
Por Javier López Clemente
La investigadora alemana Erika Fischer-Lichte utilizaba el concepto «giro perfomativo» para definir una nueva forma de expresión en la que se desdibujan las fronteras entre una expresión del cuerpo que amplía su fuerza frente el significado textual.
Una idea que ya había promulgado Antonin Artaud con la defensa de potenciar lo ritual, lo teatral y lo físico. El cuerpo como portador completo del sentido de la actuación [1].
‘Yo soy un fiesta’ navega entre estos dos conceptos con una diferencia esencial. No se trata de aplicar al cuerpo un discurso específico que lo diferencie del resto de lenguajes narrativos. Lo realmente maravilloso es conseguir que gestualidad, palabra y banda sonora conformen un conjunto de gran emotividad para unas escenas de alto valor poético que impacta de lleno en el patio de butacas. Este objetivo se sustenta en la perfección técnica del trabajo actoral. Las interpretaciones de Camila Grigera y Ángela Tortajada parten de una elocuente naturalidad llena de frescura para que danza, gesto y palabra se pongan al servicio de una historia con aromas de autoficción escrita por Lola Vera.
Esa maquinaria forman sostiene una peripecia que habla de encuentros, desencuentros y añoranzas, de cómo a veces la vida pasa sin que seamos capaces de darnos cuenta de que el meollo de la existencia está ahí, en una receta de cocina o la coreografía de una canción que nos acompaña a lo largo de los años. Adela está descubriendo esos lugares donde su madre y su abuela sobreviven envueltas en un tira y afloja de amor y tensión, de recuerdo y presente, mientras su amiga Cami, siempre a su lado, tiene la virtud de transformarse en todas las mujeres que caminan por el laberinto de los afectos para convertirse en el catalizador de la pena y la alegría.
El formato fragmentario de ‘Yo soy una fiesta’ es una garantía para mantener en vilo a un público, que sigue a pie juntillas el devenir de las actrices. Desde la frescura del contexto que proviene de la prosodia, unas veces es concreto y otras difuminado, mientras las acciones se centrifugan por la periferia hasta constituirse como el centro de una situaciones que se muestras con la precisión de la cámara lenta, o el vértigo de la repetición de un loop. El resultado siempre es el mismo. La delicadeza eclosiona en un instante donde todo se detiene mientras los espectadores se quedan suspendidos en la deliciosa densidad de la emoción.
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La compañía ‘La Perrerire’ presentó el 2 de mayo en el Teatro Bicho la obra ‘Yo soy una fiesta’ de Lola Vera con Camila Grigera y Ángela Tortajada
[1] Martínez Valdearas Jara, Saura-Clares Alba. Luque Diana. Teatro y artes escénicas en el ámbito histánico Siglo XXi. Cátedra. 2023








