se pudiera ser libre también en el reino del más allá prometido por Cristo. Pero primero, la liberación en este mundo, en el que se vive, y después, cuando llegue el momento, según la fe, en el otro.
Los Evangelistas San Marcos (12, 17) y San Mateo (22, 21) reiteran lo ya expresado en las citas anteriores respecto del mundo y del reino de Dios, cuando dicen: “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, o lo que viene a ser lo mismo: la economía, la política y la ideología y las relaciones entre todas las personas que de las primeras se deriva son de este mundo, “del César”, y lo que resta de Dios, según la fe.
La Buena Nueva al principio referida no es sabida en el momento de la redacción de estas líneas, pero a buen seguro que se habrá empezado a conocer a partir del primero de enero, según anunció (a finales de diciembre) el Ministerio La Batalla de la Fe, entidad que organiza la tradicional Concentración Evangélica Nacional, evento que reúne la más grande representación de evangélicos del país (las confesiones cristinas no católicas en la República Dominicana constituyen aproximadamente un tercio de su población, esto es, unos 3,7 millones de personas) desde hace 60 años cada primero de enero en el Estadio Olímpico Félix Sánchez, encuentro de confraternidad, considerado ya como “la tradición por excelencia del pueblo cristiano dominicano”, que será transmitido por televisión, radio y plataformas digitales.
En la presentación pública del acto ante los medios de comunicación nacionales, el Pastor Ezequiel Molina Rosario, presidente de la Batalla de la Fe, “enfatizó que para el primero de enero, día de Año Nuevo, Dios traerá un mensaje poderoso que impactará la vida de la Iglesia y la nación dominicana, bajo el lema “Alerta Final”.
Se desprende claramente que en este anuncio realizado por el Pastor Ezequiel Molina Rosario, presta más atención a lo que hay que dar al “César” que lo debido a Dios, al afirmar, respecto a la ley del aborto que se estudia y tramita en los órganos políticos dominicanos correspondientes: “estamos pendientes porque eso es ya constitucional –o sea, que no es cosa de Dios-. Queremos que en ese sentido se preserve lo que ya está en nuestra actual Constitución”. Su hijo, el también Pastor, Molina Sánchez, no deja lugar a dudas que es más partidario del “Cesar” que de Dios al afirmar que: los votantes con valores y principios cristianos estarán alerta para expresarse en la urnas en las próximas elecciones de 2024. Si algún congresista es partidario de lo contrario.
Podría parecer oportuno señalar aquí que el segundo de los Diez Mandamientos dice: “No tomarás el nombre de dios en vano”.
Tambien queremos reproducir esta serie de cartas que quiso dedicar a su padre paraa que sirvan también, de homenaje a su memoria. ¡Hasta siempre don Manuel!
Cartas de amor a mi padre: Celestino Sogas (1)

Por Manuel Sogas Cotano
Va por lo menos para doce años que le debo carta. Ya sabe que para algunas cosas me retraso un poco. ¡Pero que le podría decir de estos retrasos míos que no sepa, si fue usted el que me engendró!
Camino de Usagre, en el que me acompaña siempre aunque no venga conmigo, al igual que en otras tantísimas cosas, vi el cartelón grande de la autovía que indica la entrada a Oropesa, y como siempre que paso por ese lugar, me vino a la cabeza aquella frase que me dijo más de una vez al pasar por allí: “un día que tengamos tiempo nos tenemos que parar en ese pueblo para ver el castillo.”
Viajaba sólo, como casi siempre desde que usted no está. Me desvié y entré a Oropesa para ver el castillo.
Es curioso, papá, reparar en la debilidad de los poderosos; en los grandísimos esfuerzos que hacen para rodearse de castillos, policías y ejércitos, para que los débiles, a cuya costa viven y se enriquecen cada vez más, no nos los comamos por los pies. ¿Qué cosas, verdad?
Pero la historia es esa: rastro de injusticias y sufrimientos interminables bañados en sangre las más de las veces, que de ser seguido se va dando uno de bruces con una monarquía tras otra, a cuya sombra siempre se halla un banquero prestando dinero a la corona para hacer de la guerra un negocio, o un vendedor de caballos para que la muerte llegue antes, que es otro negocio para los vendedores de caballos y fusiles.
Yo creo que cuando la humanidad alcance la Era de la Civilización, la historia se escribirá de otra manera, porque ni los poderosos ricos, ni sus secuaces a sueldo, meterán las manos en ella para emponzoñarla con sus mentiras, tergiversaciones y falsedades.
La historia de Oropesa se intuye en las piedras de su castillo, trágicas y amenazantes, y a mi me da la sensación, que la severidad del carácter castellano no les llega tanto por las figuras de sus castillos, alzados en lo alto de las lomas y recortadas su siniestra figuras sobre la lontananza, sino por el duro esfuerzo diario para arrancar el sustento de una tierra plana y seca, de cuyo sustento tan apenas quedan una migajas en la piel de sus ásperas manos.
Yo creo que el castillo es el certificado oficial de que allí donde se ven sus ruinas o permanece su pasado esplendor, un día la injusticia estuvo bien guardada. Y junto al castillo que certifica la injusticia reinante en su día, la iglesia, también de piedra y monumental para corroborarlo.
Juntos, castillo e iglesia, a pesar de que la historia oficial hable de grandeza y glorias, no indica otra cosa que allí quedó asentada por siglos la pobreza y la desigualdad entre las personas, siendo la tierra rica y los castellanos trabajadores, como los andaluces, vascos, murcianos, aragoneses o cualquier otro pueblo llano y sin derecho per se al monumento.
La tierra seca y ancha de Castilla y no sus castillos, en la que predomina el llano, a veces ondulada suavemente, como las protuberancias pectorales de una mocita adolescente, es lo que explica el carácter austero y a veces seco del castellano, y en la economía que se adivina de tales llanos y suaves lomas se ve el que Castilla fuera un día el ombligo del mundo, hasta que otros pueblos aparecieron en escena con técnicas productivas más efectivas y sofisticadas, para marcar los parámetros económicos, políticos e ideológicos que alcanzan a nuestros días.
El castillo que sirve de trinchera al poderoso, para resguardarse en primer lugar de los débiles propios, y después de la rapiña de otros poderosos, es además el recordatorio de quien institucionalizó la violencia, y la solemnidad de sus vestimentas y el boato que muestran las mismas, es el escudo ideológico tras el cual esconde su verdadera naturaleza para que no resulten conocidas sus debilidades, tanto del cuerpo como del espíritu, puesto que si las mostrara su fin estaría próximo.
Quizás, y esto es opinión mía, cuando la historia empiecen a escribirla sus verdaderos agentes, esto es, todos los que trabajan para vivir de su trabajo, la injusticia, la miseria y la ciencia del matar que es el militarismo desaparecerán, porque de esta manera la historia se escribirá siguiendo el hilo conductor de la economía.
Es cierto que al guerrero lo encontramos en los albores de la historia, pero al militar no. Al militar lo encontramos cuando aparece el Estado, que no es creación divina, sino el nuevo instrumento que las clases dominantes necesitan para establecer su hegemonía en todos los órdenes de la vida.
El guerrero se las ve con otro igual, con otro guerrero, y ambos hacen la guerra para sí y los suyos, nunca para terceros, y siempre que ven amenazadas sus respectivas subsistencias. No traba guerra con nadie que no pretenda arrebatarle algo que le sea vital para la subsistencia propia y de los suyos: un valle, un río, una pradera.
El guerrero antes que ninguna otra cosa es cazador, ganadero o agricultor y, excepcionalmente guerrero, y no guerrea jamás con un niño, un anciano o una mujer.
El guerrero por el momento histórico en el que se le encuentra, es el pariente más cercano del animal, y por esta razón, en última instancia resuelve sus problemas vitales mediante la violencia. Violencia que cesa en el momento que desaparece el motivo que la originó.
El militar, que deriva del Señor del Castillo, es cosa de naturaleza distinta a la del guerrero. Es un técnico de la ciencia que se prepara para matar en aras del saqueo que realiza para terceros a cambio de un sueldo.
No hay guerra que no vaya precedida de palabras. Lo primero en la guerra es la palabra, tanto para el propio militar que la realiza y necesita verla como algo natural, como para los pueblos que la sufren que también deben verla igualmente como algo natural, pues de otro modo no sería posible la guerra.
En Oropesa no me ha llamado la atención especialmente nada, salvo dos cosas: que era una visita que he realizado sólo a pesar de que habíamos hablado hacerla los dos juntos, usted y yo, y que hay tres carpinterías.
Su aspecto es el general que puede verse en cualquier pueblo castellano con algo de historia. Sus calles limpias, algunas empinadas, estrechas y retorcidas, y una plaza rectangular de aceras amplias llenas de terrazas, donde puede verse una biblioteca popular que data del año 1946, en la que debajo de su balconada, dando a la plaza, puede leerse las bondades que tiene la lectura, algunas lecturas podría habérsele añadido.
Anduve a lo largo de la muralla del castillo por el repecho de una calle estrecha y quebrada para pasar al pie de la iglesia, y después de esto, girando a la derecha y calle abajo, me topé con una de esas carpinterías que le acabo de mencionar.
El portón de entrada de la carpintería era de madera vieja. Las vigas del techo le servían de estanterías en las que estaban muy bien colocadas las molduras; al fondo, la figura gris gastado de la sierra de cinta y dos bancos de madera, que sin decirlo decían que sobre ellos se habían cepillado muchas maderas; el suelo con un mullido amacerado de serrín y virutas, y frente a los bancos de madera, una estufa con una pila de madera muy bien dispuesta.
Viendo aquella carpintería me llegó el recuerdo de la primera que vi en el pueblo de mamá, en Usagre, siendo yo niño, porque la que teníamos frente a casa, en nuestro pueblo, la de Salvador, no se hacían muebles. Sólo se hacían portalones para los almacenes, trineos y gradas para los arrozales, cajas para las carriolas y carros.
Un repartidor de mercancías, al que le pregunté por aquella carpintería, me dijo que había dos más iguales, y como Oropesa no es un pueblo pequeño, pero tampoco puede decirse que sea muy grande, deduje por mi cuenta, que debía tener una gran tradición carpintera.
Cuando ya me iba, paré en el Parador Nacional, un edificio de piedra y lujoso, de antigua propiedad de un Señor de época pasada. Tiene una placita redonda y no muy grande ante su puerta principal, con árboles altos, gruesos y copados, y bancos de piedra, en los que había dos indigentes con pinta sucia, una especie de macuto a sus pies y una botella de vino.
Les ofrecí un cigarro que me aceptaron, y ellos a mi vino que no acepté. Ya sabe usted que yo no bebo nada, excepto café y agua.
Bajo la fronda de uno de aquellos árboles me tumbé en un banco de piedra, descalzo y con el sombrero de paja cubriéndome el rostro me dormí, yo creo que menos de media hora antes de proseguir el viaje, y mientras me dormía, retazos de recuerdos, inconexos y de todo tipo, pasaron por mi cabeza.
Reparé especialmente en uno de ellos: en el de los cuentos de caballeros que salvaban a la princesa de los dragones de siete cabezas, que usted me contaba de niño antes de dormirme por las noches, y me llevó a ese pensamiento en concreto, las pinturas que con motivos de la Edad Media aparecen en muchas de las paredes de Oropesa. Pero lo de estas pinturas, a lo que me inducía a pensar mirándolas, lo dejo para la carta siguiente.
CARTAS DE AMOR (A mi padre: Celestino Sogas de Toro) (2)

Por Manuel Sogas Cotano
Esto es lo que podríamos llamar ir a por lana y salir trasquilado. He ido a Coria del Río, siguiendo en lo que he podido el trazado de la antigua línea del tranvía Puebla del Río- Sevilla.
La idea inicial era la de llegar a Casa Márquez, porque frente a ella tenía la parada, y en ella hacíamos noche mamá, usted y yo, para tomar el primer tranvía que por la mañana salía para Sevilla.
Lógicamente no conocía al señor que estaba detrás de la barra, un señor bajito, más grueso que fino, de un habla algo cascada que le hace remarcar su acento andaluz, y amable, más que nada, o sobre todo, entrañable y amable.
Se ha liado la cosa como usted no se puede imaginar en el momento en que le pregunté si era el dueño del establecimiento. Y lo era.
De tradición me dijo: mi abuelo, mi padre, ahora yo, y mi nieto que viene a ayudarme de vez en cuando a meter cervezas en la nevera. Y hasta este punto bien, normal. Conversación de barman y cliente más o menos dado al palique.
Le dije yo de donde era y de quién era hijo, y que cuando era niño pasaba allí la noche, en una habitación de la planta de arriba, con un balcón grande, por el que yo me asomaba para observar el cableado del tranvía y el brillo de las vías por las noches, y al punto de la mañana, y por aquí empezó la entrañable y larga conversación entre Juan Márquez y yo. Conversación que en más de un punto se tintaba de nostalgias. Él con su madre, Josefita la ditera, de cuando venía a la Isla a vender tejidos, con los que mamá nos hacía la ropa a usted y a mi, y yo con ustedes, con mamá y con usted.
Enfrascados en la conversación, en la que Juan Márquez con su voz cascada, apacible y profunda, acabó por tomarme claramente la delantera, y así me dijo que en las mismas habitaciones en las que habíamos pernoctado nosotros cuando íbamos a Sevilla, se habían alojados siendo maletillas, toreros tales como Vicente Fernández “El Caracol”, al que le ayudó a ser torero uno de los Hermanos Peralta, y el “Ciclón Alemán”, Sí, un torero Alemán.
También me dijo que en aquella misma casa en la que estábamos conversando, en el “saloncito”, habían cantado en diferentes épocas de sus respectivas carreras Juanito Valderrama; José el de La Tomasa; El Turronero; El Beni de Cádiz; Manuel Vallejo y Camarón.
Fíjese en la de cosas que me enteré en el Bar J. Márquez, buscando cosas de mi niñez. Cualquier historiador de la tauromaquia y del cante flamenco me hubiera envidiado de estar tan cerca de una fuente de historia viva como es Juan Márquez. ¿A que sí?
https://www.elpollourbano.es/letras/2023/07/cartas-de-amor-a-mi-padre-celestino-sogas-de-toro-2/
Cartas de amor (A mi Padre. Celestino Sogas de Toro) (3)

Por Manuel Sogas Cotano
En el pueblo ya no hay cines. ¡Y cuidado que hay gente! Yo cálculo que habrá entre siete y ocho mil habitantes.
El cine de verano está cerrado. La pantalla de obra todavía se ve desde la calle. Han aprovechado su edificio para hacer un restaurante, el Estero, que por lo visto tiene una buena reputación y hasta viene gente de Sevilla. Debe ser bueno.
Y, ¿a qué no se imagina lo que han hecho en el cine de invierno? Supongo que a lo mejor le hace sonreír cuando se lo diga. Han puesto una tienda de esas que llaman gran superficie, ¿qué le parece?
Yo no entendía, pero ahora ya lo entiendo, que no me creyeran en Zaragoza cuando decía en que en mi pueblo había dos cines, uno de verano y otro de invierno con sesiones diarias, y en el último, dos sesiones todos los días, ¡y cuando rondaríamos los mil y pico habitantes! Claro, como yo era andaluz y los andaluces tenemos la fama de exagerados que tenemos, pues claro…, vamos que les parecían muchos cines.
Menos mal que no se me ocurrió decirles que fueron cinco los cines que con mejor o peor fortuna tuvo Isla Mayor…, y ¡cuando todavía no éramos ni pueblo! Que esa sí que es buena, sin ser pueblo.
Supongo que no lo recordará usted, pero la primera película que vi, y solo, fue La Mula Francis, una mula que hablaba con un soldado en un frente de la Primera Guerra Mundial. Seguramente la menos animal de aquella guerra fuera la Mula Francis. La gente se reía mucho, pero yo no, a lo mejor fue que no entendía la película.
Aquel cine donde vi esa primera película mía estaba al costado de la ferretería de García, al lado opuesto donde se ponía el Pastelero con sus dulces y la cesta de garbanzos tostados. Me dijo mamá que aquellos garbanzos se tostaban en una perola con yeso. Yo no sabía entonces que era el yeso.
El otro cine, al que iba con usted con mamá y que me dormía siempre si la película era de “amor” y no de guerra, estaba entre la fábrica de papel y un costado del barracón de madera de la Compañía, donde a veces se hacían peleas de gallos que a mí no me gustaba ver, frente a la ferretería también de García.
Otro cine, el tercero, que duró muy poco, pero que existió, fue el del médico, don Jesús, que estaba dentro de los muros de la fábrica de papel, al lado del depósito de agua de Rafael, que ya no está, no sé por qué lo tuvieron que tirar. Al cine de don Jesús no fui nunca.
Al cine de verano que ya le he dicho, el del restaurante actual, iba con Alfonso, Barco, Francisco y otro niños que ahora no recuerdo sus nombres, pero sí recuerdo no haber bebido nunca tanta gaseosa como aquella noche que vimos la película de la Revolución Mexicana, Veracruz, porque a uno de nosotros se le ocurrió que compráramos una botella (que fue la primera) para ir bebiendo nosotros gaseosa al tiempo que los actores bebían güisqui, tequila o, que me sé yo que cosas más bebían aquellos actores ¡Dios mío, que borrachos ellos, y que panzada de gaseosa nosotros! Si no fueron tres, al menos dos veces, fui a mear.
Un día de Año Nuevo estrené un traje de pantalón largo. No recuerdo si el traje me lo hizo mamá o me lo compraron en Sevilla, pero sí recuerdo que aquel día estrené más cosas, además del año que empezaba. Fuimos una niña y yo al cine de invierno, a la sesión de las seis y media, y después del No-Do, cuando se apagaron las luces de nuevo, ella me cogió la mano, y yo por debajo del vestido le acaricié las piernas…, y más cosas, que ahora me da corte decirle. Pues donde estaba aquel cine de invierno está ahora el Supermercado que ya le he dicho. En resumen, que ya no hay cines en Isla Mayor.
https://www.elpollourbano.es/letras/2023/10/cartas-de-amor-a-mi-padre-celestino-sogas-de-toro-3
Cartas de amor (A mi padre Celestino Sogas de Toro) (IV)

Por Manuel Sogas Cotano
Aquella noche la pasó usted en lo de Sierra. No sé la razón. Quizás fuera porque le andaban trasteando a la trilladora fija, grande, de madera, gris, que estaba a uno de los costados del almacén grande, Juan, el mecánico de Las Cabezas de San Juan, que hacía poco había llegado de su pueblo, junto a otros hombres y usted.
Puede que fuera también, porque acababan de instalar una especie de teleférico, como en las películas, para que la paja que salía trillada se transportará aéreamente con una parihuela que colgaba y se deslizaba por un cable desde la trilladora a la esquina del secadero, la que daba a la carretera que venía de Isla Mayor y continuaba hasta el Poblado.
A Juan el mecánico y a su familia le dieron la casa que estaba al lado de la nuestra en Santa Rita. Al otro lado, al izquierdo de nuestra casa, estaba la casa de Vicente Bisbal, el capataz valenciano. De esto si me acuerdo, pero de por qué pasó usted la noche en lo de Sierra no.
De lo que sí estoy seguro, y para mí que usted también, es que fue aquella misma noche la primera que pasé fuera de casa (sin contar aquellas otras que en el Grupo Beca, mamá me ponía el pijama y me venía a buscar la mujer de Miguel, que entonces eran novios, para dormir con ella, porque yo era muy niño, tanto que ahora mismo no recuerdo con seguridad el nombre de la novia de Miguel, y por eso no cito su nombre, no sea que ahora al cabo de los años la vaya a liar, dando un nombre por otro).
Pero no sólo fue mi primera noche fuera de casa. Fue también la primera noche que dormí sólo, y lo que fue más importante para mí: revuelto con los trabajadores que venían de otros pueblos a la temporada del arroz. Tampoco sé si todo esto se lo contó usted a mamá, yo desde luego no. No por nada, sino porque si no lo sabía no me pondría reparos otros días para ir solo a lo de los Sierra. Eso al menos fue lo que yo pensé. Y funcionó.
Por supuesto que recuerdo que me costó Dios y ayuda para convencerle de que me dejara dormir solo en el almacén grande.
Los hombres se acostaron en el suelo del almacén, sobre fardos de sacos vacíos que había. El hijo pequeño de Sierra y yo nos subimos para dormir a lo alto de los sacos apilados llenos de arroz. Esto no se lo dije.
Desde lo alto de los sacos, casi sin ponernos de pie, podíamos tocar las crucetas del techo del almacén, y cuando llegamos arriba asustamos a dos gatos, y ellos a nosotros, o por lo menos a mí.
https://www.elpollourbano.es/letras/2023/11/cartas-de-amor-a-mi-padre-celestino-sogas-de-toro-iv/
Cartas de amor (A mi padre: Celestino Sogas de Toro) (V)
Por Manuel Sogas
Ya lo sé. Como en otras tantas ocasiones usted tenía razón, la Pepsi-Cola no me iba a gustar. Pero yo había visto el tape de propaganda en la pared de El Clavel, en Puebla del Río, donde paraba la viajera amarilla de Carvajal que iba y venía dos veces al día a Isla Mayor, y quería una.
Que no te va a gustar, me dijo usted. Yo quiero una, le respondí.
En verdad, si la gaseosa y el sifón de Garrigós no me gustaban, porque me explotaban las burbujas en la boca y me producían un cosquilleo casi doloroso en el paladar, ¿qué razón había para que me gustara la Pepsi-Cola? Ninguna.
En el Puesto Grande, como solo era un mostrador de madera y no había otras paredes que las que Dios le puso al mundo, no tenían tapes de propaganda colgados de la pared, pero a mí me daba igual. Yo quería una.
Y se acercó el hombre que servía las mesas de madera que se extendían delante del mostrador del Puesto Grande, en la explanada que había junto al depósito del Agua de Rafael. ¿Qué va a ser…? Preguntó el camarero. No recuerdo que pidieron usted y mamá, pero yo sí: una Pepsi-Cola.
Que no te va a gustar, me dijo usted. Que sí, le respondí.
Pues, no. No me gustó
Yo creí que aquella botella alargada, cuando la abrió el camarero, no tenía más que espuma, y en el vaso que la vació, mas espuma, de color negruzca… Y muchas burbujas explotándome en el paladar.
Después de aquello, las gaseosas y sifones de Garrigós, para mí, agua bendita.
https://www.elpollourbano.es/letras/2023/12/cartas-de-amor-a-mi-padre-celestino-sogas-de-toro-v/
Cartas de amor a mi padre (A mi padre: Celestino Sogas de Toro) (VI)
Por Manuel Sogas Cotano
Nada, de la Estación del tranvía en Puebla del Río, no queda nada. Solo un solar donde aparcan los coches y algo de botellón de los jóvenes. Bueno, de los jóvenes no, de la gente que tiene poca edad, porque el ser joven no tiene mucho que ver con la edad.
Me he dejado ir por la calle Larga que tan apenas he reconocido hasta el final de la misma, que antes te dejaba casi en la puerta de la Estación. Está el pedestal escalonado y redondo con la cruz también redonda, me ha producido la misma sensación de siempre, una especie de repelús interior que ni entonces ni ahora sé explicar.
Los cacharritos de las ferias, las voladoras y los cochecitos mezclados con caballitos de cartón y máquinas de tren dando vueltas, ya no los ponen allí, al final de calle Larga, los ponen en un naranjal que han arrancado y que ya no existe.
Queda, sí, el Bar Estación. Lo he reconocido al verlo. El azulejo de su zócalo es multicolor, alegra la vista, o los recuerdos a través de la vista, y sus mesas cuadradas, pero que no son de mármol y las sillas de madera color oscuro, con el respaldo redondeado.
De sus paredes cuelgan diversas fotos, y alguna pintura, rememorando la Estación y el tranvía.
Ni que decir tiene que el personal que lo atiende es solícito y amable. Me respondieron a cuantas preguntas les hice.
Salí del Bar Estación y con la mirada busqué las chimeneas altas de los hornos de cerámica que había entre Puebla y Coria, sabiendo que no las vería.








