Detergente, Teatro y Poesía

Por Esmeralda Royo

     Decía Jerry Lewis, y lo demostraba en cada una de sus representaciones,…

…que detrás de cada comedia hay una historia dramática. Charles Chaplin o Buster Keaton, entre otros, son un ejemplo de ello. Las técnicas interpretativas de la comedia son tan completas que los actores especialistas han resultado extraordinarios cuando se han enfrentado a papeles dramáticos.  Lucille Ball,  (“la payasa oficial de EEUU”, como la definían en su momento) en “Stone Pillow”, Jim Carrey en “Dark Crimes”  o la vuelta de tuerca de Rowan Atkinson dejando de lado a su personaje de Mr. Bean para interpretar al inspector Maigret, dan fe de ello.

   En España tenemos muchos ejemplos, entre ellos el de la actriz Lali Soldevilla, que hizo todo lo que le ofrecían en cine y televisión para poder hacer el teatro que le interesaba.

    Eulalia Soldevilla, educada en un colegio de monjas alemanas que habían huído de los nazis,  pertenecía a una familia de la alta burguesía catalana. Era culta, especialista en poesía bajo medieval y religiosa, guionista, amante de la música clásica, hablaba cinco idiomas e incluso dio conferencias en inglés para la BBC.

    Comenzó con 17 años en el prestigioso Instituto del Teatro de Barcelona por el que han pasado en sus 100 años de historia, gran parte de las actrices y actores catalanes, desde Aurora Bautista hasta Albert Boadella.  Aunque su familia no pareció muy conforme con la elección de Lali por el teatro, acabó dando su conformidad siempre y cuando estudiara alguna carrera por si lo del teatro no funcionaba.  Optó por Magisterio aunque nunca llegó a ejercer porque desde el primer momento no dejó de trabajar. De compañías de teatro independiente a teatros de cámara o clásico hasta llegar a Madrid y debutar con “Prometeo Encadenado” de Esquilo.  El crítico Luis Marsillach, padre de Adolfo, escribió sobre ella en su debut: “Esta muchacha tiene unas cualidades excelentes. Tendrá una brillante carrera teatral”.

    En los escasos descansos que tenía aprovechaba para viajar por Europa y aprender las últimas tendencias interpretativas que en España, sa lvo honrosas excepciones, era difícil ver.  De hecho, Luis Escobar, Miguel Narros o Paco Nieva supieron aprovechar sus aptitudes.

    Mientras trabajaba en teatro, fue un rostro habitual de los Estudio 1 de televisión hasta que comienza a trabajar en “La Casa de los Martínez” y la encasillan en el papel de “chica de servicio”. El público no sabía que Lali Soldevilla, a la que escasas veces quitaban el delantal y la cofia en el cine cambiando el papel pero no el tipo de personaje, tenía relación con lo que se conoció como el Círculo Intelectual de la Generación de los 50, gracias a la amistad con los hermanos Goytisolo. De hecho, colaboró como guionista con Juan Goytisolo en alguna de sus adaptaciones teatrales.

   El público que se desternillaba de risa con la pareja Soldevilla-López Vázquez en “Vivan los novios” de Berlanga, también desconocía que a la vez Dámaso Alonso, sabedor de los conocimientos de Soldevilla sobre poesía medieval y religiosa, solicitó su colaboración para realizar una antología y compilación sobre la materia. Tambien participaría en Cancionero de Navidad como narradora y recitadora de los poemas de  Juan Ramón Jiménez, Lope de Vega o Rafael Alberti

     Simultaneaba trabajos que resultaban éxitos de taquilla pero tenían escasa calidad a las órdenes de Pedro Lazaga o Mariano Ozores, con papeles complejos en el teatro como “La Carroza de plomo candente” en el Teatro Fígaro o “La Celestina” en el María Guerrero.

   Siempre había algo en Lali que llamaba la atención de directores, ya fuera por el recurso expresivo de su rostro y mirada o por la peculiar inflexión de voz.   El director debutante Miguel Picazo la llama para interpretar a Amalita y ser el contrapunto perfecto para la puritana, autoritaria y en permanente conflicto espiritual Aurora Bautista en “La Tía Tula”. El historiador Gonzalo Borrás, autor de una biografía sobre Soldevilla, dice que la escena en que Aurora Bautista, Irene Gutierrez Caba y Lali Soldevilla pasean por una calle de Guadalajara se merecería una estatua conmemorativa en la ciudad.

    Victor Erice le da el papel de la maestra Doña Lucía en “El Espíritu de la Colmena”, citada frecuentemente como una de las mejores películas españolas de la historia.

     Cuando en 1970 le detectan un cáncer, todos los trabajos que acepta, incluído el del anuncio del detergente Dash, sirvieron para pagar un tratamiento experimental en Alemania que en un principio pareció dar resultado. 

   Aunque en algún momento se la vinculó al Partido Comunista, Lali Soldevilla era más de ideas que de ideología.  Sí estuvo afiliada a CCOO desde los primeros momentos del sindicato en plena dictadura y demostró su compromiso para dignificar la profesión en la huelga de actores que paralizó los escenarios españoles el 4 y 12 de febrero de 1975 para reivindicar algo que en estos momentos parece que ha existido siempre: la función diaria y el descanso semanal. Mientras había profesionales encargados de informar en los teatros sobre la necesidad de sumarse a la huelga, aprovechando su popularidad y amistad con los compañeros (Sara Montiel o Rocío Durcal), había otros que ponían el rostro para los periódicos (Juan Diego o Concha Velasco) y otras leían los manifiestos antes y después de cada función.  Ahí estaban Lola Gaos y Lali Soldevilla.

    Sus dos últimas apariciones en cine, ya muy enferma,  fueron en “La Escopeta Nacional” de Berlanga y en la que ha sido considerada una de las películas que inauguraron la denominada “movida madrileña”: “Qué hace una chica como tú en un sitio como este” de Fernando Colomo.

    “Aún se me puede sacar mucho partido” decía en una entrevista, sabedora de que había aparecido una metástasis que acabaría costándole la vida con apenas 50 años. Sí, seguro que se le podía haber sacado mucho partido porque, como decía Fernando Fernán Gómez con su clásica acidez, un buen actor cómico puede hacer cualquier papel mientras que Sir Laurence Olivier, no.

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