Postales desde el filo


Por José Joaquín Beeme

    Las llama postales pero lo mismo podrían ser cartas de amor (o repulsión, según), aguafuertes en su tinta, retratos atrabiliarios o apuntes de lectura más o menos intempestivos.

    Algo tiene este tarjetero impúdico de contramemorias de ultratumba, o de ajuste de cuentas con mujeres y hombres de pluma ilustre o deslustrada que el autor, exiliado de las aulas, no tuvo tiempo ni ocasión de tratar a su gusto cuando despachaba historia de la literatura.

    Con el expediente quevedesco del trance onírico, Gracia Mosteo se vuela a un Parnaso hecho a su medida, pronto a lanzar laureles o berzas con total libertad y sin el menor recato académico. En lugar de descender a las zahurdas de Plutón, se encarama al paraíso de los libros donde leyenda, mito e impostura se dan la mano. Y allí se producen los encuentros, las sorprendidas anagnórisis, una revista de personajes de sí mismos que sigue sólo su instinto o su capricho de lector.

     Con el mosto de la gracia—¿la gracia del monstruo?— arracima suertes de escritores que exhibieron o padecieron superego, bibliomanía, fantasmeo, usurpación, agorafobia o cumplida pulsión suicida. Se divierte armando un panteón de las letras en cursiva, hecho de múltiples fragmentos que arriban, como pecios parlantes, de todos los libros que ha frecuentado.

      Pero lo mejor del volumen, que prolonga idealmente su anterior prueba editorial (¿Sueñan los poetas con versos eléctricos?, también con la madrileña Éride), acaso sea la singular ars poetica que integra la tercera parte. Bajo un nombre más pedestre, “blablablá poético”, GM se lanza a la disección del menguado presente lírico, donde apenas quedan ya auténticos oficiantes del gay trinar y sí masivos violadores del verso entregados, enredados en la cosa social/virtual, empañado escaparate de fruslerías.

    Compendio rabiosamente personal de muchas filias literarias, con alguna que otra fobia, La leyenda del lugar inexistente es una continua glosa, armado el escoliasta de lápiz rojo o amarillo azufre, de la propia biblioteca. No será impertinente, pues, que esta nota se permita a su vez subrayar el subrayado. Así que reproduzco unas cuantas chispas, casi aforismos, de entre las muchas que podrían extraerse de sus páginas. Psicoanalítica: “Escriben sus sueños desde que apenas saben escribir, sin saber que el destino les condenará a escribir sus pesadillas”. Filarmónica: “Los estirados que han cursado el Quadrivium miran con estupor a los cantores, pues la mayoría no pasaron del Trivium”. Mitológica: “El poeta es un fauno que persigue a una ninfa esquiva”. Criminológica: “Lo malo es cuando la piratería disfraza la mediocridad del ladronzuelo, es decir, poetastro”. Revolucionaria: “Las ideas y las palabras deben saltar como esquirlas a los ojos”. Veterotestamentaria: “El poeta es ese nuevo Adán que muerde la manzana de la novela, pues quiere ser como Dios”. Testamentaria: “El oficio de escribir esconde en la escritura el premio”.

   “La lira anda desafinada y caduca en medio del estruendo de cacharros y medios, que quieren ser universales, de este siglo”. Tal podría ser la última sentencia del muchacho de Calatorao, hambriento de literatura, que un día se trasplantó a la capital del reino a la husma de sus héroes parnasianos.

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