
Por José Joaquín Beeme
Work in progress llama a sus “historias” José Luis Guerín, y me gustan ambas elusiones del canon cinematográfico porque yo mismo las asumo, un poco entre Loach y Godard —permítaseme la filiación—, para expresar su manera de documentar la vida extrayendo de ella una sustancia más emocionante que la pura ficción, o que muchas de las ficciones que circulan hoy con ínfulas de verdad revelada.
Por eso dedica Historias del buen valle a algunos compañeros de viaje, recientemente desaparecidos, en el arte de descifrar la realidad cotidiana a través de una cámara: el lituano-americano Jonas Mekas, el colombiano Luis Ospina, la parisina Marie-Pierre Duhamel y el sevillano-palestino Ahmad Natche.
Estamos en la periferia de Barcelona, pero lo mismo podría ser Zaragoza. Barcelona norte: la Vallbona, entre el Besòs y la Acequia Condal que se abreva en ese río. Pongamos Torrero y su Canal Imperial, que viene y va al Ebro, y la falsilla seguiría valiendo.
Me reconozco en la fresca junquera, en los regatos donde poder darse un somerísimo chapuzón, en los huertos humildes y autárquicos, en los gitanos que acampan a la buena del cielo, en los chamizos ilegales levantados noche a noche, en el fútbol improvisado sobre tierra o cemento.
Me reconozco en un arrabal medio pueblo de aluvión, en su tele-club y en la terraza de un bar, en sus torres de alta tensión, en sus pisos-dormitorio: gente que se habla de balcón a balcón, de ventana con geranios a claveles con ventana.
Me reconozco en los corrales bravíos, en el desvencijado apeadero del guardagujas, en la esforzada maestra peleando la integración, en una salvífica biblioteca de barrio.
El tiempo, maldito impertinente, aporta las diferencias. Un nudo de carreteras, horror, ha venido a romper esa frágil paz aldeana; mientras las Rodalies, trinchera tras desmonte, hambrean siempre nuevas vías. Y la prioridad migrante, mal que pese a algunos, ya no es nacional; al sudismo interior se suma corposamente el global: República Dominicana, Guinea, Ucrania, Brasil, Marruecos, India, Portugal…
Por eso Guerín empieza dando la palabra a pioneros como Antonio el Carbonero, que levantaron aquel caserío en la dictadura y recuerdan aún los tempranos guateques, las barbacoas, el pozo de agua con anguila, los aljibes y el primer alcantarillado. Ahí están las fotos sepia por si nos traiciona la memoria. Entre las ruinas de lo que fue su casa, Antonio se quiebra con el tango que bailaba su difunta, y del Adiós, muchachos le veremos transitar al Red River Valley que le cantan, le tararean incluso con una armónica prestada del western, los vecinos en su propio funeral: “Dicen que te vas del valle; echaré de menos tus ojos luminosos, tu dulce sonrisa…”
Pero no tarda, por eso, en mover la cámara hacia los que han ido instalándose después. Entra en una zambra quinqui, cervezas y tatuajes, palmas flamencas y guitarreo de rumba despidiendo a los Cuatro soldaditos. Sigue a la familia Dosantos, afanosa sembradora de flores y berzas, que salvan lo que pueden del huerto desertado de la familia Kaur. Asiste a una francachela de payeses, en la que el viejo Guillem afirma con orgullo que a los árboles se les mira a los ojos, y que él les susurra: “Perdona, que ahir no et vaig regar…” Acompaña a una pianista italo-brasileña que se enternece con su marido progresivamente desmemoriado, crecientemente niño. Y a una madre que cuenta a su hija de los tambores de agua, en aquel mismo poblado subsahariano donde mataron a su hombre. Y no puede evitar el dolor de la pérdida, y de la culpa que arrostra la rusofobia, cuando unas madres rusas y ucranianas, lejos del absurdo sangriento de las fronteras, se funden en una suerte de eslavismo de la pena.
Porque en este film-río que se va haciendo —a lo largo de tres años— como obra siempre abierta, las pruebas de cámara y las entrevistas son tan importantes como los tranches de vie atrapados por una super 8 que deviene invisible, los silencios y los momentos de suspensión —aire entre los carrizos, tierra removida, agua cruzando un azud— resuenan tanto como un jazz improvisado, una salsa de Rubén Blades o un minueto de Bach. “Voces, opiniones, vivencias, sueños y pesadillas”, se lee en una convocatoria de la productora pegada al cristal de una tienda y dirigida a todos los parroquianos. Protagonismo, pues, a los que habitan los márgenes, en un espacio fronterizo siempre en deconstrucción, para filmar el huidizo presente “con un sentimiento de pretérito”. Lenguas, culturas, dignidades, islas, resistencias: militancia espartana en un cine otro, naturalmente lento, calladamente trascendental.
Es lo que Guerín, estrenando el milenio, se propuso con el Barrio Chino, a pique de gentrificación para presentarse al turisteo cual flamante Raval, y ahora, en movimiento centrípeto, ensaya con este barri nou que primero fue apunte fílmico para la expo Una ciudad desconocida bajo la niebla (MACBA, 2025) y luego un largo paseo de la mirada empática, semejante a los que Gianfranco Rossi y Pedro Costa emprendieron, respectivamente en Roma y Lisboa, en Sacro GRA y No quarto da Vanda.








