
Por Don Quiterio
Se acumulan las novedades audiovisuales con sabor más o menos aragonés y las decepciones, maldita sea, ganan por goleada a las alegrías.
Para empezar, el largometraje ‘La ahorcada’, la primera incursión del zaragozano Miguel Ángel Lamata en el género del thriller de terror, con Amaia Salamanca y Eduardo Noriega en los papeles estelares, a partir de la novela de Mayte Navales ‘El árbol y el ruiseñor’, y con una banda sonora a cargo de Fernando Velázquez. Estamos ante un acercamiento al funcionamiento de la mente y su predisposición a lo sobrenatural, con una casa encantada y una familia amenazada como centros de la acción, que juega con el esoterismo, la ouija, la brujería, los exorcismos y ese tipo de cosas. En la que constituye su séptima película, Lamata propone una perturbadora historia protagonizada por una cantautora, de nombre artístico La Ahorcada, que se suicida en el jardín de un hombre al que amaba y que la trató como mero objeto sexual. Su fantasma se queda en la mansión de este sujeto, negándose a ser ignorada y dispuesta a darle una lección tras lo sucedido. El crítico Jordi Battle da en el clavo: “Para afrontar una película inquietante y ponzoñosa como ‘La ahorcada’ hace falta una mente igualmente ponzoñosa. Sin entrañas ni piedad, como exige el terror. Si hay que cortar, se corta. A veces, cabezas. Otras, hilos narrativos que, como en este caso, quedan sin desarrollar. La historia que cuenta no está para excesos (narrativos). El hálito fantasmal que habita la casa encantada exige depuración. Pero aquí los tajos son pocos y carecen de precisión. Tampoco ayudan los intérpretes, lejos de su mejor momento”.
Decepcionante igualmente resulta la historia del patético secuestro de Enrique Castro ‘Quini’, futbolista asturiano del Barça y de la selección española, a manos de tres parados zaragozanos en 1981, que sirve al guionista, productor y director zaragozano Nacho García Velilla para fabricar una serie de tres capítulos creada junto a su colaborador habitual Oriol Capel (‘Mañana es hoy’, ‘Perdiendo el este’, ‘Buscando el norte’, ‘Villaviciosa de al lado’). Con acento maño incluido, Vito Sanz, Raúl Arévalo y Gabriel Guevara interpretan a los tres currantes en paro que quisieron salir de una situación económica desesperada al pedir cien millones de pesetas por su rescate, pero descubrieron que ser malo no es tan fácil como parece. Tres aprendices de brujo que no habían delinquido jamás y sobrevivían con grandes problemas económicos hasta el punto de tener que cerrar su taller de motos al quedarse sin clientes. Tres gualtrapas que ejecutan un plan casi infantil. Tres mindundis al borde de la bancarrota, el desahucio, la ruptura sentimental, en una España soportando una inflación imposible y un paro desbocado. Tres secuestradores de medio pelo con los que Velilla monta una suerte de drama con gotas de picaresca y humor absurdo para una historia de buena gente, como si los ladrones fueran gente honrada, por decirlo con Jardiel Poncela. Pero Velilla, que se pierde en subtramas familiares, desperdicia una buena materia prima y todo queda en un relato convencional y bastante burdo, de consumo rápido, que funciona simplemente como amable entretenimiento nostálgico. El elenco lo completan Agustín Otón (como el goleador Quini), Aixa Villagrán, Natalia Huarte, María de Nati, La Dani, Julia de Castro, Nacho Guerreros, Teresa Rabal y Josele Román. Rodaje en Suiza, Madrid, Barcelona y en la zona de Tenerías de la capital aragonesa, conocida como Sementales, junto al parque Bruil, donde el futbolista sobrevivía encerrado en un zulo claustrofóbico, excavado bajo un taller mecánico.
‘Landa’, por su parte, es un documental dirigido al alimón por Gracia Querejeta y Miguel Olid que repasa la vida y la copiosa filmografía (más de 130 títulos) de uno de los actores más populares de todo el cine español, el navarro Alfredo Landa, un talento cómico descubierto por Pedro Masó y el zaragozano José María Forqué en ‘Atraco a las tres’ (1962), la película que supone su primer papel importante al no poder interpretarla Manolo Gómez Burr. Landa dio nombre a todo un movimiento de las derivas del desarrollismo franquista, el ‘landismo’, en un montón de comedias de finales de los años sesenta y principios de los setenta (‘No desearás al vecino de enfrente’, 1970) que no anunciaban al gran intérprete dramático que tenía dentro (‘Los santos inocentes’, 1984). Acaso su película más importante fuera ‘El puente’ (Juan Antonio Bardem, 1977), por el punto de inflexión que supuso para su carrera actoral, al dejar atrás al españolito medio de la boina, nervioso y alegremente bajito y de pelo en pecho, con el alma en vilo y el ojo puesto donde no debía, con diccionario de rebajas corriendo detrás de las despampanantes suecas en biquini por las playas de Torremolinos (‘Manolo, la nuit’, 1973). Un actor que trabajó a las órdenes de Camus, Garci, Berlanga, Cuerda o el zaragozano José Luis Borau (lo dirige en ‘Tata mía’, 1986), quien en su ingreso en la RAE reivindica la inclusión del término ‘landismo’ en el diccionario. Aunque huye de la manoseada hagiografía, la estructura de este documental basado en sus memorias escritas por Marcos Ordóñez (‘Alfredo el Grande, vida de un cómico’) no ofrece novedad en la realización, sin arrojar demasiadas innovaciones, y está construido con la viva voz del actor en entrevistas de archivo, con imágenes de muchas de sus películas y los variados testimonios de algunas de las personas que lo conocieron. Ahí están los bustos parlantes, entre otros, de Enrique Cerezo, José Sacristán, Antonio Resines, Miguel Rellán, María Medina, Víctor García León o el lechaguino Luis Alegre. Se echa en falta, misteriosamente, el testimonio de José Luis Garci, con quien había trabajado en ‘Las verdes praderas’ (1979), ‘Canción de cuna’ (1994), ‘Tío vivo circa 1950’ (2004), ‘Luz de domingo’ (2007) o en ‘El crack’ (1981) y la secuela realizada dos años más tarde, ese intento de hacer un cine negro a la madrileña, con un detective protagonista cortado por el patrón de un Marlowe o un Spade con aroma a coñac, a loción de barbería, a billares y a partida de mus.
Donde sí aparece el testimonio de Garci es en el documental ‘Eloy de la Iglesia, adicto al cine’, del vasco afincado en Zaragoza Gaizka Urresti, otro trabajo sin apenas recorrido que reconstruye la figura de uno de los realizadores más relevantes del cine español de la transición a través de las personas que compartieron con él platós, vivencias o años de investigación y de vida. Entre ellos se encuentran Eduardo Fombuena, biógrafo del cineasta, y Alejo Lorén, cineasta caspolino que fue íntimo de Eloy. Y se explora su figura como director transgresor y combativo, las tensiones de su vida personal, su homosexualidad, la censura y su lucha contra las adicciones. Pero todo el riesgo que Eloy de la Iglesia imprimió a su cine, con sus discutibles resultados, no lo aprovecha Urresti, pues hace un documental plano, de busto parlante, fotos e imágenes, en un guiso al que le falta la sal de su paisano. Y así no hay manera. En el sonido, la turolense Carmen Cañada, y como operador, el zaragozano Alejandro Miranda.
Mayor interés tiene ‘El fantasma de la Quinta’, un filme de animación dirigido por el diseñador hispanocubano James Castillo, con guion de Julio Serrano, que se acerca a la figura del pintor aragonés Francisco de Goya en su etapa de vejez, viudo, con demencia, con plumbosis, con sordera. El autor se centra en el Goya de 1819 que se retira a la Quinta del Sordo, buscando aislamiento y paz, pero allí la enfermedad y la soledad lo empujan a un enfrentamiento final con los fantasmas de su pasado, y en un trance febril pinta las ‘Pinturas negras’ directamente sobre las paredes, en un intento desesperado por exorcizar sus visiones. Maribel Verdú, que ya fuera la duquesa de Alba en el filme de Carlos Saura ‘Goya en Burdeos’, presta su voz a la propia Quinta del Sordo, como si fuera una carta que le escribe la casa al artista después de que la abandone.
También es interesante ‘Exorcismo’, un documental dirigido por Alberto Sedano que habla de ese cine clasificado ‘S’ que se realiza en España entre 1977 y 1983, hasta que Pilar Miró, directora general de cinematografía, acaba con él. Se producen más de cuatrocientas películas en su mezcla de sexo y violencia, terror y muerte, y lo que nace como un estigma se convierte en etiqueta atractiva, con títulos como ‘El fontanero, su mujer y otras cosas de meter’, ‘Sueca bisexual necesita semental’, ‘No me toques el pito que me irrito’ y así. Una modalidad de cine, en su mayoría basura, del que participan algunos técnicos aragoneses como el operador, guionista y realizador zaragozano Raúl Artigot. Atención a los testimonios, con perlas como esta: “El español es muy gore y eso se ve desde las pinturas negras de Goya”. O esta otra: “Eloy de la Iglesia es el más rompedor tras Buñuel”.
‘La batalla de las eras’, por su parte, es un documental que relata el primer día de la primera batalla de los zaragozanos contra el ejército napoleónico el 15 de junio de 1808. Dirige el trabajo el zaragozano Pedro Aguaviva, todo un referente del cine independiente en Aragón. Cuando de joven obtiene el carné de operador, Aguaviva empieza a trabajar como proyeccionista en Zaragoza en los cines Dux, Pax y Mola. En 1971 deja de proyectar cine y se adentra en el campo de la técnica electrónica, convirtiéndose en un activo realizador ‘amateur’, en trabajos documentales (con temáticas que van desde la presencia de los templarios en la Corona de Aragón, el prerrománico asturiano, la arqueología ferroviaria o la investigación de sucesos históricos) o ficciones marcadas por su peculiar sentido del humor negro. Ha sido miembro del cineclub Saracosta, en 1976, y del Gandaya, en 1978. También ha sido coordinador de la revista ‘Secuencias’, componente de la Tertulia Perdiguer y miembro activo del grupo Sefilma, creado en 1989. Un crack.
Termino con la productora y realizadora Anna Saura, hija del cineasta oscense Carlos Saura y de la actriz Eulalia Ramón, que dirige el documental ‘Ese niño de la fotografía’, un trabajo que permite descubrir la faceta más íntima de su padre y se sumerge en su archivo inédito para revelar cómo vive sus últimos años (fallece en 2003), un ejemplo de la pasión por la creatividad sin límites, toda una vida dedicada al arte.








