
Por Lourdes Fajó
Las hacía en salsa de tomate y en salsa de almendras, dependiendo de lo que había en la despensa.
Sus manos mezclaban la carne picada, con sal, los huevos, el perejil, la leche, y el pan rallado, o pan seco mojado en leche. Sí mi madre hacía las albóndigas más buenas de este mundo. Decía que era importante el reposo y, por eso dejaba todo mezclado en el frigorífico o en un lugar fresco. Sí, las albóndigas de mi madre eran las mejores. Cuando llegaba el momento de formarlas, me decía, siempre las manos muy limpias y el trapo también. El trapo de secar las manos, nunca, era el mismo que el de secar la vajilla. ¡Dónde vas a parar! decía. Humedecía la palma de su mano. Y ahí llevaba la exquisita carne para formarla en bolas todas iguales. Las dejaba en la encimera de mármol blanco igual que un pequeño ejército dispuesto a la sartén, de aceite bien caliente.
Sí, las albóndigas de mi madre eran las mejores de este mundo.








