Los lunes al solitario


Por José Joaquín Beeme

       El diablo viste de Prada me produce la natural urticaria de quien no puede sufrir el insulto del lujo ni la depravación bajoimperial de los desfiles y las pasarelas, el monstruoso glamour de esas élites..

…urbanas (París, Milán, tanto da) que, con sobrehumano esfuerzo, te perdonarían una existencia sin palmito. Hay, no obstante, algo en la segunda entrega de la franquicia que me la hace más digerible, y me refiero al convite con candelabros (!) al pie de La última cena, cuando Miranda Priestly (Meryl Streep), la temible redactora jefa de Runway —¡yo lo fui de la revista Pasarela!—, recuerda a un magnate con opción de compra el sentido profundo de la creación humana, imperfecta, remendada de fracasos, gloriosamente impura, encarnada en los erosionados rostros de Leonardo, a lo que el tipo, con la arrogancia panzer del dinero, opone las higiénicas virtudes del futuro, que todo barrerá como lava pompeyana. En tanto los hombres sin aureola del Cenacolo, arañado del tiempo pero aún filoso y mordiente, interrogan la escena desde su enigmática orilla.

      Y me remueve igualmente el navajeo implacable de la industria editorial, aunque sea de la moda: alta costura / alta finanza. Recortes estratégicos, despidos masivos, vidas hipotecadas de la noche a la mañana. Andy Sachs (Anne Hathaway) viene de un ajuste salvaje en su periódico, donde escribía premiadas investigaciones: cese inmediato, ningún preaviso, y regresa al reportaje de estilismo en su vieja revista, también en crisis porque el papel ya no se vende —pavorosa desaparición del familiar quiosco— y las pantallas ofrecen sólo urgente picadillo, situación para la que el tecno-poder ha inventado una solución ventajosísima: sustituir redactores y grafistas por sumisos algoritmos.

     Coincide en la cartelera con otra película que también afronta, a cara de perro, la dalla que agitan las grandes corporaciones para sajar derechos, trabajos, vidas. Park Chan-wook elige la comedia negra (No hay otra opción) para explorar, dentro de una familia surcoreana de clase media, las distintas reacciones a uno de estos repentinos tijeretazos. Un afable padre de familia recibe la liquidación de una multinacional papelera, absorbida por los yanquis, y mientras su mujer, haciendo gala de su proverbial realismo, no duda en encoger la risueña economía familiar, él se desmorona y entra en un bucle de delirio y dobles fondos persiguiendo y eliminando a los competidores que podrían hacerle sombra en una entrevista laboral: individuos leales de su mismo gremio y, como él, con décadas de servicio a las espaldas.

     Ya la crisis de 2008 produjo destrozos similares y cintas para contarlo. Como The company men (2010). Aquella naviera de Massachusetts mandaba a la calle a sus altos ejecutivos, con la consiguiente pérdida de estatus identitario, adornado de golfos privilegios, y a pesar de una pingüe indemnización que, por más que se estire, dura lo que dura. Menos mal que siempre quedará un colega emprendedor para sacarles del bache: brevas así no caen entre la masa obrera.

     Antes aún el cine se había puesto a hurgar en las esquirlas del desguace capitalista. Al final de la guerra fría la reconversión llegó, por increíble que hoy parezca, a la industria bélica. Y una de éstas daba el finiquito a Bill D-Fens, sobretitulado pero poco flexible ante los nuevos tiempos, lo que desataba Un día de furia (Joel Schumacher, 1993) en Los Angeles, ciudad epítome de ese hipercapitalismo con entrañas de jungla y asfalto. ¿Recuerdan a Michael Douglas, sofocado en un embotellamiento, que estalla y empieza a liarse con todo lo que se le pone por delante? 

    Por esas fechas el gran negocio inmobiliario, que ahora sólo repunta, participaba de este elenco corporativo del todo o nada. Los comisionistas de Éxito a cualquier precio (Glengarry Glen Ross, James Foley, 1992) se afanan en dorar la píldora a compradores incautos y estafarles sin miramientos, con tal de no verse tirados en el próximo reajuste. David Mamet, guionista de su propia pieza teatral, inventa para ellos un despiadado concurso semanal: Cadillac para el superventas, cuchillos carniceros para los segundones y la puta calle para todos los demás.

      Casi siempre ofrecen, estas reestructuraciones cruentas, las dos caras de la moneda: quien ejecuta la pena y quien la sufre: verdugos o víctimas en el altar del cacareado crecimiento. En Amor sin escalas (Up in the air, Jason Reitman, 2009) tenemos una agencia de recursos humanos a la que grandes compañías subcontratan el marrón de largar empleados, a través de indulgentes charlas motivacionales o, más asépticamente, por videoconferencia. George Clooney, que borda roles de canalla con charme, oficia de “cortador de cabezas”: caerá, paulatinamente, de su altivo caballo de llanero del cerrojazo para empatizar con esos prójimos que, lejos de renacer a nuevas oportunidades profesionales, como él les miente, terminan deprimidos y desahuciados, cuando no abocados al suicidio.

    Y, si no, pensad en el pobre Vincent de El empleo del tiempo (L’emploi du temps, Laurent Cantet, 2001), licenciado de una consultora por negligencia, en realidad porque ha dejado de creerse la farsa corporativa, y a partir de ahí vagabundea y trampea fingiendo que trabaja para Naciones Unidas en Ginebra. Algo así le ocurrió realmente a un tal Romand, que durante casi veinte años se hizo pasar por médico de la OMS hasta que, descubierto, mató a su familia para, llegó a decir, privarles de la vergüenza social… Carrère lo contó en El adversario, una de sus autoficciones al límite de la moralidad que le llevó incluso a cartearse con el asesino para tratar de entender la diabólica, posesiva mentira cotidiana que le fue excavando el alma.

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