Pumpum Pumpum


Por Javier López Clemente

      Aute en 1987 describía la mecánica del corazón para preguntarse si aquella encrucijada de venas, aortas, aurículas y ventrículos era capaz de padecer.

     El salto poético llegaba al final. El dolor que le golpeaba y crucificaba estaba provocado porque ella lo dejaba.

    El texto de Paco Ortega va un poco más allá en el programa de mano. ‘Corazón’ más que un músculo es un personaje «interpretado al piano, dicho con la palabra y expresado en el cuerpo de una actriz y bailarina» Y en esa afirmación se concentra el reto de la función, conseguir que la peripecia del corazón sobreviva a la armonía entre prosodia, música y danza.

    Gèrard Maimone salió del fondo oscuro, cruzó el escenario levemente iluminado y se sentó ante el piano situado en el proscenio. En ese breve trayecto recordé a la coreógrafa Ioanna Paraskevooulou «Todo sonido nace de una acción: un paso, un golpe, un roce» Los pasos del pianista eran los primeros sonidos de la función. Desde mi butaca sus manos permanecían ocultas, solo veía su espalda y las teclas laterales del piano. Regresé de nuevo a Paraskevooulou «se me abrió un nuevo territorio expresivo en el que la corporeidad ya no se limitaba a la acción visible, sino que nacía de la observación, el tacto y el gesto auditivo»

     Las primeras notas me atraparon en la nitidez de la melodía. El motivo principal sufrió cambios a lo largo de la representación. Una transformación entre la amabilidad inicial y territorios ásperos con cierta oscuridad de ánimo. No sé. La melodía desaparecía para dejar que los sonidos transitaran por juegos sonoros exentos a una secuencia que se pudiera silbar, suave gravedad de las primeras gotas de lluvia que caen como aires de tango. Una banda sonora instalada en las estaciones del buen gusto de las octavas centrales del teclado, alejada de las estridencias a las que nos abocan los extremos. Muy pronto comprendí que el fastidio por no ve las manos del pianista, era una ceguera de bendición para concentrar mi atención en los otros lenguajes narrativos que se dispusieron en escena.

     El autor también ejerció de interprete para enfrentarse a un texto donde la versificación no puede ocultar un evidente arraigo narrativo que lo aleja de las piruetas para condensar costumbres, memorias e intimidad en temas universales con un tono poético, y sin embargo una idea poética se adueñó de la representación, una imagen con la fuerza suficiente para convertirse en el nudo argumental que sostuviera el desarrollo dramático de la función: «El mundo se ha marchitado en la periférica del corazón».

    Quizás para muchos sea la imagen de la muerte, pero yo lo siento como una declaración de principios. Los latidos del corazón como la mejor herramienta para aproximar a las gentes, la savia de un mundo para rimar sentimientos, debilidades y pasiones. Lo dice Jorge Drexler, con el amor se acortan las distancias.

    El trabajo actoral de Paco Ortega se concentra en el recitado de los versos. La rítmica y el flow del rapsoda pecó del exceso de interrumpir con pausas el ritmo natural de los versos, y detenerse con excesiva frecuencia en lugares donde se perdía el rigor de la frase. La locución perdía interés por ese ritmo sincopado, hasta que de vez en cuando las frases tenían el hálito de un solo trago, y ese sencillo regreso a la naturalidad le daba oxígeno al texto.

      La dirección de Françoise Maimone se mueve entre los altibajos de usar imágenes proyectas con poco valor narrativo, y tres formas diferentes de entender la función. La primera establece una relación diáfana entre música y danza. La segunda muestra la inestabilidad de una coreografía que se limita a ilustrar el contenido literal de las palabras y las frases declamadas por el actor, hasta convertir la danza en un mero subrayado que transmite el aroma de la sobreactuación, y contradice la ley fundamental de la dosificación de la palabra y el gesto: podemos mezclarlos pero siempre que ambos sean pobres. La tercera cristaliza lo más interesante de los tres elementos dramáticos en el trabajo de Isabel Rodríguez. La bailarina y actriz construyó un puente para unir las orillas entre la palabra que habla y la voz que canta, y demostrar con claridad que esa es la dramaturgia que pide la función, una intervención mucho más teatral para que todos los lenguajes caminen sincronizados. En los momentos que Isabel Rodríguez alcanza ese objetivo, la energía de la representación cambió por completo.

     El vestido rojo portaba la silla negra con la que había interactuado y cuando el desplazamiento en el espacio parecía un mutis por el foro, la voz de la bailarina se quebró en un quejío que abrió nuevos caminos cuando regresó a los focos vestida de negro. Las frases brotaron de su boca en forma de rabia, o eso me decía su mirada. Otra vez su mirada. Sentí la tensión de sus músculos. El recitado transformó susurros en miedo y desgarro gracias a esa delicia de estirar la longitud de las frases, para que la cadencia sea borbotón de agua, mientras el eco de un coro volvía con insistencia al motivo principal. «El mundo se ha marchitado en la periférica del corazón».

    La sensación final fue extraña porque la función terminó justo en el punto donde sentí que todo encajaba.

‘Corazón’
Las compañías Françoise Maimone y Teatro del Espejo. Texto: Paco Orega. Composición y ejecución musical: Gérard Maimone. Dirección: Françoise Maimone. Intérpretes: Isabel Rodríguez Romero y Paco Ortega.
Sábado 18 de Abril de 2026. Teatro del Mercado.

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