Gómez Ascaso y Val Ortego en Espacio Pirineos de Graus


Por Val Ortego

    El viernes 8 de julio, Alberto Gómez Ascaso y yo inaugurábamos una exposición de escultura y pintura en Espacio Pirineos de Graus, que permanecerá (escribo estas notas a finales de julio) hasta el 27 de agosto. Conozco a Alberto desde hace tiempo, pero no había coincidido con él en el plano artístico, salvo en alguna colectiva del desaparecido espacio K-Pintas.

   Y ha sido un placer, no solo compartir exposición, sino también conversaciones amenas, vinos, tapas y alegres disquisiciones que me han permitido profundizar en su obra, en sus planteamientos estéticos, en su mucho saber y en su fina inteligencia y humor. Un lujo.

 

  Les cuento un poco:

   Todo empezó por azar. Hace un año más o menos, Alberto y yo habíamos coincidido en una celebración con dos buenos amigos: Irene Mombiela, profesora de técnicas escultóricas, y Pedro Borgoñó, impulsor de movidas culturales, con quien yo había colaborado en otras aventuras pictóricas por tierras rifeñas.

    Irene, seguidora incondicional de nuestros quehaceres artísticos, llevaba tiempo insistiendo en juntarnos a Alberto y a mí. Y Pedro, por su parte, soñaba con una exposición en su pueblo natal, Graus, tal vez por remedar la emoción indeleble que le dejó una que vio de adolescente en la capital ribagorzana. Una gran exposición de altísimo nivel, por lo visto.

―¿Qué hacemos pues? ―me dijo Alberto antes de que la fiesta nos disipara.

―Pues una gran exposición ―respondió Pedro.

   Así que arrancamos con el proyecto, que, como es habitual, tomó derroteros imprevistos. Sobre todo respecto al espacio expositivo.

    Al principio valoramos, en tertulias de grupo no muy ortodoxas, alejarnos de lo convencional. Y poco a poco fuimos esbozando la idea de buscar algún patio particular, o varios, no lo teníamos muy claro, una especie de patios de arte, decíamos… Incluso Irene desarrolló un trabajo detallado sobre el tema con la intención primigenia de aprovecharlos para un homenaje al escultor grausino Manuel Arcón. Pero tras varias escapadas y vistos algunos patios, ni Alberto ni yo quedamos muy convencidos. Una gran exposición requiere, como nos alentaba Pedro, piezas de gran formato y en los lugares visitados resultaba imposible. Llegamos a echar un vistazo hasta a una antigua discoteca, un huerto y un garaje. Ni qué decir.

    Al final, decidimos ojear el Espacio Pirineos. Y fue entrar y andar un minuto por el interior de la antigua iglesia jesuita, cuando vimos la exposición mentalmente de una forma rotunda. Recuerdo comentar con Alberto la ubicación de las piezas, yo la nave central, yo las capillas, aquí cuatro esculturas, aquí una grande, en esta capilla un cuadro, en esta dos, aquí una tumbada… En fin, la excitación de siempre: alguna foto habrá de nuestros amables acompañantes dispuestos en lugar de las piezas.

   No obstante, no abandonamos la idea inicial de buscar lugares menos institucionales, y optamos por una solución mixta. Además de la exposición en Espacio Pirineos, colocaríamos una escultura y un cuadro, como señuelo, por cada patio privado de nuestro gusto.

    En eso quedamos, y Pedro en seguida se puso manos a la obra. Gestionó con sus propietarios respectivos el uso de tres hermosos patios, el de casa Oliván, el de casa el Peperillo y el de casa Pinós, los tres muy distintos pero igualmente seductores. La modernidad espaciosa del primero, la florida alegría del segundo y la decadente intimidad del tercero nos parecieron perfectas. Ya teníamos nuestros Patios de Arte.

    Además, Pedro contactó con la técnica cultural, Elena Nogarol, que desde el primer momento se decidió a impulsar el proyecto. Visitó nuestros estudios, tomamos notas y notas, y algún que otro piscolabis, hablamos de esculturas, de cuadros, de peanas, de caballetes, de transporte, de seguridad, de banderolas, de fechas, y de inaugurar el viernes 8 de julio, aprovechando el comienzo del festival de artes escénicas Nocte.

    Todos de acuerdo. La exposición duraría hasta finales de agosto, y los Patios de Arte se abrirían un par de fines de semana: el de Nocte y el siguiente.

   Y poco más. No quiero ser más prolijo en lo relativo a la organización del proyecto. Siempre me han interesado más los resultados que los procesos,  así que voy al grano. Como dije, escribo estas líneas a finales de julio, recién concluidos los Patios de Arte, y todavía con el subidón por la acogida que han tenido. Un éxito, ya lo creo.

   Se inauguraron en casa Peperillo, en donde Violeta Borruel bailó, clásica y contemporánea, ante un público muy numeroso que rodeó la peana con la escultura de Alberto y el caballete con mi cuadro. Y a partir de esta brillante apertura, durante ambos fines de semana, los Patios de Arte atrajeron un continuo fluir de visitantes, aparte de numerosos amigos. Con todos ellos festejamos, y de qué manera, un par de noches mágicas, una en casa Oliván, y la otra en casa Peperillo.

 

    Pedro Borgoñó, infatigable, supo trasmitir el entusiasmo suficiente a vecinos y allegados hasta conseguir un nutrido grupo para custodiar los patios en sus horarios de apertura. Los voluntarios que cubrieron estos turnos ―gracias impagables a todas y a todos― contabilizaron alrededor de novecientas visitas el primer fin de semana, y de quinientas el segundo, lo que no es moco de pavo.

     Respecto a la exposición, solo comentar el momentazo de la inauguración. Los tres componentes del grupo de butoh Ma-jo, Gonzalo Catalinas, Huguette Sidoine y Paloma Marina, recibieron con mínimos movimientos extáticos a los espectadores que fueron entrando hasta abarrotar la sala. El sugerente fondo sonoro de Sandra Lanuza, además de la hermosa escultura El vuelo de Alberto y el cuadro Ikebana, retrato que realicé de los tres bailarines, acompañaron las evoluciones de estos. Cuánto arte. Y qué emoción. El público, boquiabierto, se entregó a los artistas, y así lo corroboró con largos aplausos.

   En fin, nada más.

    Me he limitado a dejar estas notas para El Pollo Urbano por dejar constancia del evento. Los tiempos que corren no son los más favorables para las artes plásticas, y si bien nunca han gozado de excesiva masa crítica, ahora adolecen hasta de la suficiente difusión. Pocos de los portavoces culturales se asoman por las salas si no se sienten obligados por sabe dios qué presiones mediáticas.

   Por eso.

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