
Por Javier Úbeda Ibáñez y Jorge Cervera Rebullida
Como breve introducción, comenzaremos señalando que la Sociedad del Fomento del Bajo Aragón se constituyó bajo la égida de varios prohombres del país, impelidos a buscar el avance y el progreso en su tierra.
Será Juan Pío Membrado uno de ellos y se mostrará muy participativo e involucrado, hasta el punto de aceptar, en sus últimos años de vida, el cargo de presidente.

Ramón Mur
Lo que hoy calificaríamos como activismo en favor de los lugareños y de la economía de la zona, hizo que Membrado tomara partido en varias campañas con otros interesados en dotar de vitalidad y empuje a sus conciudadanos y en dar la batalla en la cabecera de la comarca, de la provincia y en el propio Madrid.
A lomos de los aires regeneracionistas de la época (Joaquín Costa, Francisco Giner de los Ríos o Benito Pérez Galdós), consecuencia del desastre del 98, convergieron en el Fomento diferentes hombres en una mezcolanza de pareceres que no logró una visión cohesionada y que cayó víctima de sus propias contradicciones, ya que perseguían avances y, a la vez, por su propio papel paternalista, temían a aquellos que podían encauzarlos y llevarlos a la realidad.
El Fomento del Bajo Aragón, una singular iniciativa regeneracionista
Edición facsímil del Boletín del Fomento del Bajo Aragón
Estudio introductorio de Ramón Mur
Colección “Cuadernos de Cultura Aragonesa”
Aladrada Ediciones y Rolde de Estudios Aragoneses
Zaragoza (España), 2024
ISBN: 978-84-128856-2-0
160 páginas
Como personas que vivieron la Restauración, atemorizados por la crisis en la agricultura, los fomentistas dieron la voz de alarma en ciertas cuestiones políticas, económicas y de la Administración, pero jamás se posicionaron en contra de las oligarquías a causa de su propia conciencia de clase.
¿Desmerece esto último la labor del Fomento, o la labor de toda una vida, como fue el caso de Membrado? No nos atrevemos a ser jueces de la historia, pues cada tiempo va sorteando sus vicisitudes, y no podemos conceptuar con nuestra mirada moderna lo que aconteció hace tantos años, pero sí nos atrevemos a asegurar que todo paso dado al frente por una buena causa goza de un valor incalculable.
Entrando ya en materia, anotaremos que el presente volumen está compuesto por un estudio introductorio a cargo de Ramón Mur, titulado “El fomento de la información”, al que se le da continuación con la reproducción facsímil de los diez números que se imprimieron del Boletín del Fomento del Bajo Aragón de 1913 a 1915. Se incorporan, además, dos discursos, uno de Carlos Estevan con el título “Riqueza-cultura” y otro a cargo de Santiago Vidiella bajo la denominación “Labor y ahorro”, ambos pronunciados ante los miembros de la Sociedad Fomento del Bajo Aragón en el Teatro de Alcañiz en 1913.
Comenzaremos, pues, por el estudio introductorio, escrito en el tono didáctico y elocuente propio de Mur. En él se hace hincapié en uno de los objetivos del Fomento: promover la llegada de la información a través de los medios de comunicación de la época. Además de prestar sus plumas muchos de los socios y miembros de la asociación a periódicos nacionales, provinciales y comarcales, los fomentistas quisieron disponer de su propio órgano informativo, el Boletín, cuyo facsímil se pone a disposición de todos. Ejerció el Boletín como órgano de información para los socios y como medio de comunicación comarcal, por lo que, finalmente, se puede considerar una fuente documental de primer orden.
Nos relata los precedentes del Fomento, como el intento de crear una sociedad de fabricantes de aceite, que dio lugar a la agrupación. Nos guía sobre cuáles fueron los primeros pasos para constituirla, que no fueron fáciles. Una vez formalizados los documentos pertinentes, publicaron un manifiesto en toda la prensa comarcal, documento que se supone fruto del ingenio de Membrado, y que se divide en seis apartados. No ignora el texto las dificultades que encontró la asociación, y también resalta el hecho de que no tenían finalidad política.
Describe la presentación pública en el Teatro de Alcañiz en 1913, en la cual Carlos Estevan participó con su conferencia “Riqueza-cultura” y Santiago Vidiella hizo lo propio con “Labor y ahorro”. Ambos discursos figuran al final del libro.
Recorre también los años de mayores frutos de la asociación, que fueron 1913 y 1914, y describe las misiones pedagógicas que tenían lugar en los pueblos, lo que trae a nuestros recuerdos las narraciones de las mismas en las páginas de El sueño de Kil, también de Mur, ya reseñado por nosotros.
Veremos que el reglamento del Fomento se circunscribe a quince artículos, y el objeto de sus desvelos será la comarca del Bajo Aragón, y especialmente, se deja constancia de la importancia que le atribuyen a la elevación del nivel cultural y a la universalización de la escolarización para ambos sexos. Igualmente, deseaban modernizar la agricultura, reducir el desequilibrio entre la vida urbana y la rural, promover la descentralización administrativa, dotar al Bajo Aragón de ferrocarril, carreteras, pantanos, etc., defender a los ayuntamientos y combatir la despoblación y la emigración del medio rural al urbano.
Entre los logros del Fomento se cuentan lograr el impacto mediático, ser precursor en la organización de eventos culturales, dar vida al asociacionismo y a la convivencia entre vecinos y entre habitantes de pueblos y de la ciudad, ejercer de pionero en dirigirse a todas las instituciones imaginables en defensa de los intereses del Bajo Aragón y aportar candidatos a las campañas electorales.
Para cerrar el estudio, Mur refiere la triste y rápida desaparición del Fomento, víctima final de los desencuentros políticos entre sus miembros, hecho particularmente lamentable en una agrupación que se había declarado desinteresada y neutral a ese respecto. Esto, unido a su mala salud, causó la dimisión irrevocable de Membrado. Aunque el Fomento se mantuvo un tiempo, quizá por inercia, lo cierto es que había nacido “poco menos que por casualidad, sin previo aviso, y se fue muriendo como por inanición”.
Centrándonos ya en los boletines, su estructura presenta una cierta heterogeneidad. Su cabecera se respeta siempre, indicando el año de publicación, la fecha y el número, acompañado todo ello de la propia marca del boletín y sus precios. Se suele mantener una sección oficial, sustituida en algunas ocasiones con convocatorias u otras cuestiones de necesidad, oficios, balances, actas de las asambleas, sesiones de las juntas directivas, discursos, informes, instancias, avisos, saludos, advertencias, crónicas, conferencias, circulares y publicidad; en resumen, una variada panoplia administrativa de desigual extensión.
En el número 1 se menciona expresamente el convencimiento de que “la publicación de un Boletín (…) es una necesidad imprescindible (…) por atención debida a los socios (…) y porque es el único medio de que las convocatorias, circulares y demás disposiciones (…) lleguen indefectiblemente”. De la misma forma, “no podrá responder a una periodicidad fija ni aun a una extensión determinada”. Por otro lado, de este primer boletín nos gustaría destacar el discurso de clausura a cargo de Juan Pío Membrado, en el que menciona la modestia de la asociación, que, aun siendo pequeña, había “estimulado ciertos organismos y personalidades que estaban adormecidos”, y había “removido las mentalidades de la comarca, obligándonos a todos a discurrir, a hablar, a escribir”.
Es breve el número 2, breve y directo (convocatoria, oficio y acta), por lo que nos detendremos en el número 3. Quizá sean, nuevamente, las palabras de su presidente las que mayor poso dejan, en el discurso de apertura, titulado “Flores y frutos”: flores porque en la asamblea de mayo se pudieron oír “galanas flores literarias” (una flor crucífera, el sacrificio por el país; flores labiadas, como la adhesión incondicional; la rosa porque así parece la transigencia mutua); frutos porque, en noviembre, se verán los propios de las acciones del Fomento. “Trabajo en unos, gratitud en otros, y amor en todos. Este debe ser el espíritu general de los socios del Fomento”. Es interesante el informe en el que se detallan los presupuestos provinciales y cómo reflejan que ni la diputación ni los municipios ni el Estado defienden a los pueblos, sino que esquilman sus ganancias con tasas impositivas imposibles de soportar.
Leyendo el número 4, pudiera ser lo más renombrable el apartado “Los repartimientos municipales en la práctica”, en el que se especifica el daño que causará una nueva normativa a los pueblos de menos de cinco mil habitantes (“los pueblos ven en ellos sometida a tributación toda la riqueza existente en los mismos”; “por efecto del impuesto de derechos reales, la propiedad huye, mejor dicho, no se atreve a acercarse al registro de la propiedad”).
En el número 5, el informe “Discusión sobre las reuniones locales, o secciones por partidos, valor de sus acuerdos y redacción de la oportuna reforma en el reglamento” establece un paralelismo con la parábola del hijo pródigo. Sugiere que el Fomento es el padre de varios hijos, que son los pueblos. “Pasaron los años, y el uno (…) tan sólo conservó su porción, no la supo aumentar. El segundo, trabajador, ingenioso y culto (…), la multiplicó por procedimientos justos y honrados (…). El tercero también creció, pero (…) empezó por sobornar a los peritos (…), continuó robando (…)”. Igual que en el relato bíblico, el Fomento, aunque atienda a todos sus hijos, no podrá evitar sentir predilección por aquel que se esfuerza y acrecienta sus dones actuando con rectitud y honradez.
En el número 6 se debate sobre las mancomunidades, y el resultado es una valoración negativa hacia las mismas (“Lo que aquí falta no es provincias, ni siquiera provincias mancomunadas, es municipios vivos”; “¿Qué es eso de mancomunar provincias? […] ¿No se llega al mismo fin suprimiendo y refundiendo provincias? ¿No es el camino más directo y más barato?”). La conferencia a cargo de Carlos Esteban Membrado incluida en este número versa sobre los contribuyentes de los pueblos, y se divide en cinco partes que dejan algunas frases memorables: los contribuyentes y la cuestión social (“No se puede juzgar con el mismo criterio al hombre adinerado […] que al desventurado bracero”); los contribuyentes y la patria (“¡Qué poco ha sido siempre menester para convencer al pobre pueblo español!”); los contribuyentes y la instrucción (“Si la cultura aumenta, la sociedad se perfecciona y se enriquece”); los contribuyentes y la política (“[…] que nos alistemos resueltamente bajo las banderas de la descentralización administrativa, de la restauración rural, de la verdadera protección a la agricultura, la industria y el comercio”); los contribuyentes y la vida municipal (“nos interesa mucho que estén bien organizados, que haya paz, prosperidad y el mayor bienestar posible”).
El número 7 engloba cuestiones administrativas de diverso calado, pero de menor entidad para esta reseña, por lo que pasamos las páginas hasta el número 8, en el cual se encuentra el discurso de despedida de Membrado como presidente y el del presidente entrante. Sobresale la exposición dirigida al ministro de Hacienda y a los diputados y senadores aragoneses acerca del “grave problema de las haciendas locales”, que han de tener “un retoque en la legislación vigente”. Se plantean varias consideraciones al respecto.
En el número 9 nos detenemos en la nota que trata de la construcción de los ferrocarriles Alcañiz-Vinaroz y Calanda-Vivel, vías de insoslayable importancia, y en el artículo “El inri a los municipios rurales”, en el que se vuelve a incidir en las afrentas que sufren los pueblos como contribuyentes (“Nos explicamos que un ministro […] procure cargar los gravámenes […] sobre el contribuyente más inofensivo […], pero creemos también que los representantes parlamentarios […] tienen el deber de no consentir”).
El número 10 informa sobre el proyectado pantano de Santolea, sobre el que se tomaron siete acuerdos; se aborda el asunto de las haciendas locales, y se da fin y remate con un entrañable decálogo del agricultor al modo de los diez mandamientos.
A riesgo de alargar estas páginas, no podemos olvidar los discursos “Riqueza-cultura”, de Carlos Estevan, y “Labor y ahorro”, de Santiago Vidiella.
Rescatamos brillantes retazos del primero: “La cultura (…) es un cultivo, una mejora, un perfeccionamiento de las facultades del hombre (…), un elemento primario, una condición necesaria para la producción de la riqueza (…). Es preciso que este país se convenza de que sólo por el camino de la cultura saldrá de este abatimiento y pobreza (…); la cultura le enseñará a conocer sus riquezas naturales y a explotarlas, le enseñará a viajar, a conocer las costumbres de otros países y a comerciar, le enseñará los procedimientos industriales modernos (…)”.
Del segundo se pueden extraer pensamientos no menos válidos al respecto de agricultura y de economía doméstica, de los que mostraremos los siguientes: “Los labradores han forjado también su leyenda áurea, diciendo y creyendo que en lo antiguo llovía mucho (…); es este un error. (…) Hoy por hoy, contra sequía, labores (…). Para todos llueve igual, pero unos tienen sus campos bien preparados para recibir la lluvia y aprovecharla toda, otros tienen sus campos secos y apelmazados y dejan escurrir el agua hasta el próximo torrente”; “Condeno por igual los extremos viciosos del consumo, porque ambos con igual ceguera se apartan del justo medio en que está la salud económica de las gentes: la avaricia por cobarde, la disipación por temeraria”.
Nos despediremos acudiendo al discurso de Estevan: “Levantad vuestros corazones hacia los grandes ideales de justicia, alma en otros tiempos del carácter aragonés, que ellos harán resurgir el espíritu de la raza y llevarán nuevamente a Aragón a grandes destinos”.








