
Por Dionisio Sánchez
Director del Pollo Urbano
elpollo@elpollourbano.net
Queridos lectores, amigos y camaradas:
Las lecturas de estos últimos años de mi vida no sé por qué extraña razón se han orientado hacia la biografía y la historia.
Comprendo que el hecho debe estar motivado por la edad o, simplemente, por la necesidad de rellenar las extraordinarias lagunas que dejó mi formación académica (nada sobresaliente por otra parte) pero brillantísima a tenor de la que reciben los actuales estudiantes y que solo conozco, bien es verdad, por las comeduras de tarro que me dan al respecto preocupados padres y madres que son amigos míos.
A lo tonto modorro me estoy haciendo un pequeño conocedor del siglo XVII y me voy volviendo un escéptico político a la vez que un desilusionado pragmático en torno al comportamiento humano al contemplar las similitudes que se producen trescientos años después en el cotidiano deambular de los españoles, suponiendo –como supongo- que un español no es más ni menos y no muy diferente de un polaco, un ruso o un francés entonces o ahora.
La pena de las lecturas pasadas es que es muy difícil encontrar –ya que no se solían hacer salvo en casos excepcionales- descripciones de cómo vivían los pobres (casi como ahora) o la gente de medio pelo. La clase media es un invento moderno que nace asociada a la capacidad de consumir, asunto harto ridículo de encontrar en las monarquías absolutistas asociadas a la costumbre, a Dios y a los beneficios de los poderosos
¡Cuánto han mandado los curas! Y cuanto siguen mandando ¡Cuánto han sufrido los pobres! Y como lo hacen ahora además de ser diana de múltiples genocidios obviados en aras de la supuesta seguridad de sus opresores y de la indiferencia cómplice del resto del género humano.
¡Cuánto dilapidó la Corte en el nombre de las Españas! Y cuanto lo hace ahora, renombrada, sin rey de facto pero adoradora de la forma que implica mantener a un ser intocable que les cubra el miedo al propio sistema que ellos mismos han creado.
Después de cuarenta años de Dictadura, que rico sabe este bizcocho que manejan los herederos del XVII. Al final de la Constitución, que bueno es que haya una figura por encima del bien y del mal, poseedora de las esencias que nos hacen estar prietos, ni siquiera brillantes, pero sumisos en la farsa de la cual –mal que bien- nos alimentamos todos.
¡Hasta los comunistas pastelean y hablan de que “por encima de todo está la institución”( por supuesto, capitalista y reaccionaria) que los arropa, ampara y a la que representan con palabra fatua de revolucionario muerto, remuerto y enterrado! Pero, ¡que bien se está en este corralito donde nos dejan estar hablando con la boca chica de los más débiles, de los que ni siquiera se pueden comprar una VPO!
¡Pobres, cuántos desheredados, cuantos parados y cuanto tajo nos queda hasta el siglo XXIII!
Son, indudablemente, formas de ver las cosas. Una sociedad sin memoria, sin conocimiento de si misma ¿qué es? Probablemente un montón de carne al que hay que mantener para que pueda seguir comiendo (y consumiendo) lo que otros están maravillosamente fabricando y que -casi seguro- nos va a dar la felicidad y el sebo necesario para esperar, limpios, bien atendidos y sin recuerdo, el último aliento antes de convertirnos en foie gras para los siguientes que esperan ansiosos, tras cualquier verja, su pertenencia a esta extraordinaria y entrañable comunidad del primer mundo.
¡Que bien nos lo hemos montado entre todos! ¡Démonos la enhorabuena, amigos y camaradas! ¡A caballo! ¡Yihíiii! ¡Salud!








