
Por Rafael Gabás
Una constante en el cine de Sorrentino es la colisión entre lo privado y lo público, entre el ser humano desnudo, en la intimidad y con un bagaje personal y familiar por un lado y la visibilidad, el reconocimiento social …
…y la exposición pública por otro; lo vimos en La gran belleza (Gambardella), El joven Papa e Il Divo.
En la Grazia profundiza mucho más en el tema y el espectador asiste a esta lucha entre contrarios de la mano de De Santis, un político imaginario del siglo XXI que es presidente de la República italiana (claramente de la desaparecida en 1994 Democracia Cristiana).
Por tercera vez el director retrata a políticos, ya lo hizo con Andreotti (Il Divo) y con Berlusconi (Loro), aunque este retrato está lejos de los de los dos mencionados, no es una visión crítica y corrosiva. Nuestro protagonista, Mariano De Santis está atrapado en un dilema moral: Aprobar la ley de eutanasia y con otros dos dilemas menores (condonar la pena a dos presos).
Un film de espacios ampulosos y arquitecturas intimidatorias que nos sitúa en el Palacio del Quirinal, en una de las siete colinas romanas; el Presidente vive atrapado en su jaula de oro con el enorme poder que las ajadas democracias dan a algunos de sus líderes, poder que acaba desgastando y aislando: El espectador tiene la sensación de que el presidente de la República (el así conocido en su círculo como Cemento Armado) es el hombre más solo del país.
A diferencia de sus anteriores films, De Santis tiene poco ruido, poca música, pocas fiestas… hay poco que celebrar y el silencio es dominante; vive como un astronauta en medio del espacio, en su jaula, recordando la pérdida de su esposa y con una hija que le cuestiona y donde nada parece conmoverlo. Su pose oficial le hace olvidar quién es y cómo es, su cargo y sus responsabilidades le han alejado de su yo más profundo.
Mención especial merece Toni Servillo, actor fetiche que aparece en siete de sus películas; su interpretación es impecable y establece una distancia insalvable con todo cuanto le rodea; la frialdad, el estoicismo, la rectitud, la ausencia de sentimientos son sentidos por el espectador que ve a un actor en estado de Grazia.
En Italia, el neorrealismo, Pasolini, Fellini, Visconti, De Sica, etc. supusieron un cambio de paradigma a nivel cinematográfico y a nivel mundial, un nivel que se hundió en los años 80 y 90 y que el cine italiano no ha vuelto a recuperar. A finales del siglo XX y comienzos del XXI llegaron los Amelio, Moretti, Rohrwacher, Garrone, etc., una generación de cineastas que está muy lejos de aquélla y en la que tan solo Paolo Sorrentino puede hacerles sombra.
La Grazia está un escalón por debajo de La gran belleza y La juventud, pero aún así hablamos de un trabajo excepcional que el director basa en dos pilares; La mencionada interpretación de Servillo y su hipercuidada puesta en escena, impecable, sorprendente, de simetrías hipnóticas y escenarios ampulosos: Como es habitual el director mima el continente.
El espectador asiste a una reflexión sobre el poder, un poder solitario y en soledad que borra el espacio privado y que tiene la Grazia de sacar de la cárcel a personas que han cometido crímenes y a través del cual busca la redención personal; un poder que finaliza, en paralelismo a su propia vida, que también se agota.
Se tocan muchos temas: la mencionada colisión entre lo privado y lo público, la Grazia en toda su amplitud, la vejez, la ética personal frente a la presión social, la política, el amor y su ausencia, la familia, la religión… los temas habituales pero tratados de forma ligeramente diferente.
“En el poder uno acaba por no tener vida privada. Es como si la vida privada fuera un lujo que sólo pueden permitirse los fracasados” (P. S.).
Título: La Grazia
Dirección y guion: Paolo Sorrentino
Año: 2025
Actores: Toni Servillo, Anna Ferzetti, Orlando Cinque, Massimo Venturiello, Milvia Marigliano
Estreno en España: Abril de 2026








