Controlar el pensamiento

Por Esmeralda Royo

     Cuando los sublevados tomaban una ciudad durante la guerra, una de las primeras acciones era vaciar kioskos, librerias y bibliotecas, poniendo a las bibliotecarias en su diana. A algunas las asesinaron, como fue el caso de Pilar Salvo en Zaragoza o Juana Capdevielle en Galicia. Otras acabaron en el exilio,…

…encarceladas o depuradas en la durísima represión que se produjo entre 1936 y 1948.

     El caso más conocido es el de la aragonesa María Moliner. castigada a descender 18 niveles en el  escalafón del Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos del Estado.  En lugar de desfallecer, escribió el diccionario que revolucionó la lexicografía y que, proponiendo el uso práctico del castellano, es el más utilizado por escritores, traductores y periodistas.

     Como ocurrió con las maestras, se empleó una inquina especial para borrar de la historia todo lo referente a estas mujeres. Eso hicieron con Ernestina González, cuya vida ha sido reconstruida como un puzzle al que se van añadiendo piezas pero no acaba nunca de terminarse.

      Alumna de Unamuno en Salamanca, se trasladó a Madrid al aprobar las oposiciones del Cuerpo  Facultativo llegando a ser Bibliotecaria jefe de la Real Academia de Artes de San Fernando.

     Pasó por todos los círculos de las mujeres de familias acomodadas, ilustradas y progresistas de la época en Madrid: Institución Libre de Enseñanza, Residencia de Señoritas y Lyceum Femenino, además de días y noches con lo más granado de la Residencia de Estudiantes.

     En 1926 pide una excedencia y se traslada a EEUU para trabajar en la Universidad Lincoln de Nebraska.  Allí conoce al que será su marido, el ingeniero Leo Fleischmann con el que regresará a España en 1933. 

      Fleischmann merece mención aparte porque además de ser un apoyo moral y económico muy importante para los mineros en la Revolución de Asturias de 1934, se convierte, al estallar la guerra, en el primer voluntario norteamericano en morir al volar por los aires, como resultado de un sabotaje, la fábrica de municiones de la que era ingeniero.

     En ese momento Ernestina Gonzales se traslada a Nueva York a vivir con su suegra, a la que considera su segunda madre. Manhattan es un terrero propicio para recabar apoyos a la República puesto que allí viven 30.000 españoles, 300.000 hispanoaméricanos y una población mayoritariamente afín a la España democrática. Se convierte en la española que abarrota teatros con sus conferencias y en la activista más relevante contra Franco.

     Su trabajo se vuelve frenético y a través de sus artículos en The New York Times y el programa de radio La Voz arremete contra el nulo apoyo de Washington a la República y organiza en 1938  la Marcha de Mujeres Antifascistas en la que se pedía el fin del embargo de armas.  Advierte que España es en ese momento el centro del mundo ante la situación de peligro por el ascenso de los fascismos en Europa.

    Critica igualmente a algunos dirigentes socialistas por trasladar la capitalidad de la Republica a Valencia, abandonando así a Madrid.

    Una vez perdida la guerra su trabajo no termina.

   Con motivo de la representación enThe Opera House de Nueva York de “El Café de Chinitas” de García Lorca, en la que Dalí es encargado de la escenografía y La Argentinita de la coreografía, escribe un artículo titulado “Parece mentira” en el que describe a Dalí como un oportunista codicioso que ha acabado abrazando a los vencedores y traicionando a sus antiguos amigos. Sugiere que no sería de extrañar que las ganancias del espectáculo fueran a parar a Falange Española.

    Todas estas actividades llaman la atención del FBI y el dossier elaborado  permite que Ernestina González forme parte de esa infame lista negra conocida como La Caza de Brujas que, a pesar de hacerse famosa por el senador MacCarthy, ya había comenzado en 1938.

      En esa cruzada organizada contra todo intelectual sospechoso de apoyar al comunismo, Ernestina González se verá obligada a cambiar de nombre dificultando el trabajo de aquellos que han investigado sobre ella. Se convertirá en la única española citada a declarar ante el Comité de Actividades Antiamericanas en 1946.  La acusación contra ella fue tan contundente que The Washington Post dedicó al proceso un editorial titulado “Controlar el pensamiento”, en el que denunciaba la existencia de una policía de ideas que atentaba contra la libertad de expresión.

   Única pregunta:  ¿Milita usted en el Partido Comunista?  Recuerde que está obligada a decir la verdad, so pena de incurrir en falso testimonio con pena de prisión. 

     Respuesta: Esa pregunta no es pertinente. No obstante, le contestaré:  No. 

     Es condenada a 3 años de prisión  y al pago de 500 dólares de multa.

     Como otros muchos españoles confiaba en que la derrota de Hitler animara a los países democráticos a ayudar a España. No sólo no se produjo sino que al comenzar la guerra fría el presidente Truman cambió el desprecio que sentía por Franco por una amistad de conveniencia para asentar cuatro bases norteamericanas en el siempre estratégico territorio que es España. Este hecho, unido al fallecimiento de su suegra, hacen que Ernestina renuncie a la nacionalidad norteamericana trasladándose a Mexico para trabajar con el todavía más numeroso exilio español.  Desde allí asiste al último golpe que recibe la España democrática: En 1955 la URSS vota a favor de la admisión de España en la ONU.

      Vuelve a España en 1959 pero no como una mujer derrotada sino con un único objetivo: conseguir que la Administración declarara depuradas sus responsabilidades, la restituyera como Bibliotecaria del Estado y le reconociera antigüedad y todos los derechos adquiridos.  Quedaba inhabilitada para ocupar cargos directivos y de confianza, pero teniendo en cuenta que había regresado para jubilarse un año después, nos podemos imaginar lo interesada que estaba Ernestina Gonzaléz en aspirar a cargos directivos y de confianza en la España de Franco.

    Puesto que esta mujer tan injustamente olvidada falleció en 1976, existe la posibilidad de que una de sus últimas satisfacciones fuera sobrevivir a Franco.

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