
Por José Joaquín Beeme
Sesión poética en los talleres creativos del Guado, una pintoresca alquería que se alza en la margen izquierda del Naviglio Grande, al arrullo de cuyas aguas trucheras, velocísimas, lleva produciendo libros, revistas, tebeos, pinturas, versos, músicas y experimentos de activismo cultural desde los años 70.

Corresponsal del Pollo Urbano en Italia
Allí nos conduce Piero Ranaudo, amigo osteo-poeta que lo mismo me cruje las cervicales que me dispara una elegía, y allí nos acoge Francesco Oppi, heredero de la comuna que fundó su padre con otros artistas desempolvando las piedras y las vigas de este bucólico caserío, un antiguo molino-hostería que, rodeado de trigos y centenos, señorea aún la poderosa manga de agua navegable que nace del Ticino y se remansa en la Dársena de Milán.
En la comunidad ácrata alentada por Daniele Oppi, pintor surreal-psicodélico y publicitario de éxito (con su agencia Dany parió marcas como la moto Lambretta, el biberón y los juguetes Chicco, los chicles Brooklyn, las grapas Bocchino y Libarna, el aperitivo Cynar), se ensayaban nuevas formas de fraternidad artística y paternidad compartida alrededor del huerto autogestionado y de una granja pululada de caballos, un burro, patos y ocas, palomas, pollos y conejos, una cabra y una oveja, muchos perros y algún gato.
Ahora mismo caracolean entre mis piernas, o se arrellanan en mi regazo porque me conocen —ronronean— de toda la vida, Marmottino, Coral y el capo Frullino. Pero enseguida Andrés Dré, el Oppi hispano-italiano, los encandila con sus rasgueos prog rock porque su padre quiere subirnos a la buhardilla para mostrarnos la oficina editorial, una cámara cuajada de maravillas: libros, óleos, serigrafías, caballetes, guitarras, una radio-fonógrafo Brionvega de los hermanos Castiglioni, un ajedrez de losetas, una máquina Underwood y, sobre todo, el archivo histórico guadista.
Inventaron allí cooperativas (Guado, Raccolto), prácticas de teatro de calle, el Bar Italia para el recreo socio-cultural y la Libre Asociación del Libro para la promoción de la lectura, de donde surgieron más de cien periódicos municipales y el embrión de las actuales redes bibliotecarias. Más el pabellón de arte joven Inverart, que se celebra cada año en colaboración con la Academia de Brera y la Sociedad Humanitaria de Milán.
Y allí prendió la llama ecologista de la que nació, en 1974, el Parque del Valle del Ticino, el primero en Italia a nivel regional. 92.000 hectáreas que engloban un consorcio de 47 municipios lombardo-piamonteses, todos ubicados en la cuenca del Tesino, afluente del Po (entre ellos, Vigevano y Pavía): siendo el área fluvial protegida más grande de Europa, ha merecido de la Unesco el sello de “reserva de la biosfera”.
A pesar de, o precisamente por, tratarse de una de las zonas más contaminadas del continente por la gran presión demográfica, agrícola e industrial. Ha conocido derrames de petróleo, inundaciones y vientos huracanados que abaten bosques y páramos, extracción ilegal de grava y arena, enterramiento de residuos tóxicos, vertido de lodos y lixiviados, invasión de especies exóticas (ardilla americana, nutria, siluro, perca, té de Senegal), domingueros al asalto con sus tanques rodantes, construcciones abusivas, proliferación de jabalíes por ausencia de predadores, peste porcina, sin olvidar el expansionismo del aeropuerto de Malpensa, y, sin embargo, el “río azul” ha sabido defenderse siempre y preservar su extenso abrigo verde, cuarteado y todo, frágil, herido, remendado, pero que realiza la utópica Ticinia que imaginara Daniel con sus compinches comuneros.
Yo que crecí junto a un canal imperial soñado por Pignatelli, que divide Zaragoza de mi República Independiente de Torrero, puedo imaginar a Leonardo estudiando y dibujando estos rizos de indómita hidráulica, esos azudes que consentían la pesca a manos llenas, aquellas barcazas que cargaban el blanco mármol del Duomo. La vida que se lleva la corriente mientras unas garzas garabatean el cielo puro contra el frío cartabón de los aviones.








