Italia: Bergman a la italiana


Por José Joaquín Beeme

     Del mismo modo que el jesuita Stählin en la semana de cine religioso de Valladolid —daba entonces lábaros y no espigas—, y por consecuencia en los cineclubes parroquiales…

Por José Joaquín Beeme
Corresponsal del Pollo Urbano en Italia

…del franquismo, así Gian Luigi Rondi introdujo a Bergman en Italia cambiando diálogos, previamente vertidos al inglés, descontextualizando más de lo que el propio maestro de Uppsala había imaginado y suavizando (forzando) el sentido de algunas frases para que comulgasen con la ortodoxia católica y sus censores. Rondi, decano de los críticos italianos, mantuvo con el sueco una amistad epistolar que culminó en la Mostra de Venecia, que a la sazón dirigía, donde Bergman había obtenido el león de oro a la carrera y donde, al tiempo que presentaba Fanny y Alexander, pudo surgir un film a cuatro manos con Fellini, el amor como tema, que no cuajó porque el soñador de Rímini, cuyo universo era bien otro, rehuyó la más que probable comparación. Más cerca del director del silencio y la incomunicación existencial estaba, sin duda, Michelangelo Antonioni, que una suerte de justicia poética ha hecho desaparecer el mismo día, pero las películas del ferrarés le parecían demasiado frías (!). A todos les conocía y les veía en su cine privado de la isla de Fårö, su impecable retiro del Báltico que ha devenido fundación y que, desde la muerte de Ingmar el pasado 30 de julio, no ceja en sus esfuerzos por retroalimentar una obra tan polifacética como, aún hoy, incómoda. Incómoda por inactual, es decir, porque no se pliega a la circunstancia política del día —éste fue el principal reproche de la socialdemocracia en su país, pero también de los intelectuales del PCI— sino que ahonda en los problemas transversales al ser humano, y no sólo metafísicos. Aquí se le ha comparado con Pirandello, por su desgarro entre el ser y el querer ser, entre realidad y apariencia, y algunos cineastas (Brusati, Del Monte) han imitado su estilo teatral y fotográfico tomado del expresionismo, pero seguramente donde es más perceptible la asonancia es en la constante preocupación existencial, filosófico-teológica, que atraviesa a muchos de sus personajes. El hijo del pastor luterano habla un lenguaje, incluso desde el agnosticismo, muy próximo al de la iglesia romana. “Verbum Dei est aliquid factum” (Summa, I-34)

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