
Por Javier Barreiro
En los tiempos en que estudiantes, soldados y gentes de trueno solían emborracharse, cogidos por los hombros y dando cauce a un pintoresco folklore, la referencia a la tal Asunción se hizo inmensamente popular
¿Quiénes no hemos cantado su tonada con unos u otros estrambotes?
El vino que tiene Asunción
no es blanco ni es tinto ni tiene color,
Asunción, Asunción,
echa un poco de vino al porrón
(bis)
La tal Asunción no es un personaje folklórico o tradicional, sino que se llamaba Asunción Martos y tuvo como oficio el de cantinera en el Regimiento de Cazadores nº 15 de Talavera durante la campaña del Rif (1909) en la que participaron, para su mal, ya que muchos sufrieron prisión por sus informaciones u opiniones, escritores/periodistas de tanto fuste como Eugenio Noel, Pedro Luis de Gálvez, Alfonso Vidal y Planas, Víctor Ruiz Albeniz y hasta la mismísima Carmen de Burgos “Colombine”, la periodista más destacada de la hoy llamada Edad de Plata, Sin duda, todos ellos cantaron u oyeron cantar la famosa tonada y Asunción salió retratada, en las revistas más famosas de su tiempo, como Nuevo Mundo, con botella y vaso en cada una de sus manos, un airoso gorrito y unos muy gruesos calcetines de lana.
Las cantineras y las soldaderas existieron, con unos u otros nombres, desde que hubo ejércitos. Daban de beber y de comer, lavaban y atendían otras necesidades. Aparecen en las llamadas coplas de Panadera del Arcipreste de Hita: «Cruz, cruzada, panadera…» y en las de Juan de Mena: “Dí, Panadera, panadera, soldadera, tú que vendes pan barato, cuéntanos algún rebato que te aconteció en La Vera”. Pérez Galdós nos habla del “interesante rostro de Teresa Villaescusa… También lloraba, pues, aunque mala mujer, era una furibunda patriota. Iría de cantinera, si la dejaran”. Fueron famosas las de la revolución mejicana. La Goya grabó en 1921 el cuplé “La cantinera cautiva”. Sender cita en su Imán a Blanca, la cantinera, que debió de conocer en sus años rifeños.
Sin embargo, ninguna ha persistido tanto como aquella a la que pedíamos en manada que echara vino al porrón y que solía completarse con estribillos de este cariz:
Pobrecicos los borrachos
que están en el camposanto,
que Dios los tenga en la gloria
por haber bebido tanto.
Apaga luz, Mari Luz,
apaga luz, que yo no puedo vivir con tanta luz;
los borrachos en el cementerio
juegan al mus.
Cuando yo me muera,
tengo ya dispuesto en el testamento
que me han de enterrar,
que me han de enterrar
en una bodega,
al pie de una cuba,
con un grano de uva en el paladar,
en el paladar.
A mí me gusta el pin, piribín, pin, pin,
de la bota empinar, parará, pan, pan;
con el pin, piribín, pin, pin,
de la bota empinar, parará, pan, pan;
al que no le gusta el vino,
es un animal,
o no tiene un real.
O aquél, hoy proscrito por la pudibundez del ambiente:
Asunción, Asunción,
este niño será marinero,
Asunción, Asunción.
Este niño será m*
La cantinera cautiva (cuplé de Delfín Villán y Vicente Quirós, 1921)
El blog del autor: https://javierbarreiro.wordpress.com/










