Ramón Acín visto por Víctor Juan


Por Carlos Calvo

  El empeño de Ramón Acín Aquilué (Huesca, 1888-1936) era ese camino tortuoso que conduce del yo al nosotros y en el que siempre parecía apoyarse en una especie de felicidad clandestina, que contagia.

    Poseía una personal fusión entre el arte y el pensamiento social crítico, capaz de conjugar el análisis materialista y el hecho cultural con el misterio que siempre arrastra al ser humano. Acín sacaba en 1913 el cincel para grabar su autorretrato: “Odio todas las cosas, que las cosas todas tienen su lado odioso; las amo a todas, que todas tienen algo que las hace amables. Por eso mi lápiz y mi pluma (los dos torpes, de principiante) se mojan en dos colores: uno rosa, como las mejillas de las adolescentes; el otro negro rojizo, como el color de los ataúdes a medio pudrir y las gangrenosas heridas de puñalada”.

  Y añadía: “Si alguna vez hubiese de dibujarme un ex-libris, sería éste: una chulona tocando unas castañuelas, y bailando sobre el agujereado cráneo de un uncido. El término medio en todo, donde están los horteras, los prácticos, los adaptados, me asquea; si alguna vez dejase de ser revolucionario, con la punta de la bota metida en la anarquía, sería para irme a un monte, a vivir en una ermita y llamar, como el místico, al agua ‘hermana agua’ y al lobo ‘hermano lobo’. Soy español, y como si no fuese bastante esto para estar orgulloso, soy aragonés”.

  Sobre el pintor, escultor y escritor anarquista vuelve Víctor Juan en el libro ‘Ramón Acín: en cualquiera de nosotros un pedazo tuyo’ (Fundación Ramón y Katia Acín y el Museo Pedagógico, 2020), un volumen muy bien ilustrado y muy didáctico como aproximación plural a este creador singular de la vanguardia del primer tercio del siglo veinte. Su perfil libertario y su legado literario y artístico son analizados para dar cuenta de un ciudadano que participaba desde la opinión y la acción en multitud de campos de la vida local y nacional. Y rastrea en sus escritos, su compromiso poético, el arte y la vida, la pedagogía libertaria, sus dibujos e ilustraciones, su magisterio en el contexto socioeducativo, la fundación de sus hijas Sol y Katia, la correspondencia que tuvo con Conchita Morás (fusilada como Acín por el hecho de ser su esposa) o su aragonesismo.

  Acín creía que solamente es posible un mundo mejor con una buena educación para todos, laica y gratuita. No se sabe hasta dónde habría podido llegar porque muere, con cuarenta y tres años, casi cuando empieza a consolidarse como artista. El franquismo mató a mucha gente dos veces: primero físicamente y luego en la memoria. Ahora bien, una cosa es el periodo de forzoso olvido al que fue sometido Acín y otra, muy distinta, compararlo como el Federico García Lorca aragonés, por mucho que ambos fueran asesinados por los rebeldes al gobierno legítimo de la república en agosto de 1936. Esa, al parecer, “desbordante creatividad” no es, a mi modo de ver, comparable. “La sangre corre por debajo de las venas, pero no se ve”, por decirlo con uno de los personajes de ‘Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores’.

  “Yo, al escribir, no hago literatura; escribo sujetándome el hígado o apretándome el corazón. Si canto suave o fuerte, canto sin saberlo, como los buenos árboles cuando les sopla el céfiro o les azota el aquilón”. Así se confiesa Ramón Acín en un artículo de 1926, toda una declaración de intenciones de un hombre cuya fortaleza pudo poner por delante lo que importa –la batalla, más allá del desenlace-, sin renunciar a su convicción, sus principios, ni un paso atrás, enfrentándose a las dificultades sin pervertirse, pudiendo ser siempre él mismo. En modo cierto, arriesgó, aguantó, sufrió, aceptó el reto, el cambio de riesgo, toleró los picos de dolor. Solo un exceso de fuerza demuestra la fuerza.

  A Ramón Acín lo fusilaron, en su propia ciudad, las fuerzas facciosas sublevadas justo en ese periodo de su carrera en el que los creadores comienzan a asentarse, a formalizar ese corpus cultural e ideológico aplicado en la construcción de un universo estético propio. Otra víctima más de la guerra civil, este pedagogo, anarquista, periodista y artista oscense muere prematuramente, apenas sin cumplir la mitad de una centuria vivida, manifestando numerosos ámbitos de interés y con una –no muy abundante- realización material de manifiesta variedad, que alcanza el mundo de las artes y las letras y su compromiso con la vanguardia de su tiempo.

 No exenta de crítica, la obra de Ramón Acín es personal y de ella sobresale el interés por el proceso de maduración del ser humano, el desarrollo íntimo de la personalidad. Y muestra ese espíritu abierto al conocimiento, incluso al científico, y la multiplicidad de proyectos que evidencian el atractivo del proceso sobre la consecución de resultados, con mayor o menor acierto. La búsqueda de los orígenes, al mismo tiempo, es otro de los elementos que cohesionan una obra tan aparentemente heterogénea. La exploración del espacio físico, la condición mudable de la naturaleza, destaca igualmente en su concepción de las artes y las letras. Asimismo, la facultad surrealista le seduce -¡ese ojo rasgado en ‘Un perro andaluz’!-, a la manera de la visión trágica de la condición humana o, tal vez, con la percepción de una realidad circundante tan perturbadora que acaba por arrebatarle la vida. Y la de su esposa, decía, pocos días después.

  La desaparición de Acín también da lugar a un silencio, a una ocultación, a una invisibilidad sobre su persona y su trabajo, favorecido por el cambio de tendencias estéticas de la posguerra. Y ese silencio, o esa ocultación, o esa invisibilidad, se prolonga durante décadas para, con el tiempo, convertirlo, vaya por dios, en símbolo y mártir de la llamada transición, algo que a él no le hubiera gustado: “No tenemos santos ni mártires, somos amigos del amigo y camaradas del camarada”.

  Oscurecida por el franquismo, pues, su obra artística ha sido objeto de un creciente interés en los últimos lustros a través de diferentes estudios, exposiciones y homenajes. Sus contemporáneos sienten la llamada de la tierra y reflejan sus características identificativas, plásticas, antropológicas, paisajísticas, sociales, costumbristas, en aquella España deprimida por los desastres del 98, caracterizada por el impulso regenerador de la punta de lanza de una generación que decide no abatirse ni quedarse mano sobre mano, sino mostrar sus heridas a plena luz.

  Si bien sus obras pictóricas –de orientación ‘fauvista’- no tienen mayor trascendencia, y sus esculturas tres cuartos de lo mismo (con pajaritas o sin ellas), sus dibujos y caricaturas tienen entidad, son trabajos ácidos y mordaces, y resultan verdaderamente estimulantes. La poesía de Rafael Alberti y la pintura de Max Ernst nutren la curiosidad del creador oscense, aunque cabe destacar la variedad de fuentes, tal y como corresponde a un periodo en el que comienza a imponerse la cultura de masas. Así, las nuevas corrientes estéticas de la pintura, la literatura, el teatro o la música, por citar algunas, conviven con otras influencias procedentes del cine (suya es la financiación al Buñuel de ‘Las Hurdes’, esa tierra sin pan), el diseño y la publicidad, difundidas gracias a la expansión del periodismo gráfico. La aparente disparidad de su obra responde a esta diversidad de referencias que rompe jerarquías tradicionales y abre el abanico de ámbitos de experimentación.

  Acín expone en la Galería Dalmau de Barcelona en 1929, en el Rincón de Goya de Zaragoza en 1930 o en el Ateneo de Madrid en 1931. Y sabe muy bien, a partir de ese año, que la segunda república, impulsada por el regeneracionismo, establece su primera meta en la conquista de la cultura como un derecho al alcance de todos, el único camino para llevar este país a la modernidad. En solo dos años, el analfabetismo, un mal español endémico, es prácticamente erradicado. La primera medida del gobierno de Azaña, para quien la política es la más alta manifestación de la cultura de un pueblo (o la cultura, la más alta manifestación de la política de un pueblo), es subir el sueldo a los profesores y maestros hasta entonces condenados al hambre, y a continuación comienza a levantar escuelas e institutos, a crear ferias del libro y misiones pedagógicas por los pueblos hasta entonces en el olvido. Ramón Acín, por fin, se encuentra como pez en el agua.

  La educación y la cultura significan la auténtica piedra de bóveda de la modernización y democratización de España. Sin embargo, las reyertas parlamentarias llevan pronto al encono social. Es precisamente la cultura y la enseñanza el principal campo de batalla que divide la política en bandos irreconciliables. Siempre anhela Acín la limpieza moral y política, el clima propicio para que florezcan las artes y las ciencias con la igualdad de oportunidades para el talento y el esfuerzo. Una premisa que se olvida con demasiada frecuencia. Porque el régimen nacido en abril de 1931 iba madurando y solo leer la nómina de lo que no tuvimos nos sitúa en el abismo de lo que fuimos. Lo que pudo haber sido y no fue. La España que jamás ha sido recuperada. Los asesinos. Los traidores. Los asesinados. Los exiliados.

  Ramón Acín bien puedo ser alcalde de Huesca y reconvertir esa ciudad “de tercera con ribetes de cuarta y entrampada de añadidura” en un hermoso territorio para proponer, un suponer, la denominación de calles con colores, pintadas de la forma correspondiente, el color, esto es, frente a la escala de grises. Y en esa república española europeísta, Fernando de los Ríos bien pudo suceder a Manuel Azaña. O Luis Rosales bien pudo ser ministro. O Manuel Machado, director general de las bellas artes. O José Ortega y Gasset, responsable de la instrucción pública. O Benjamín Jarnés, subsecretario. O Federico García Lorca, director de los teatros nacionales. O Miguel Hernández, coordinador de la escuela poética y dinamizador de la cultura. Y así. Esta república de la cultura plurinacional no existió jamás. La soñó el gran Max Aub en su exilio de México. La soñó, por supuesto, Ramón Acín poco antes de producirse la insurrección militar de julio de 1936 y ser fusilado un fatídico seis de agosto de ese año, a sus, repito, cuarenta y siete años.

  “No siempre es oro todo lo que reluce”, responde en una carta abierta a María Luz Bescós, “y, sobre todo, es difícil ser bueno, por muy de oro que se tenga el corazón, si no se dispone de una onza de oro por cada hora que dé el reloj, contando los cuartos, como dicen disponía el toledano cardenal Mendoza, llamado en su tiempo el tercer rey católico, si no recuerdo mal”. Un hombre bueno, sí, como tantos otros. Y libre. Y enciclopedista. Y renacentista. A la buena gente se la conoce en que es mejor cuando se la conoce, afirmaba Brecht. Y lo que vale para la buena gente, vale para la buena mente: a la buena mente se la conoce en que es mejor cuanto más se la conoce y cuanto más conoce, es decir, cuanto más vive, porque la buena mente aprende sin cesar y sin cesar convierte el conocimiento en compasión y solidaridad, en batalla de ideas, en lucha revolucionaria. Las letras y las artes de Ramón Acín así lo demuestran: se mezclan con el estiércol y la tierra, a los recuerdos le salen ramas y los sueños alimentan a los topos, a las abejas, a los pájaros. Es la aventura de buscar las impresiones que producen en Ramón Acín las más pequeñas cosas y de recrearlas discretamente.

  Su obra invoca una inteligencia irónica, la mirada nerviosa, las pequeñas cosas, en efecto, que siguen estando ahí, al alcance de todos. Solo hay que saber mirarlas. Con el viento céfiro o el azote del aquilón, su arte es más rápido que el ala de los pájaros o el pensamiento. Si bien soñaba con una sociedad igualitaria, Acín jamás abdicó de sus ideas ni se puso como ejemplo de nada. Acaso como la felicidad clandestina, que contagia. Víctor Juan se encarga de trascender su vida y su arte para que el vacío no sepulte su memoria. Y, en última instancia, para que su voz no se apague y el mundo sea un poco mejor.

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