Olores antiguos / Julio José Ordovás

Por Julio José Ordovás

   Me acuerdo de las broncas que me echaba mi padre porque no soportaba que yo anduviera siempre olisqueándolo todo igual que un perro.

    Me acuerdo del olor a tierra seca y a tabaco negro de las manos de mis abuelos. Me acuerdo del olor a fritada que inundaba las calles del pueblo los mediodías de verano. Me acuerdo del olor que había en el cementerio seis días después de que enterraran al Mudo. Me acuerdo del olor de las fogatas. Me acuerdo del olor de la cazadora de pana que mi padre llevaba para ir a labrar.

   Me acuerdo del olor del sulfato cuando iba con mi padre en la mula mecánica a sulfatar las pereras y las manzaneras: nos poníamos cada uno un pañuelo que nos tapaba la boca y la nariz, parecíamos dos forajidos del Oeste. Me acuerdo del olor a pan y a madalenas que salía de la panadería y subía por el callicico. Me acuerdo de los olores de la iglesia: del incienso, de la cera derretida, de las flores que adornaban el altar, del armario de la sacristía donde estaban las sotanas, de la palomina y de la halitosis del cura en el confesionario.

   Me acuerdo de los olores de la escuela: de las tizas, de los cuadernos, de las pinturas, de la estufa en la que asábamos castañas y de la colonia de la maestra. Me acuerdo del olor de las farias y de los caliqueños que fumaban en el casino. Me acuerdo del olor a leche recién ordeñada en casa de la lechera. Me acuerdo del olor de la casica en la que mi padre tenía una cuba con clarete y guardábamos las manzanas y las patatas.

   Me acuerdo del olor a sangre y a mierda de la matacía. Me acuerdo de los olores del monte: el tomillo, el romero, el espliego, la manzanilla. Me acuerdo de los olores de la huerta: las higueras, las tomateras, la fruta madura y el fiemo.

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