Días tranquilos en Rasal (No en Clichy, con perdón de Henry Miller)

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Por Eugenio Mateo

      He recordado de repente la novela de Henry Miller y la película de Chabrol: “Dias tranquilos en Clichy” cuando he llegado a Rasal invitado por mis amigos Carmelo y Carmen, pero, no hay ningún peregrinaje por la noche salvaje de París, ni podré conocer a los más pervertidos ambientes de seres extraños y sensuales.

    La magia de la ciudad se quedó atrás y cuando por la mañana el carbonero me despertó a orillas del pantano, la luz del día no trajo ni Senas ni Pigalles, sólo la calma que me vistió con el fulgor del nuevo año.

   El recorrido desde casa es un fantástico descenso a lo ancestral, refugiado en los bosques que se arraciman en las laderas de la sierra de Loarre y luego en la Caballera.

    Rasal tiene rutas que cruzan el monte y llevan a Aniés o a Loarre, una fuente de la que mana el agua todo el año, desde hace muchos años. Agua pura, pero que no está tratada, como si eso fuera un problema.

   Es famosa y hasta aquí vienen, venimos, mucha gente a llenar las garrafas, jamás una infección, pero en el pueblo beben otra agua con sabor a cloro y tuberia. Cosas de las ordenanzas municipales.

    Carmelo es un viejo amigo de la Zaragoza de antes, de cuando los bares eran los centros de acogida; él mismo tenía uno y allí nos juntábamos las mejores familias. Se compró una casa en Rasal, la antigua herrería, en la que su mujer me cuenta de apariciones y viven aquí, felices, retirado sin retiro, trabajando por la zona en lo que mejor sabe, como electricista, y de los buenos. Es un culo inquieto que ahora se ha domesticado y viaja en quad. Hasta tiene un huerto donde un maleducado animal se le comía las cebollas, su pelea con el bicho fue épica, hasta que pudo acabar con el dichoso tejón.

   Carmelo y yo somos casi vecinos, apenas 15 minutos nos separan en coche y ahora que el 2015 ha empezado, me propuso celebrarlo con un buen arroz. Como es un “cocinicas”, la paella de verduras y carnes y el conejo a la brasa sirvieron para bebernos una buena botella de Cotos, reserva del 98. No hace falta decir que la comida estaba muy buena.

    El pueblo es un remanso, apenas unos cazadores que celebran en la plaza la captura de unos jabalíes, pocos vecinos en invierno. Estos pueblos del prepirineo se vaciaron de gente harta de no tener servicios y emigraron, Todos vuelven, pero en verano, el frío es duro aunque el hogar de Carmelo guarda un calor especial con olor a roble quemado. Día tranquilo en Rasal, dias tranquilos en la Galliguera, ajenos a sobresaltos de la carne, como a Henry, el protagonista que se perdió en París. Siempre nos quedará el recuerdo.

Fuente: http://eugeniomateo.blogspot.com.es/2015/01/dias-tranquilos-en-rasal-no-en-clichy.html

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