
Por José Joaquín Beeme
Acababa de regresar de la Sacra de San Michele, a una hora escasa de Turín, que se yergue en las alturas piamontesas del Pirchiriano.
Los ríos de turistas en Pasquetta no conseguían borrar la imponente mole benedictina del siglo X que abre el val de Susa. Tampoco el misterio de unos monjes recónditos, a vueltas con las insidias del diablo en sus celdas oscuras, midiendo el propio tiempo por la empinada escalinata de los muertos, asomados a la torre de la hermosa Alda, suicida legendaria.
Allí tomó inspiración Umberto Eco para su exitosa novela El nombre de la rosa. Y allí, ingenuo de mí, fui a patearme las localizaciones de la película de Jean-Jacques Anaud, que un día lejano elogié en el periódico, sin saber que fueron mayormente reconstruidas por Dante Ferretti en Cinecittà, a partir de un castillo en Apulia y de otro monasterio asomado al Rin.
Además de un perfecto mecanismo detectivesco, y un pastiche narrativo de cultura y teología medievales, Eco desplegó en su primera prueba narrativa un compendio botánico-apotecario donde, extrayendo jugos de varia erudición (del “Dioscórides” a la Physica de Hildegarda de Bingen, del Liber secretorum atribuido a Alberto Magno al Traité des poisons de Mateu Orfila, del Tacuinum sanitatis de Ububchasym de Baldach al De semplici medicina de Matteo Plateario), no faltaban las sustancias alucinógenas. Para ser precisos, eran éstas el verdadero motor de la acción.
Severino de Sant’Emmerano, padre herbolario del ficticio monasterio, cultiva en el huerto y guarda en su laboratorio diversas yerbas medicinales que “suministran visiones”. El estramonio (Datura stramonium), “hierba del diablo” o “higuera del infierno” que puede conducir a terribles delirios, y también la belladona (Atropa belladonna), famosa dilatadora de pupilas pero a la vez de efectos febriles y taquicárdicos. La narcótica mandrágora (Mandragora officinarum), ese hombrecillo chillón que provocaba alucinaciones y avivaba el deseo. El beleño negro (Hyoscyamus niger), “hierba loca” o “hierba de las brujas”, muy presente en brebajes de magos y curanderos. Estas solanáceas contienen alcaloides como la escopolamina o la atropina, que se absorben por la piel y que, como explicó el antropólogo Marvin Harris (enlazando la locura medieval del brujerío con su retorno contemporáneo, más o menos inquisitorial, en la contracultura), ponían en órbita a mujeres que se frotaban con los palos de sus escobas y bastones, embebidos en tales ungüentos, para acudir idealmente a sus eróticos aquelarres.
Amigo de los “simples” y dueño de un auténtico arsenal químico, Severino es quien descubre el secreto que arrastra un libro prohibido en la abadía, eje del relato y resorte de los crímenes seriales. Pero el quinto día, hora nona, es asesinado por el siniestro bibliotecario Malaquías, custodio de los muchos libros secuestrados en el sanctasanctórum de la torre, que para robárselo tritura su cráneo privilegiado con una esfera armilar.
Ese libro maldito —por mortal y por perdido: el Tractatus Coislinianus es sólo un resumen y seguramente apócrifo— sería el segundo volumen de la Poética de Aristóteles, trátase de la comedia, el cual, previniendo los efectos liberatorios de la risa, que puede tanto burlarse de la autoridad y sus divinas jerarquías como pulverizar el miedo al infierno y al mismísimo dios, mata a quienes tengan la fea costumbre de chupar la punta de sus dedos para hojearlo mejor.
Jorge de Burgos, bibliotecario-jefe y ciego como Borges —pero no dueño de su fino humor intertextual—, se habría robado los fatales ingredientes de la botica de Severino para untar, la sustancia era verdosa y apestaba, los márgenes del manuscrito miniado. Arsénico, probablemente; arseniato o aceto-arseniato de cobre (su síntesis, bendito anacronismo, llegaría siglos después). Es decir, un remedio para trastornos nerviosos, insecticida y herbicida, pero que se revela como persistente contaminante o, dependiendo de la dosis, como potente veneno. ¡Traicionero “verde de París”!
Bien lo saben los bibliotecarios de la Universidad del Sur de Dinamarca, en Odense, que mediante fluorescencia de rayos X detectaron altas concentraciones de arsénico en las cubiertas de tres libros históricos de los siglos XVI-XVII, y en seguida apelaron a la conocida trama novelesca. Aquel verde esmeraldino era un pigmento que se creía pesticida, bueno para combatir ataques de insectos y ratones, pero hoy, naturalmente, los aprensivos daneses guardan esos ejemplares en cajas selladas dentro de cámaras bien ventiladas.
Y como no hay pecado —al menos, en la enrarecida atmósfera bajomedieval— sin purificación final, el fanático Jorge perecerá en la apoteósica hoguera de la biblioteca-laberinto, no sin antes masticar y engullir aquellas ponzoñosas páginas: tragándose, literalmente, la clave del humor que amenazaba, en su irreverente seducción, la caída de la civilización cristiana.
Por el camino la pareja protagonista, el tímido novicio y su preguntón maestro, habrán tenido su generosa ración alucinatoria. Adso de Melk, así lo recuerda y habremos de confiar en su verdad de narrador, cae en una completa desorientación espacio-temporal cuando penetra en las estancias del saber prohibido: entre espejos deformantes, brisas que parecen de ultratumba y, sobre todo, un incienso que, como cebado por el Viejo de la Montaña, arde apocalíptico en el laberinto del Edificio. Su sueño en el refectorio, carnavalesco y salaz, atravesado por un vértigo de la lista que podría firmar el más enloquecido Bosch, tampoco podría entenderse sin algún que otro estímulo psicotrópico. Y cabe preguntarse si Guillermo de Baskerville, sabueso de la lógica y el detalle revelador, se habrá servido, como su “heredero” Sherlock, de ciertos expedientes para ampliar su conciencia y su perspicacia inductiva. ¿Tu quoque, Umberto?
Laberinto borgiano y rizomático el del autor, que le permitió no sólo dilatar los ecos de su juego posmoderno —libros que hablan de otros libros, o los inventan— sino describir verosímilmente los efectos de un viaje psicoactivo, no muy alejados del ergotismo, aquel “fuego sacro” de los ardientes medievales: alucinaciones auditivas, metamorfosis, anatomías dilatables, ingravideces, desdoblamientos, seductoras apariciones, también espantosas, sabores ácidos, oscuridad súbita, desvanecimiento.
Sobre todo esto medito mientras incurro en mi propio finis Africae, en el jardín del antiguo convento franciscano de Avigliana donde me alojo. Las monjas cartujanas —que lo ocuparon entre 1903 y 1994: aún tuvieron tiempo de abrazar, en torno al altar, a moribundos del sida que allí pedían asilo— dejaron una nutrida biblioteca que se reparte en varias librerías alrededor del claustro. Pero es hora de cerrar mi cuaderno de notas y restituir, a un alto estante que emerge entre los parpadeos de una luz activada por sensores, el misterioso laberinto rojo-sangre de una primera edición Bompiani.








