De ‘La caza’ a ‘Mi querida señorita’


Por Don Quiterio

   Las comparaciones siempre resultan odiosas. Y, sobre todo,  cuando de lo que se trata es de unas adaptaciones libres (que no remakes, ojo) de dos de las películas más iconográficas del cine español: ‘La caza’, dirigida en 1965 por Carlos Saura, y ‘Mi querida señorita’ (1972), de Jaime de Armiñán.

     Así, el donostiarra Pedro Aguilera reinterpreta el clásico de Saura en ‘Día de caza’ (2025) en una actualización radical sin convertirse en homenaje complaciente ni en cita erudita. Por su parte, el navarro Fernando González Molina hace lo propio en ‘Mi querida señorita’ (2026), con guion de Alana Portero, y actualiza igualmente el original homónimo. Ambas, en cualquier caso, funcionan como innecesarios remedos: no hay ni rastro del retorcimiento de los códigos narrativos de antaño, sustituidos ahora por una legitimación discursiva que estropean los resultados.

  La de Saura es la primera colaboración entre el cineasta oscense y el productor Elías Querejeta, y se convierte en una cumbre del cine español, un filme austero con cuatro actores y unos conejos donde el dicho “hombre, lobo del hombre” funciona como alegoría de los tiempos. Las huellas de Buñuel se hacen patentes, incluido el guiño a ‘Ensayo de un crimen’ (1955) mediante la quema de un maniquí con un insecto clavado en el pecho. Película seca, densa, turbia, un wéstern de pedernal sobre unos amigos de cacería, y con diversos niveles de lectura entre la metáfora política, la parábola moral, la presencia (o ausencia) de la guerra civil o el documental naturalista, en un arrebato de mirada, fotografía y carácter de lugar y tiempo, de gran significado y trascendencia. Todo ello deriva un importante filme, el mejor en la carrera de Saura, una acertada y punzante parábola, esto es, acerca de la sublevación militar española, un descenso a los infiernos en forma de alegoría sobre la violencia y la animalidad.

   Tres hombres y un muchacho van a cazar conejos al coto de uno de ellos, lugar donde sucedió una batalla en la que los tres, del bando franquista, participaron. Las tensiones derivadas de las apetencias económicas, los rencores larvados y las derrotas personales les harán confluir hacia la tragedia, en un clima de agria tensión exprimida por la asombrosa fotografía de Luis Cuadrado. Bajo la apariencia de un estallido de violencia individual, aflora la corriente subterránea representativa de la miseria moral de los vencedores y, de este modo, ‘La caza’ se constituye a la vez en fábula y representación realista. Talento, cercanía, solidez, intensidad, escalofrío, crítica y drama para un filme del que el gran Sam Peckimpah diría que le cambió la vida (dos años después rodaría ‘Grupo salvaje’).

   Con este material, Pedro Aguilera dirige ‘Día de caza’, con guion de Lola Mayo y el propio realizador, una adaptación contemporánea y en femenino del clásico del cineasta oscense que produce su hija Anna Saura (junto a Jaime Gona), en un paisaje amarillo abrasado por un sol de justicia que registra la directora de fotografía Eva Díaz. Es la historia de tres amigas que se reencuentran en un coto de caza después de muchísimo tiempo sin verse. Cuando la violencia se desata, empieza la verdadera cacería. Tres mujeres conservadoras que son un solo personaje, como un monstruo de tres cabezas condenado a autodestruirse. Y el director recrea, dejando atrás la sombra de la guerra civil, la crisis, la prevaricación o la especulación inmobiliaria para dar un tono de farsa irónica, algo costumbrista, aunque tamizada con la estética del wéstern y la tensión de un thriller. Y aunque las tensiones son las mismas que en el filme del oscense (abuso de poder, rencores sociales, clasismo, envidias, traición) y se regresa al mismo escenario, a una batida de conejos enfermos que deriva en la caza del ser humano, la comparación, siempre odiosa, no tiene color.

  En ‘Mi querida señorita’, una soltera cuarentona vive en una tranquila capital de provincias con una joven sirvienta, pero el trato que dispensa a la muchacha es tan extraño que enrarece la atmósfera de su convivencia. Esto es lo que cuenta en imágenes el madrileño Jaime de Armiñán en 1972, el drama de una mujer que se siente diferente a las demás: se afeita todos los días y se siente atraída por su criada. El tema del cambio de sexo brinda una oportunidad de oro para el lucimiento de José Luis López Vázquez, gracias a un sorprendente y transgresor guion del zaragozano José Luis Borau y el propio realizador. El filme, sin ser ninguna obra maestra, se contempla con agrado por su sensibilidad, sus perfilados trazos psicológicos y la pintura amarga de la España provinciana. Y todo ello constituye uno de los dramas, con irisaciones de comedia, más entrañables e insólitos sobre la transexualidad. Alguien dijo que esta película de modestas proporciones “es como un Buñuel demudado, más sorprendente, más viscoso y tierno”.

   El rompedor clásico de Jaime de Armiñán se trae al siglo veintiuno de la mano de Fernando González Molina para visibilizar la intersexualidad confiando en Elisabeth Martínez, que llena la pantalla con su verdad. Lo malo es que, aunque Anna Castillo la secunda con relámpagos de emoción (al contrario que el personaje del sacerdote gay de Paco León, nada creíble), la primera parte, en la Pamplona del 2000, tiene aires de telenovela, mientras que el Madrid LGTBI parece un artefacto almodovariano. Y así, no.

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