El desorden mundial: entre la geopolítica y la utopía


Por José Antonio Díaz

     El nuevo desorden mundial ha enterrado el sueño liberal. Frente al realismo interesado y transaccional de quienes solo ven geopolítica, la paz exige algo más: imaginación, justicia estructural y la obstinada voluntad de no rendirse al cinismo.


José Antonio Díaz Díaz
Analista polítivo del Pollo Urbano y Corresponsal en Santa Cruz de Tenerife. Islas Canarias

1 de marzo 2026

        El fin de la Guerra Fría no inauguró una era de paz estable, sino un nuevo desorden global caracterizado por la fragmentación y la contradicción. Los conflictos dejaron de ser interestatales para multiplicarse internamente, las armas se privatizaron y la seguridad se convirtió en obsesión planetaria.

    En este contexto, el concepto de paz se volvió polisémico y problemático: invocada en discursos geopolíticos y cumbres internacionales, fue simultáneamente vulnerada por bombardeos en nombre de valores universales. Frente a esta paradoja surgieron nuevas resistencias, herederas críticas del pacifismo del siglo XX, que no solo se oponen a la guerra sino también a las violencias estructurales del colonialismo, el patriarcado, el racismo y la desigualdad global. Estas luchas emergen desde los márgenes: pueblos indígenas, movimientos de mujeres, redes de migrantes, jóvenes anticapitalistas y educadores populares.

       La desintegración de Yugoslavia (1991-2001) significó el regreso brutal de la guerra a suelo europeo, desmintiendo la creencia en una paz irreversible tras 1945. La masacre de Srebrenica (1995), donde más de 8.000 musulmanes bosnios fueron asesinados bajo la mirada de las fuerzas de paz de la ONU, evidenció el fracaso del multilateralismo y la dependencia de las instituciones internacionales respecto a los intereses de las grandes potencias. Este colapso propició una reconfiguración geopolítica: la OTAN intervino por primera vez sin mandato del Consejo de Seguridad en Kosovo (1999), justificando la acción como «humanitaria» pero actuando al margen del derecho internacional. Este precedente —la guerra justificada por fines morales pero ejecutada ilegalmente— anticipó los conflictos del siglo XXI: guerras irregulares, polarización étnica, intervenciones selectivas y erosión de las reglas internacionales. La guerra yugoslava mostró cómo el nacionalismo excluyente puede destruir proyectos de convivencia multicultural y dejó una herida profunda en la conciencia europea: la violencia extrema no requirió invasión externa, sino la descomposición interna de un modelo de convivencia.

     Contra las expectativas del «fin de la historia», el mundo posterior a la bipolaridad soviético-estadounidense inauguró una geopolítica de la intervención, justificada en nombre de la democracia y la seguridad. Desde el 11-S, la «guerra contra el terrorismo» extendió la lógica de la seguridad global, legitimando invasiones (Irak, Afganistán, Libia, Siria) y deslocalizando la tortura y el espionaje masivo en estados cómplices. Actualmente, con más de 50 conflictos activos —Ucrania, Gaza, Myanmar, Congo, Sahel—, emerge una nueva Guerra Fría difusa y multipolar entre EE.UU., China y Rusia, caracterizada por un lenguaje descarnado que ya no recurre siquiera a la legalidad internacional para legitimar sus amenazas de anexión territorial, rearme en Europa y advertencias nucleares. Esta «paz armada» ha vaciado el concepto de paz, convirtiéndolo en una etiqueta de marketing geoestratégico desvinculado de la justicia. Frente a ello, voces del Sur Global —Boaventura de Sousa Santos, Aníbal Quijano— denuncian el eurocentrismo epistémico y la «colonialidad del poder» como violencia y estructural. Cosmovisiones como la ubuntu, la sumak kawsay o la zapatista proponen una paz arraigada en la comunidad, la armonía con la tierra y la justicia histórica. El pacifismo clásico, centrado en el desarme entre Estados, resulta insuficiente; se hace necesario repensar la paz como transformación de las estructuras que hacen posible la guerra.

     Ante la crisis del pacifismo institucional, el siglo XXI necesita un pacifismo construido desde abajo, protagonizado por los sujetos históricamente excluidos. Los feminismos por la paz —desde Jane Addams hasta Rita Segato— muestran que la guerra atraviesa la vida cotidiana y los cuerpos, proponiendo una ética de la ternura activa y la justicia restaurativa frente a la cultura bélica fundada en la dominación. Los movimientos ecologistas vinculan la paz con la sostenibilidad planetaria, desarmando el modelo económico extractivista que devasta territorios y genera pobreza. Los pueblos indígenas aportan una cosmovisión donde la paz es equilibrio viviente entre humanos, naturaleza y memoria. Las redes de justicia global —Black Lives Matter, solidaridad con Palestina— enfrentan el racismo institucional y la exclusión de migrantes. Lo común a todas estas luchas no es una doctrina única, sino la intuición de que la paz se construye desde la herida, el reconocimiento del daño y la voluntad de sanar sin destruir.

     En el siglo XXI, la paz se revela también como construcción interior y pedagogía. La subjetividad política —conciencia crítica de la posición social que posibilita la acción colectiva— se enfrenta a la indiferencia, la despolitización y la normalización del miedo. La educación para la paz (Freire, Jares) no busca «enseñar a no pelear», sino formar ciudadanos críticos capaces de reconocer violencias estructurales y discursos de odio. Esta pedagogía implica transformar las relaciones: autoridad sin autoritarismo, diálogo sin imposición, conflicto sin represión. La transformación digital añade una nueva dimensión paradójica: las tecnologías permiten visibilizar conflictos y articular solidaridad global, pero también son sostén de desinformación, discursos de odio y vigilancia masiva. La paz del siglo XXI se juega en las pantallas, exigiendo ciudadanos digitales críticos. Las artes, la cultura popular, la memoria y el juego se convierten en estrategias de paz. Educar para la paz es educar para la libertad compartida, la escucha activa y el compromiso con los otros.

    Entre los analistas que han tratado de descifrar el nuevo desorden mundial, el filósofo británico John Gray ocupa un lugar destacado. En dos artículos publicados en El País (marzo de 2022 y febrero de 2026), Gray ha desarrollado una tesis tan lúcida como incómoda: el breve ciclo de supremacía occidental ha concluido, y lo que vivimos no es un interregno entre dos órdenes, sino el retorno a la normalidad histórica, esto es, un escenario de competencia entre potencias, alianzas cambiantes y regímenes diversos, sin que ningún proyecto hegemónico —liberal o socialista— logre imponerse.

     Ya en 2022, Gray advertía de que Occidente no sabía interpretar a Putin. Calificarlo de «loco» o «dictador envejecido» era un error que impedía diseñar una respuesta eficaz. Putin actúa con una lógica propia, forjada en la trayectoria de la Rusia postsoviética: asesinatos de disidentes, invasión de Georgia, destrucción de Grozni, conversión de Bielorrusia en colonia. La invasión de Ucrania no era un episodio local, sino una fractura comparable a la de 1914, cuando el estallido de la Primera Guerra Mundial puso fin a la primera globalización. La abstención de China, India y Emiratos Árabes en la votación de la ONU que condenaba la invasión evidenciaba que «el orden liberal estaba muerto y enterrado». Occidente exhibía unidad, pero carecía de una estrategia realista más allá del deseo de que Putin cayera.

    Rusia, además, no era «el Alto Volta con armas nucleares» que dijo Biden. Controlaba el suministro energético de Europa, era el mayor exportador de trigo y un proveedor clave de metales estratégicos. Las sanciones podían ser contraproducentes, empujando a Rusia hacia sistemas financieros alternativos liderados por China y acelerando la desglobalización. Europa, desarmada durante décadas por la ilusión de que las grandes guerras eran cosa del pasado, se enfrentaba a la necesidad de construir una defensa autónoma, pero con élites aún atadas a intereses económicos con Rusia (Schröder, Fillon, la dependencia alemana del gas ruso).

    Cuatro años después, muchas de esas previsiones se han cumplido. El neoliberalismo se ha desintegrado en su país de origen con la llegada de Trump; la UE se tambalea como mercado continental atrapado entre potencias mercantilistas; China controla minerales estratégicos en África y Asia; la multipolaridad es un hecho consumado. La nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU. renuncia explícitamente a ser garante de la seguridad internacional y reivindica el hemisferio occidental como su patio trasero («doctrina Donroe»). Pero las acciones de Trump —la intervención en Venezuela, las amenazas sobre Groenlandia— tienen más de postureo performativo que de estrategia coherente. El resultado es contradictorio: EE.UU. se queda solo, distanciado de sus aliados, mientras sus adversarios observan con regodeo.

    Gray rechaza el optimismo de la voluntad gramsciano. No habrá un nuevo orden hegemónico. La historia no tiene una lógica unificadora; los regímenes surgen y caen en ciclos interminables. El arte de la estrategia, si es que aún existe en Occidente, consiste en aprender a vivir en un mundo permanentemente fracturado, donde la desintegración es la lógica misma de los acontecimientos.

    Sin embargo, y desde su propia perspectiva, el análisis de Gray omite ciertas convergencias incómodas, como la sintonía de facto entre EE.UU. y Rusia en torno a Ucrania (la estrategia de desgaste beneficia a ambos en términos de debilitamiento europeo) o la mirada hacia otro lado de Rusia en Venezuela y, previsiblemente, en Irán, extremo este último aún por confirmar. Estos silencios revelan que el realismo es fundamentalmente interesado y transaccional.

    Si Gray ofrece una visión macro de la historia, los artículos de Marc Bassets y las intervenciones de Carlo Masala (también en El País) nos sitúan en el terreno de la prospectiva estratégica. La fecha 2029 se ha convertido en un estribillo en boca de líderes europeos: el momento en que Rusia podría estar en condiciones de atacar a un país de la OTAN. Boris Pistorius, Friedrich Merz, Mark Rutte, el general Fabien Mandon… todos repiten la misma advertencia, comparando la situación con las guerras mundiales del siglo XX y justificando así el rearme.

     Bassets recoge las dos visiones contrapuestas. La escéptica (John Foreman, el propio Masala) señala que la probabilidad de un ataque directo es baja (menos del 5%), que Rusia es un país en declive y que la disuasión nuclear sigue funcionando. La fecha de 2029 proviene de estudios sobre capacidades rusas (tiempo necesario para reconstruir su ejército tras Ucrania), pero no refleja necesariamente las intenciones del Kremlin. La visión alarmista, en cambio, se basa en indicios de fortalecimiento militar ruso: producción de tanques, nuevos distritos militares orientados a Occidente, inversión en la Armada. Para estos analistas, rearmarse es la única forma de disuadir a Putin.

    Masala, en una entrevista posterior, matiza su posición. No hace una predicción, sino que plantea un escenario condicional: si Rusia ganara la guerra en Ucrania, podría sentirse tentada a poner a prueba el artículo 5 de la OTAN con una operación limitada (ocupar una pequeña ciudad, como Narva, en Estonia, por ejemplo). La disuasión funciona psicológicamente: Rusia debe creer que todos los aliados, incluidos los del sur de Europa, están dispuestos a defender Narva. Pero la credibilidad de esa promesa se ha visto socavada por las amenazas de Trump sobre Groenlandia, territorio de un aliado de la OTAN. ¿Por qué debería Rusia creer que EE.UU. defendería los países bálticos si presiona militarmente a Dinamarca?

     Masala diferencia entre Rusia (amenaza militar concreta) y Estados Unidos (desafío político). La relación transatlántica ha cambiado de forma permanente: independientemente de quién gane las elecciones en EE.UU. en 2028, USA ya no será el garante fiable de la seguridad europea. Europa debe, por tanto, avanzar rápidamente hacia una mayor autonomía estratégica, sin confrontar inútilmente a Washington, pero asumiendo que la dependencia actual es insostenible. Además, necesitamos sociedades comprometidas con el orden democrático, conscientes de las amenazas y dispuestas a defender los derechos humanos.

    Aquí conviene detenerse en la estructura argumental, en el uso falaz del lenguaje. Bassets y Masala mezclan hechos indiscutibles (las amenazas de Trump, el rearme ruso) con un escenario hipotético (el ataque en 2029) para derivar una conclusión política (el rearme europeo). La posibilidad se convierte en causa. El propio Masala reconoce que la probabilidad es baja, pero el tono general de la cobertura mediática siembra el pánico. Johannes Varwick, de la Universidad de Halle-Wittenberg, denuncia que este debate «no es serio» y sirve para legitimar programas de rearme dramáticos. La percepción del riesgo, además, varía según la proximidad geográfica: el 77% de los polacos considera elevado el riesgo de ataque, frente al 49% de los españoles. La geografía condiciona la psicología.

    Los ejercicios militares Steadfast Dart 26, celebrados en febrero de 2026 en la playa de Putlos (Alemania), son la puesta en escena de esta nueva doctrina. Con 10.000 militares de 11 países, 17 buques y 20 aeronaves, es el mayor despliegue de la OTAN en el año. Participan tropas españolas y turcas, desembarcando en el gélido Báltico. El objetivo declarado es demostrar la capacidad de la Fuerza de Reacción Aliada para activarse en pocos días. Aunque oficialmente no se adiestran contra un país concreto, el mensaje va dirigido a Moscú: «La mejor forma de evitar el conflicto es estar preparados».

     Pero lo significativo es la ausencia de Estados Unidos, y posiblemente lo relevante en el actual contexto. Prevista de antemano, adquiere ahora un cariz político: permite evaluar cómo actuarían los aliados sin la superpotencia protectora. Según Lukas Mengelkamp, del Instituto para la Investigación de la Paz de Hamburgo, «los europeos deben y quieren mostrar que pueden realizar estos ejercicios en gran parte sin los americanos». La participación española es destacada: el vicealmirante Juan Bautista Pérez Puig comanda el Cuartel General Marítimo de Alta Disponibilidad. La presencia de tropas del sur en el Báltico subraya el principio de disuasión colectiva: solo es creíble si todos los aliados, incluidos los geográficamente alejados, están dispuestos a defender cualquier rincón del territorio de la OTAN.

      Sin embargo, las carencias europeas son enormes. Mark Rutte, secretario general de la OTAN, sentencia: «Si alguien piensa que Europa puede defenderse sin EE.UU., sigan soñando». Carlo Masala enumera las deficiencias: cohetes de larga distancia, aviones de transporte, satélites de inteligencia. Aunque confía en que en «tres o cuatro años» se puedan cubrir, el jefe de la Bundeswehr, Carsten Breuer, resume el estado de ánimo: «Nunca, en las últimas décadas, la situación de la seguridad en Europa había sido tan insegura».

     Sin embargo, cabe preguntarse por la fiabilidad de Mark Rutte, a la vista de sus declaraciones. Su afirmación sobre la imposibilidad de una defensa europea sin EE.UU. puede leerse como una profecía autocumplida, destinada a perpetuar la dependencia transatlántica. Pero también refleja una realidad material: la brecha de capacidades es real. La cuestión es si el rearme europeo debe orientarse a suplir esa brecha o a construir una autonomía estratégica que, a largo plazo, permita una relación más equilibrada con Washington.

     En este panorama dominado por el realismo geopolítico y la preparación para la guerra, la voz de Peter Neumann (entrevistado por Álex Vicente en El País) introduce una nota necesaria: la defensa de la utopía. Neumann, filósofo alemán autor de El largo siglo de las utopías, sostiene que incluso en los momentos más oscuros surgen ideas salvadoras. El siglo XX fue propicio para el pensamiento utópico precisamente por sus situaciones extremas: Auschwitz y la Declaración Universal de los Derechos Humanos son dos caras de la misma moneda. Las utopías, aunque estén condenadas al fracaso (por definición, no pueden realizarse por completo), dejan un legado: «una especie de plano para otros pensadores y otras sociedades del porvenir».

    Neumann reivindica la herencia europea de la Ilustración —Hannah Arendt, Susan Sontag— como algo «vivo y útil», sin negar las críticas a su eurocentrismo. Frente al auge de la extrema derecha y la marginación de Europa por parte de Trump, esa herencia está bajo presión y debe defenderse. Las utopías del siglo XXI, además, adoptan nuevas formas: la tecnología (con versiones libertarias y de izquierdas), el poshumanismo (descentrar al ser humano), el feminismo y el movimiento LGTBIQ (cuestionar los binarismos, la potestad sobre el cuerpo).

     Sobre todo, Neumann defiende la noción de progreso, a pesar de estar denostada. Sin la idea de progreso, sostiene, «lo único que queda es la resignación». Prefiere la imagen del vórtice: avance y retroceso están entrelazados, y hay que luchar por salir del remolino que arrastra hacia abajo. A pesar de los costes, afirma que hoy hay más salud, más seguridad y más derechos democráticos que hace un siglo.

      Aquí cabe un matiz necesario. Si comparamos con hace veinticinco años, la situación es menos halagüeña: hay menos paz (más conflictos activos), menos seguridad (cambio climático, pandemias, crisis energéticas) y menos derechos democráticos en muchas regiones (erosión liberal, auge de autoritarismos). El progreso no es lineal; el vórtice de Neumann puede girar hacia abajo. Pero su llamada a no renunciar a imaginar futuros alternativos sigue siendo válida: sin utopía, el realismo se convierte en cinismo.

     Este diálogo entre realismo y utopía nos conduce a una pregunta inevitable: ¿qué paz queremos construir en el nuevo desorden mundial? El recorrido por estos análisis nos sitúa ante una evidencia incómoda: el orden liberal ha muerto, la multipolaridad es un hecho, la guerra ha regresado a Europa y la disuasión vuelve a estar en el centro del debate estratégico. Gray, Masala y los responsables políticos europeos nos hablan desde la perspectiva realista: el mundo es peligroso, las potencias compiten, y la seguridad requiere capacidades militares creíbles. No se puede simplemente ignorar esta dimensión.

    Pero sería un error gravísimo deducir de ahí que la paz sea un equilibrio entre la construcción desde abajo y la disuasión armada. No lo es. La paz no es solo ausencia de guerra; es, fundamentalmente, el dividendo de no hacerla. Es el resultado de una decisión política colectiva: no invertir en destrucción para invertir en la eliminación de las violencias estructurales —el colonialismo, el patriarcado, el racismo, la desigualdad global— que son la raíz última de los conflictos. La paz es escuela, sanidad, vivienda, justicia fiscal, cuidados, tierra habitable. Es el balance de invertir en el desarrollo humano.

   Ahora bien, ¿qué ocurre cuando ese proyecto de paz se ve amenazado por potencias que no comparten esos valores y que, además, están dispuestas a usar la fuerza? Aquí entra la excepción, no el pilar. Si hubiera que invertir en armamento —y es un «si» condicional, no una necesidad metafísica—, esa inversión solo es legítima si se inscribe en una clave de defensa comunitaria del orden democrático. No se trata de rearmarse para competir con China o Rusia en su propio juego, ni de restaurar la grandeza perdida de Europa. Se trata de disponer de un instrumento defensivo, colectivo y estrictamente limitado a la protección de un espacio político que ha hecho de la paz su horizonte normativo.

    Ese instrumento solo puede ser, en el caso europeo, un ejército construido desde los ejércitos nacionales, pero sometido a un mando y un control democrático común, con una doctrina de estricta defensa, sin capacidad de proyección agresiva. Algo más cercano a un servicio europeo de protección civil armada que a una potencia militar tradicional. Una fuerza cuya mera existencia disuada, pero cuyo uso solo se contemple en caso de agresión probada y con mandato de las instituciones representativas.

     Esta propuesta no es ingenua. Requiere voluntad política, cesión de soberanía y, sí, recursos. Pero mantiene la jerarquía correcta: primero, la paz como inversión social; después, si es inevitable, la defensa como excepción comunitaria. Invertir el orden —poner la disuasión al mismo nivel que la justicia social, o peor aún, por encima— es aceptar la lógica de la guerra perpetua que precisamente se trata de superar.

   Por eso la voz de Peter Neumann es tan necesaria. Sin la idea de progreso moral, sin la capacidad de imaginar futuros alternativos, aunque sean inalcanzables, el realismo se convierte en cinismo y la geopolítica en mera manipulación del miedo. Las resistencias desde abajo —feminismos, ecologistas, pueblos indígenas, movimientos de justicia global— no son un adorno del debate, sino el laboratorio donde se ensayan otras formas de convivencia. Ellas recuerdan que la paz no es un destino, sino un trayecto ético, político y colectivo. Y que, como escribió Galeano, «mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo».

   El nuevo desorden mundial es real. Las amenazas existen. Pero la respuesta no puede ser rendirse a la lógica del rearme sin más. La única respuesta coherente con una cultura de paz es invertir masivamente en desactivar las violencias estructurales y, solo en segunda instancia y con todas las cautelas democráticas, construir una defensa común que proteja ese proyecto. Lo contrario es aceptar que la lógica de la guerra ha ganado.

 

 

Para saber más, sobre algunos de los argumentos desarrollados en la presente colaboración:
Paces. Una historia de la paz y del pacifismo. Román García Fernández. Alberto Fernández Fernández. José Antonio Díaz Díaz. Prólogo de Francisca Sauquillo. Editorial Eikasía. Próxima publicación.