
Por Javier Navarro
Desde que voy en silla de ruedas, me pasa algo muy curioso: veo sillas y andadores por todas partes. Es como cuando te compras un coche rojo y, de repente, Zaragoza entera parece un desfile de Ferraris.
O cuando estrené aquel jersey tan chulo de Fred Perry y descubrí que medio barrio llevaba uno igual. Pues eso: ahora voy sentado… y veo ruedas por todas partes.
Mi silla es nueva, ligera, casi deportiva. A veces me da por imaginar que conduzco un Maserati. Doblo las esquinas con un puntito de derrape, freno en seco cuando una señora zigzagueante amenaza con aterrizar en mis rodillas, y avanzo por la ciudad como quien compite en una carrera de obstáculos… pero sin haber firmado la inscripción.
Me lo tomo con filosofía, porque en esta etapa de la vida algún ente superior —con un humor un poco puñetero— ha decidido que caminar ya no era lo mío. El señor Parkinson, que se instaló sin avisar, tiene bastante culpa. Y aunque intento llevarlo con deportividad y humor, hay días en los que me sube la bilis como a un torero al que le cambian el toro por un rinoceronte.
Los bordillos: esos pequeños Himalayas
Hay cosas que me sacan de quicio. Por ejemplo, los rebajes de las aceras. ¿Quién decidió que lo que debería ser una rampa amable fuese un muro de contención? Hay pasos de peatones que parecen diseñados por un enemigo personal mío. Uno se acerca confiado y, de repente, ¡zas!, un escalón digno de los Pirineos. Y claro, mi Maserati de carbono, de color…negro, no está pensado para el alpinismo.
Transporte público: misión imposible
Luego están los autobuses urbanos. La mayoría lleva una rampa que funciona menos que el aire acondicionado en agosto. Y el tranvía… ay, el tranvía. Siempre parece que el vagón y el andén están descoordinados a propósito, como si jugaran a pillarme desprevenido. Más de una vez han tenido que empujarme amablemente para entrar o salir, como si fuera un piano de cola.
Mariano López Navarro: el villano de mi novela
Pero lo que de verdad me pone de mala leche —mala leche de la buena, de la que inspira literatura— es encontrarme con una obra de Mariano López Navarro. Cuando veo una, decido que es mejor dar un rodeo aunque tenga que irme hasta el cuarto cinturón.
¿Sabrá este señor que por las calles nos movemos todo tipo de criaturas, no solo atletas capaces de saltar zanjas como si fueran pistas americanas? Porque obras tiene, y mira que le duran. A veces pienso que las colecciona. O que las riega por la noche para que crezcan.
Y aun así, sigo rodando
Y ahí voy yo, con mi Maserati de dos ruedas, esquivando bordillos imposibles, rampas que no rampan, tranvías desajustados y obras eternas. Pero sigo adelante, porque la ciudad también es mía. Y porque —qué demonios— siempre me quedará el humor para no estamparme contra la realidad.








