Italia: Vindicación de la mujer caléndula     

Por José Joaquín BeeMe

      Una fortaleza berroqueña emerge de su aparente fragilidad. Mujer delicada, risueña, sensible, pronta a maravillarse por todo. Optimista incurable, con una fe no mellada en el ser humano, tal vez porque en algún momento de su vida tocó fondo y ha podido, ha sabido reconquistar la luz. Su propia luz.

Por José Joaquín Beeme
Corresponsal del Pollo Urbano en Italia

    Ha volado desde Dublín con sus dos mellizos, preadolescentes, y con su infaltable Lucas, para presentar en Varese (Filmstudio 90) y en Milán (Anteo Palazzo del Cinema) la película más reciente de Icíar Bollaín: Soy Nevenka, de la que es protagonista tras el rostro de la bravísima Mireia Oriol.

       Y aquí la tenemos, un cuarto de siglo después del escándalo de Ponferrada, dando la cara, recordando —pero sobre todo revitalizando— su testimonio valiente, un mensaje de resistencia y coraje que, en vísperas del Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, instituido por la ONU en 1999, aspira a trascender el trauma personal para integrarse en una lucha más amplia, en un frente todavía abierto que afecta a mujeres y hombres por igual, al repensamiento de su relación en términos de paridad y respeto: una lucha que debería hermanar, como defendía Flora Tristán, a todos los parias sometidos al sistema esclavista-patriarcal, sean mujeres u obreros.

     Con una emoción traviesa, casi adolescente, Nevenka Fernández asoma la cabeza por las cortinas de la sala para ver las reacciones del público, y acostumbra a seguir desde una butaca, como una espectadora más, los últimos compases de la película, cuando el proceso judicial toca a su fin y se enuncian las consecuencias del histórico fallo. Repasa luego, en el coloquio, su peripecia vital, desde su corta experiencia en política municipal hasta su paradójica caída en desgracia; desde el primer exilio, interior, en Madrid, hasta el que le llevó a hacer las maletas y mudarse, primero a Chester, ciudad pegada al norte de Gales, y más tarde a la capital de Irlanda. De su largo silencio individual, abrumado por el silencio social (llamémoslo, sin tapujos, omertà), a una progresiva toma de conciencia —su particular salida del armario— aireando su caso en entrevistas, libros y, finalmente, en la gran pantalla: la serie documental que para Netflix dirigió Maribel Sánchez Maroto y el largometraje que nos reúne.

    Una autoconciencia de la propia dignidad que tuvo desde bien temprano y que ha ido reforzándose con las sucesivas movilizaciones del 8M, las campañas del Me Too y condenas mediáticas como la que recayó sobre los estupradores de La Manada. Identificar, para combatirla, esa cultura donde florece el abuso de poder, el maltrato emocional, el acoso sexual, con su corolario de miedos, angustias, estrés, insomnio, inapetencia, anulamiento, síntomas todos recogidos por la psiquiatra Marie-France Hirigoyen en su ya clásico estudio sobre el acoso moral (El maltrato psicológico en la vida cotidiana), es fundamental para entender el propio hundimiento y superarlo gracias al poder de la palabra que dice la verdad, al diario íntimo, a la amistad en escucha empática, a la ayuda psicológica, a la denuncia pública. Porque, en paralelo a su maduración personal y sin duda política, Nevenka celebra la evolución de la sociedad que quiere estar del lado bueno de la historia: “Cualquier persona que tenga un corazón sano es feminista”. Y las activistas del colectivo FemVa, que practican la sororidad y la inclusión para sensibilizar y combatir la violencia de género y el feminicidio, tomaban nota de todo e hicieron agudas observaciones al hilo de sus palabras.

    Interpeladas también por la historia que han armado Icíar Bollaín e Isa Campo, que visitaron a Nevenka en Dublín. Ella no intervino en la preproducción, sólo les dio preciosos detalles para construir el guión —que bebe fundamentalmente de la novela de Juan José Millás, Hay algo que no es como me dicen—, y firmó las correspondientes autorizaciones para que pudieran usar su nombre y su biografía. Sí asistió al rodaje, que la productora trasladó a Zamora porque las actuales autoridades ponferradinas nunca respondieron a su solicitud, y a pases privados a los que llevaba a sus hijos para ayudarles a crecer mostrándoles el arduo camino de la verdad, su identidad reforzada, la coherencia de sus padres. Y llegó luego el estreno, el éxito crítico y de público, el aplauso cerrado en el festival de San Sebastián: una gran ola de sanación y cierre, al fin, de viejas heridas.

     Justamente el estado de paz que ahora la conforta: reconciliada consigo misma y con los demás, superados el dolor y la ira, sin rencor, experimentando la terapia de la palabra y en continuo aprendizaje, sintiéndose parte de una lucha que enmarca en la causa superior de los derechos humanos. A pesar de cierta justicia que no cree e incluso culpabiliza a las víctimas, como aquel fiscal que le tocó en suerte tanto en fase de instrucción como en la vista oral, o algunos magistrados que, aún hoy, hacen gala en sus interrogatorios de un machismo recalcitrante.

     Su vida irlandesa —con frecuentes paréntesis en la costa onubense— revela esa conquistada armonía. “La nueva Nevenka”, así se nombra, me cuenta de sus acuarelas, pobladas de espirales, círculos, triquetas recurrentes que toma del arte céltico, presente en tantos yacimientos no lejos de casa. Y, enseguida, de su necesidad de ponerse al piano para despertar una sonata del amado Chopin. Arteterapia, la definirán algunos, pero es más un incontenible deseo, vital y vitalista, de expresarse en muchas direcciones, apagando acaso muchas ansias que se combaten en su interior. Sobre todo, cuando la veleidad artística compensa los altos deberes profesionales del día a día: aquella recién escudillada en Ciencias Económicas que asumió una concejalía de Hacienda y Comercio es ahora, destierro mediante, responsable de la fiscalidad corporativa en Airbus International Services.

    Pero no se limita Nevenka al recreo íntimo ni a labrarse una carrera que colmaría no pocas vanidades. Su vocación feminista la lleva ponerse en la piel de otras inmigrantes como ella. Instruye en judo y en yoga tibetano a sus amigas, mujeres africanas, palestinas, latinas, que se han visto, como ella, desarraigadas y plantadas en tierra extraña. Una tierra, esa Erín de hambrunas y migraciones bíblicas, que percibe como mucho más tolerante y porosa a las diversas formas de estar en el mundo, en igualdad de derechos y libertades, al punto de que toda la familia ha optado por la doble nacionalidad, española e irlandesa.

    Otro círculo se cierra, el más importante, porque lo ha dibujado con su propia vida. Lo insinuaba ya, en su tenue corola naranja, la curativa caléndula: esa flor que despliega el diminutivo eslavo de su bautismo.

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