Simón 2026, entre acordes y desacuerdos


Por Carlos Calvo

   La Academia de Cine y el Audiovisual Aragonés (ACA) que preside la actriz darocense María José Moreno celebró este pasado mes de mayo, en el teatro Principal de Zaragoza, la gala de los premios Simón 2026, en su edición decimoquinta, con el triunfo irrefutable de ‘Rider’, de Ignacio Estaregui, que obtuvo cinco galardones: mejor largometraje, dirección, guion (S. Sureño),…

…fotografía (Adrián Barcelona) y efectos especiales (Juan Remacha). Se trata del tercer largometraje de ficción del realizador zaragozano, tras los fallidos ‘Justi&Cía’ (2014) y ‘Miau’ (2018), un thriller social contado en tiempo real, la turbulenta vida de una joven repartidora e inmigrante sudamericana, una chica que se busca la vida a ocho mil kilómetros de su casa. Y a la que se le agolpan numerosos problemas personales. Y tiene que resolverlos mediante unas misteriosas llamadas telefónicas. La película ofrece una radiografía de la noche urbana y de todos los conflictos que se suceden cuando la oscuridad inunda las calles de las ciudades. De la urbe acomodada, de postal, a la más laberíntica, más oscura, más sucia. Estamos, pues,  ante una suerte de ‘road movie’ por las calles (zaragozanas) que habla de la xenofobia, de la precariedad laboral, del problema de la vivienda, de la familia, de la amistad, de la identidad. La mejor película de Estaregui, que ya dio muestras de su talento en el corto ‘Reveal’ (2012), con el que tiene más puntos de contacto de lo que parece.

   Otro de los triunfadores de la noche fue Germán Roda por ‘Borau y el cine’, que consiguió el premio al mejor documental, en un trabajo en torno al escritor y cineasta zaragozano José Luis Borau, como anteriormente ya hiciera el granadino con otros artistas aragoneses. Se sigue su trayectoria y cuenta con los testimonios de Icíar Bollaín, Manuel Gutiérrez Aragón, Alicia Sánchez, Miguel Rellán, Fernando Méndez-Leite, Agustín Sánchez Vidal, Luis Alegre, Miguel Ángel Lamata, Antón Castro, Carlos Fernández Heredero o Bernardo Sánchez Salas. ‘Borau y el cine’ menciona alguna de sus heridas, pero teme que contaminen en exceso el retrato positivo del creador. Y el relato, con esas ausencias, queda debilitado. Roda lleva años alternando la ficción con documentales sobre Goya, Fleta, Pomarón, Vilas o el payaso Marcelino. Su cine documental suele buscar el consenso más que la fricción y esa tendencia pesa sobre el conjunto. Porque no se adentra en las zonas oscuras de un cineasta siempre con la idea de la perfección y la adrenalina de la obsesión por el trabajo. El resultado es eficaz e informativo, pero también convencional, con abundancia de archivo, verborrea de bustos parlantes, pocos hallazgos formales y escasos momentos de poesía.

   El problema de este tipo de documentales es que son meros reportajes televisivos fabricados en cadena, como los chorizos, y da igual quién los dirija, que si Gaizka Urresti, que si Vicky Calavia, que si Isabel Soria, que si tal o cual. Acaso el documental puro sería el del cine observacional y prescindir de entrevistas, de textos explicativos, de voz en off, de música ambiental, de cualquier comentario. Cada película de no ficción, lo he dicho muchas veces, debería ser un proceso de descubrimiento y no un combinado de elogiadores bustos parlantes, extractos de cintas (si se trata de un cineasta, como en el caso de ‘Borau y el cine’), algo de material inédito e imágenes de archivo, que crea una atmósfera como de clase de repaso a última hora de la tarde.

   El mejor cortometraje de ficción se lo llevó ‘Una bombilla en California’, del director, guionista y productor zaragozano José Manuel Herraiz, quien en su currículo ha realizado desde documentales deportivos de montaña y cultura vinculada a la arquitectura hasta los de carácter más social, y siempre ha sentido un especial interés por investigar aspectos del arte y la historia relacionados con Aragón. En la ficción se mueve igualmente con fluidez y ahí tenemos piezas como ‘El pez’ (2011), ‘Limbo’ (2015), ‘El astronauta’ (2018), ‘Vuelve con mamá’ (2022), ‘El trovador’ (2024) o esta premiada bombilla californiana, una historia íntima con gran capacidad de síntesis sobre el paso del tiempo de dos mujeres maduras que protagonizan Luisa Gavasa y María José Moreno.

   La película de Javier Calvo ‘Cariñena, vino del mar’ se adjudicó un par de exiguos premios, el de mejor actor para Diego Garisa y el de banda sonora para Gonzalo Alonso, y fue una de las grandes decepciones de la gala. Pero acaso una decepción merecida porque su película deja mucho que desear, se ponga como se ponga el director zaragozano (enfadado, no vino a clase). Basada en el homónimo literario de Antón Castro, donde narra su llegada a Aragón, ‘Cariñena’ es el primer largometraje de ficción del autor de ‘Años de luz: la generación paulina’. En esta historia sobre crecer, elegir y escribir el propio destino en un país que también intenta encontrarse a sí mismo, el espectador se traslada a una aldea gallega en 1978. Allí, un joven de dieciocho años, tan inexperto como lleno de dudas, huye del servicio militar y deja su tierra natal y a un padre que ya había trazado su destino. Y aparece por las calles de Zaragoza. Y se integra en un colectivo de objetores de conciencia. Y marcha a Cariñena a trabajar la vendimia. Y se emborracha de estas tierras nuevas para él. Del mar al vino. Porque vino del mar.

   También tocó la pedrea a los títulos ‘En trámite’ -mejor actriz (Elisa Forcano), vestuario (Pilar Sicilia) y dirección artística (Luis Sorando)-, ‘Tierra baja’ -mejor dirección de producción (Aurora Lago) y montaje (Germán Roda)-, ‘Mariana Hormiga’ -mejor maquillaje (Ana Bruned)- y ‘Copeland’ -mejor sonido (Álvaro Aragüés)-. Y los premiados, uno a uno, fueron subiendo al escenario para recibir sus respectivos galardones en una gala presentada a su más genuino estilo por Luis Larrodera, con actuaciones de Ester Vallejo, Carmen París y la compañía de danza LaMov.

   La mayor ovación llegó con el Simón honorífico dado a la aragonesa Leonor Bruna, formada en Berlín y gestora en Zaragoza de un proyecto propio desde 2007, la escuela de cine ‘Un perro andaluz’, en cuyas aulas se ofrece una inmersión completa al alumnado en las distintas facetas fílmicas. El público arrancó a grabar y aplaudir, por ese orden, y aquello se prolongó durante minutos. Los aplausos, antes, se escuchaban más. Y no es la típica apreciación viejuna, aunque un poco sí, sino la constatación de que ahora mismo faltan manos. Sea como sea, el crotorar (como hacen las cigüeñas) de las palmas dejaba poco espacio a la duda. A Leonor Bruna se la quiere. Una mujer que ha tocado todos los palos de la cuestión cinematográfica: actriz, guionista, directora, productora y, sobre todo, pedagoga. Realizadora de piezas como ‘Pasionaria’ (2012), ‘La morica encantada’ (2018), ‘Nilo de la Mancha’ (2023) o ‘Situaciones’ (2024), Bruna no pudo asistir y, en su nombre, recibió la estatuilla Miguel Casanova, que formó parte de la primera generación del centro formativo. Un Casanova, por cierto, que estaba nominado a siete candidaturas por su corto ‘Quemarlo todo’ y se fue de vacío. A unos tanto y a otros tan poco.

   Como broche, al extraordinario filme de Oliver Laxe ‘Sirât’, subtitulado ‘Trance en el desierto’, le fue otorgado el recién estrenado premio Turismo de Aragón, dado a esas producciones que se filman, aunque solo sea en parte, en esta tierra nuestra, en este caso en parajes de Teruel, destacando especialmente la belleza visual de la Rambla de Barrachina. El título significa en la región musulmana el puente que une el infierno con el cielo y este encaja con la ambición espiritual y metafísica de un relato de apasionante extrañeza, el viaje de un héroe hacia el vacío, hacia lo inasumible, sin aparente esperanza. Un viaje hacia lo desconocido que el cineasta va construyendo con elementos que en un principio parecen dispersos. Y nos introduce en los más duros momentos renunciando al melodrama y la manipulación emocional, con la frialdad de una cuchillada que nos deja marcados. La tragedia estalla de forma abrupta y brutal, sin concesiones. Y te atrapa desde las primeras imágenes de esas manos colocando los altavoces, la panorámica de la gente bailando en la arena y la música. Laxe vuelve al paisaje de Marruecos y se introduce en él más profundamente que nunca.

   ‘Sirât’ comienza como una ceremonia inexpugnable, la de una extraña comunidad capaz de colocar un muro de altavoces, esto es, en medio del polvo para bailar un ritmo monocorde que parece buscar más el éxtasis interior que la celebración comunitaria. Es el camino de unos antihéroes sumergidos en una aventura de supervivencia y negación existencial, bailarines aparentemente demoniacos que patean el polvo del desierto buscando la manera de olvidarse de sí mismos. En esta aridez física y esa aparente deshumanización nihilista, con la amenaza lejana pero pesada de una inminente guerra y de los militares, el protagonista, en un remedo del personaje buñueliano de ‘Simón del desierto’ (1965), encuentra una comunidad en la que los afectos y la capacidad de ayudar al otro surgen de manera visceral y sin premeditación. Y por ahí aparecen reflejos de ‘La parada de los monstruos’, ‘Mad Max’ y, sobre todo y esencialmente, ‘El salario del miedo’, en esa sensación de peligro con los camiones avanzando en una aventura demencial.

   ‘Sirât’ es todo lo imaginable y su refutación, a través de ese padre que, en el tráfago de un desierto poblado de raveros, busca a su hija desaparecida en compañía de su otro hijo menor. Ambos se debaten contra un mundo que no entienden, un paisaje monumental que les ignora y un objetivo que les es esquivo. El resultado es un filme tan profundamente triste, tan obstinadamente cruel, tan pudoroso, tan carnal y místico a la vez, tan hermoso en cada una de sus derrotas, de sus silencios, que no queda otra que rendirse a todas y cada una de sus contradicciones, sus dudas, sus callejones sin salida y sus detonaciones. Y seguiremos sin saber qué es ‘Sirât’.

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