“Castillos en el aire” premio del Jurado en el Festival “Coupe Icare”


Don Quiterio

“Castillos en el aire” ha recibido el premio del jurado en el festival francés “Coupe Icare”, celebrado este septiembre pasado en Saint Hilarie du Touvet. Se trata de uno de los certámenes más prestigiosos del mundo de producciones audiovisuales relacionadas con el vuelo.

En la selección final se presentaron películas procedentes de Australia, Estados Unidos, Brasil, Italia, Canadá, Alemania, Suiza, Austria, Francia y España. Desde esta redacción felicitamos al equipo técnico y artístico de la película y nos alegramos de este premio, porque consideramos el trabajo del oscense Lorenzo Montull (y de César Casanova y Guillermo Campo en labores de producción y cámara, respectivamente) enormemente valioso, entrañable y emocionante. Estos chicos saben hacer cine con mayúsculas. Son brillantes, aunque no lo sepan. Otros, sin embargo, se creen brillantes y, los pobres, no saben que no lo son. Para refrescar la memoria de nuestros desocupados lectores, reproducimos la reseña que hicimos en su día, ahora hace dos años.

Dicen que fue Christian Huygens el primero en proyectar una imagen sobre un lienzo blanco. Mucho antes de los Lumière, el matemático, astrónomo y relojero holandés imaginó la posibilidad de invertir el proceso de la cámara y… “voilà”. Ahí quedó para los restos la linterna mágica o, si se prefiere, un puñado de luces, sombras, sueños y espejismos. El cine, antes de moverse, era eso. Y eso sigue siendo. El oscense Lorenzo Montull, relojero o no, comparte básicamente ese principio. Su cortometraje documental “Castillos en el aire” (2010) es, antes que nada, un vehículo de luces y sombras, realidad e imaginación. Como en la linterna mágica.

Lejos de los programas de reporterismo televisivo un tanto en decadencia a causa de la sobredosis, “Castillos en el aire” es cine puro, pensado, cálido, reflexivo, elegante, demostrativo de que los documentales deben ser antes una búsqueda que un objetivo marcado de antemano. Montull, con la ayuda de Guillermo Campo y César Casanova, aprovecha con su puesta en escena y con el montaje las diversas posibilidades simbólicas, metafóricas, de cada toma y, sobre todo, atrapa la sinceridad de unos personajes inteligentes narrativamente. Mientras, entre aventura y aventura, entre risa y risa, una banda sonora de Ángel Orós y Alberto Pueyo pone tono a unos interludios casi mágicos que, además, son  una invitación para la reflexión y el conocimiento. El cortometraje documental, luminoso y entrañable, es la vida misma.

Los dos amigos protagonistas, los maduros Vicente de Antonio (un jubilado que se fabrica sus propios aviones y los pilota) y Fernando Navajas (apasionado del paramotor), tienden a ser personas humildes que tienen fe y que se dicen a sí mismos que hay que seguir al pie del cañón, no dejar de intentarlo, no tirar la toalla porque va a suceder algo. Es, en esencia, la historia de dos amigos apasionados por el cielo, donde se narra su lucha y empeño por volar y sentirse libres. Dos grandes amigos, en fin, que comparten una misma pasión y que tienen vivencias que, en ocasiones, superan la cotidianeidad.

“Los sueños se hacen realidad por impensables que parezcan”, afirma uno de los protagonistas. Y ambos, tanto Vicente como Fernando, han hecho realidad el sueño de volar en avionetas y paramotores, el subir andando y bajar volando, el no poder dejar pasar un avión sin mirarlo. Nobles, generosos y con mucho arrojo, y su punto de osadía, Vicente y Fernando, o Fernando y Vicente, que se inician en la escuela de aeromodelismo, pilotan avionetas, y volar, con esa edad, significa estar más cuerdo que muchas personas que creen estarlo y no saben, los pobres, que no lo son. Y disfrutar al construir o arreglar un aparato volador, al despegar (“lo más difícil”, cuentan) y, siempre, al elevarse.

Montull subvierte los clichés y estereotipos del género documental (empezando por el romántico prólogo) y dedica con elegancia a mostrar esta clase de esfuerzo y optimismo. A veces, el montaje vive dentro del plano y obliga a la cámara a perseguir y encerrar literalmente en el encuadre a sus entrañables personajes. Planos, contraplanos, planos generales, cámara en mano, también libertades (¡esos saltos de eje!), bellísimos paisajes del Pirineo aragonés con los aparatos voladores surcando los cielos limpios y luminosos, precioso epílogo con el tema de Alberto Cortez que da título al conjunto. Vegetación, ventanucos, portales, a la manera del mejor Mario Camús o, por extensión, de la factoría Elías Querejeta, por no citar a los contemporáneos Rosales, Guerín y compañía…

Los flash-backs en tono sepia (genial el inserto en medio de la conversación telefónica en pantalla paralela de la avioneta que se viene abajo), el taller de reparaciones en un alarde de montaje fílmico (herramientas, esa silueta humana que cruza la puerta, esa mirada del perro como guardián de lo que acontece), los toques de fino humor (ese puto casco, ese paquete de cigarrillos)… Hay veces en las que nuestros protagonistas entran en la escena como el brazo de una “minipimer” en el grumo y la salsa, que le dan anchura, gracia y polifonía a sus personajes.

Lo verdadero, a veces, puede no resultar verosímil. Sólo conmueve, según la máxima de Racine, si es, en efecto, verosímil. El acierto de cualquier obra se resuelve en muchos casos en una cuestión de credibilidad. No basta con invocar a la realidad: es necesario comportarse de forma honesta con ella hasta hacerla creíble. Y este es precisamente el acierto de un documental como “Castillos en el aire”.

Sin alharacas ni falsos lirismos, el resultado es, en el más amplio de los sentidos, entrañable, una pequeña joya, un hermoso ejercicio de estilo del que muchos deberían aprender. Lo real, decía, o es verosímil o no es nada. Al final queda la constancia de una película convencida de su capacidad para conmover sin atosigar, emocionar sin dar la tabarra. Con precisión, con la exactitud con la que el relojero Huygens ideó su cinematográfico invento un par de siglos antes de la imagen en movimiento.

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