Ese tipo flamígero y reidor


Por JJ. Beeme

    Pienso en los gestos gratuitos que se repiten con tozuda insistencia, en la obsesiva circularidad de los moti dell’anima, en los coscorrones ciegos de una vida sin propósito cuando vuelvo, años después, al DF claustrofóbico de El ángel exterminador, esa villa señorial plantada en la calle Providencia, colonia Del Valle Centro, cerrada a cal y canto…

 …con todo un sanedrín de empingorotados dentro. Un encierro inconcebible, altoburgués y decadente del que huyen, como del fuego, los que viven por sus manos, el llamado pueblo, no sea que le alcance algo de aquella desmigada y caediza humanidad. Cuarentena ésta del absurdo, extraña peste paralizante que atenaza a esas parejas endomingadas para una cena de gala tras un concierto, terminada la cual quedan atrapados no ya en la mansión sino en una de sus estancias, 7×7 metros y sin ventanas, increíble espacio menguante donde se ven constreñidos a hacer sus pactos, confidencias, sueños, inquinas, amores, necesidades. Y no valen soluciones masónicas, magia negra de plumas y patas de gallo, tedeum en sede catedralicia…; todo conduce sin remedio a un hastío moribundo, a una cadena perpetua sin aparente condena ni rematados culpables. Hasta que, seguro azar, una sonata para clavicémbalo del napolitano Paradisi abre con su clave el túnel para desmadejar el tiempo. Y vuelta a una nueva, bien que endeble normalidad. Fue el compadre Bergamín, que brindó a Buñuel ese pretexto apocalíptico; fueron los corderos pascuales que arden en sacrificio inútil para cebar a los honorables, presos de sí mismos; fue un oso ominoso que se enseñorea de la casa y exterioriza sus fantasmas de libertad; fue una mano cortada, correteadora y tenaz, tan emprendedora que llegó a tener película propia: La bestia de cinco dedos. Fue como codearse despiertos con una pesadilla de naufragio dentro de un naufragio, infinito loop o retortijón existencial. Y Silvia Pinal que no entendía nada; seguramente ninguno de los actores, pero bueno, se dejaban ir al fin de sus respectivas noches. Pero qué bien se lo pasaba el ángel, mientras tanto.
 
Este artículo es un anticipo del libro Mexcolanza, del que se ofrecen otras muestras
en la web de nuestro amigo y colaborador Emilio Mendoza de Gyves:
 
 
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