La conjura de los destarifados: Tragicomedia en medio (del) acto / El patizambo…


Por El Patizambo de Nuestra Señora

     La Sala Galilea, con sus columnas que recuerdan a un templo griego venido a menos y sus focos que iluminan como quien pide perdón, parecía ayer más un balneario para militantes fatigados que un foro de ideas.

    Las mesas redondas, alineadas con la precisión de un funeral civil, ofrecían ese brillo apagado de los muebles que han escuchado demasiadas promesas incumplidas. En las paredes, los carteles de conciertos pasados parecían murmurar: “Aquí, al menos, la gente venía a pasárselo bien”.

    Hay coloquios que nacen cansados, como esos perros viejos que ya bostezan antes de salir a pasear. El celebrado ayer en la Sala Galilea —ese santuario madrileño donde el café sabe a derrota tibia y los libros huelen a humedad ideológica— pertenece a esa noble tradición de actos que empiezan agotados y terminan rendidos.

    El título del encuentro era una declaración de intenciones: “El futuro de la izquierda… si eso existe”. Uno, que ya ha visto demasiadas asambleas, demasiados manifiestos y demasiados entusiasmos que duraron lo que un cigarrillo mal liado, entró sabiendo que la respuesta estaba en el propio título.

Gabino Rufiardo: el apóstol del método que nunca llega

   Abrió fuego Gabino Rufiardo, que habla como si cada frase fuera un decreto y cada pausa un sínodo. Con solemnidad de profeta cansado, anunció:

La historia, si se repite, lo hace como farsa. Y nosotros ya vamos por la tercera temporada.

   El público asintió con la resignación de quien sabe que la serie no la van a cancelar.

   Reclamó ciencia, método y orden, tres conceptos que la izquierda maneja, según él, “con la misma soltura que un pulpo un abrelatas”. Y propuso lo que se propone desde que el mundo es mundo: que las catorce izquierdas que representan lo mismo dejen de presentarse por separado. Tres o cuatro puntos comunes, listas por provincias y el mantra del Maestro: “Programa, programa, programa”.

   Luego vino su receta económica:

Quien quiera hacerse rico, que lo pague. Y si especula, doble. Y si protesta, triple.

   Aplausos. De esos que suenan a lunes.

Emilio Delgazo: el arqueólogo de lo popular

   Después intervino Emilio Delgazo, empeñado en “recuperar espacios populares”, aunque nadie sabe si se refiere a plazas, bares o a ese territorio mítico donde la gente vota sin enfadarse.

Hay que volver a la calle —proclamó—, sin aclarar si antes había que pedir permiso al Ayuntamiento.

   El público tomó nota, pero sin intención de moverse mucho.

La moderadora: un misterio estadístico

    La moderadora fue un fenómeno digno de estudio. Mitad pija, mitad despistada y mitad otra cosa —sí, tres mitades, como los presupuestos—, intercalaba comentarios que parecían generados por una inteligencia artificial entrenada exclusivamente con revistas de moda y podcasts de autoayuda.

    El público empezó a sospechar que quizá era una performance. O un error de casting. O ambas cosas.

El momento de la verdad

    El acto culminó con una frase de Rufiardo que, por primera vez, unió a todos los presentes:

O nos ponemos de acuerdo o nos vamos al carajo.

   La mitad elíptica del espectro patrio —esa que nunca se ve pero siempre murmura— empezó a repetir en voz baja, como un mantra de resignación:

Al carajo… al carajo…

   Hubo un silencio solemne. De esos que anuncian que alguien va a preguntar por el bar.

Epílogo ácido del Paticorto

   Y ahí, en ese silencio, me vino un ramalazo de nostalgia. Porque yo, sí, yo, también fui de izquierdas cuando la izquierda era otra cosa. Cuando luchábamos por la Libertad, así, con mayúsculas, y no por un sueldito de la cosa pública, un piso del ministerio, o un cargo de asesoría con vistas al photocall.

    Entonces había ideales, ahora hay dietas. Entonces había épica, ahora hay Excel. Entonces había camaradas, ahora hay community managers.

   Por eso, al terminar el acto, no busqué un ibuprofeno. No. Lo que busqué fue un cubata de paticruzao, ese brebaje sacramental que sirve para ahogar mis convicciones, mis dudas, y, sobre todo, mis ganas de seguir creyendo que estos destarifados van a ponerse de acuerdo algún día.

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