
Por Carlos Calvo
Subdirector del Pollo Urbano
Por Carlos Calvo
Se nos va el otoño con una tos de más y el invierno ha venido, maldita sea, sin apenas tregua.
Casi nadie se ha escapado a las consecuencias del fulgor de una promesa, la cicatriz de un desencanto o la sombra de una renuncia. Lo expresa muy bien David Trueba en su delicada ’Siempre es invierno’. Irremediablemente, se están moviendo de sitio las cosas. Y con las cosas, el miedo, los horizontes, los afectos, las certezas, las miradas. Pero no olvidemos que el relato que creamos en torno al miedo es siempre subjetivo y la mayoría de las veces es un relato interesado. Porque, tal vez, el miedo difuso de hoy, la inquietud de estar entrando en un rincón oscuro donde nos espera un monstruo todavía por nombrar, tan indescifrable, no es tan nuevo como pudiera parecer. ¿Cómo soñar un futuro cuando ni siquiera somos capaces de imaginarlo?
A veces, incluso muchas veces, buscamos lo que somos en lo que otros miran de nosotros. Mirar es, sobre todo, detenerse. Y del espanto que acecha, quizá, sacaremos una nueva manera de mirar. De buscar. De interpretar. De comprender. Acaso solo haya futuro en la mirada. La mirada soñadora. La mirada exacerbada. La mirada tierna. La mirada huidiza. Miradas gloriosas, nerviosas, directas, trágicas, tensas, siervas, hospitalarias, para enfocar aquello que queremos defender, a veces tan insignificante, en apariencia, como la sombra de un árbol. Ya sin roces transcurrirán nuestros sueños, nuestros amores, nuestras enfermedades, nuestros insomnios. Las horas y los días se escurren, el tiempo es imparable y la vida es muy breve. Y nos quedamos como pollos sin corral.
Las personas envejecen. Los metales se oxidan. El fuego se consume. Las horas se suceden sin posibilidad de marcha atrás. El tiempo, en fin, no solo fluye hacia adelante (lo cual es obvio para cualquier ser humano sin dejar de ser un misterio para el que carecemos de respuesta): se nos presenta, además, como una puerta que, inevitablemente, tenemos que cruzar sin saber lo que nos aguarda detrás. Ni siquiera cabe la posibilidad de aferrarnos a un presente que se desvanece y a un pasado que ya es puro recuerdo. La pérdida es inevitable. Porque el miedo surge cuando existe una posible amenaza a nuestra supervivencia. Pero la vida regresa en cuanto tiene una oportunidad. Y eso nos ha abierto los ojos: no somos imprescindibles.
Muchos de nosotros navegamos por nuestros caminos para presentarnos, sin revelar quiénes somos realmente. Escapar de la derrota es muy difícil, porque la angustia se confunde con la devoción, se mira al presente con una memoria perdida en la urgencia que roza con la locura, el desafío de sobrevivir. El miedo, al fin y al cabo, ha recobrado el prestigio que tuvo en la antigüedad, cuando se leía el porvenir de la especie en las entrañas de los patos. O en los ojos de los búhos que vigilaban (y vigilan) la noche. Pero ya perdemos la luz otoñal, tan bella y melancólica, tan dorada y reposada, y nos amenaza el invierno con la incertidumbre, que es lo contrario a la seguridad deseada (o buscada). Y se alía con el miedo. Esa luz otoñal nos ha traicionado en su laberinto de engaños. Y nos deja con su bata de cuadros, sus narices rojas, su pipa, su gramófono girando y la alfombra de hojas secas al paso de los colegiales. El otoño es un señor antiguo, no viejo como el invierno, con su barba blanca y su brasero, su caldo de pollo y su manta en las rodillas
Acaso la peor traición es engañarse a uno mismo. El miedo, en cualquier caso, tiene muchos campos semánticos, tantos como los referidos al horror, al terror, al pavor, al pánico o a la incertidumbre. Y es una sensación inherente al ser humano. El miedo a la muerte, sí, porque todo tiene sensación de pérdida, de adiós, de que se va un cachito de felicidad. Como pollos perdidos en el corral urbano, el invierno nos ha pillado desprevenidos. Acaso el hombre, con mayor o menor goce, es torpe; acaso la vida, corta, y acaso el planeta, pequeño. Pero los planetas no dicen absolutamente nada. Hablamos las personas, desde nuestra inteligencia razonadora.
Una sombría luz de recuerdo ilumina la ciudad y las hojas muertas hablan en susurros de los felices días idos, añorando sonidos e imágenes que ya no volverán, a modo de bloque intacto de un cataclismo azul oscuro, casi negro. El miedo es algo que nos ha igualado a todos. Y la confusión lo arrastra todo como baja el barro por la rambla. Porque las certidumbres más arraigadas, los axiomas de apariencia más fiable, se deshilachan con gran rapidez. ¿Tenemos que seguir haciendo surf sobre las olas, aunque todavía no sepamos con qué nos vamos a encontrar cuando baje la marea?
De arriba abajo, o de abajo arriba, ya murieron los lirios en este jardín perfumado y ya no escuchamos el lejano eco de la luna ni el tumulto de los gestos presentidos. El silencio y la soledad se cruzan con el cierzo y la noche. Entretanto, más allá de que el viento aúlle sobre la torre de la Magdalena (gira, veleta, gira), esperamos en vano conforme añoramos que vuelva el estéril árbol de la otoñal hoja caída a la verde ilusión de los mejores días. Sin amor, maldita sea, siempre es invierno. Lo dice Trueba.








