Muchachada atómica


Por José Joaquín Beeme

     Ettore Majorana era un pitagorín de las matemáticas de difícil trato, muy reservado, criptogay dominado por madre posesiva —se complacía la dama exhibiendo a su calculadora humana— y sin apenas sentido del humor.

    Físico teórico en los albores del atomismo contemporáneo, le atormentaba el potencial aniquilador de la energía recién invocada. Su desaparición en algún punto del Tirreno, a bordo del transbordador Nápoles-Palermo, dio pie a Sciascia para un ensayo interpretativo del alma siciliana: fuga a Latinoamérica, reclusión en un convento, conversión en errante omu-cani, suicidio temprano. Era el 1938, año del Nobel para su mentor Enrico Fermi, que se exilia a los Estados Unidos porque la vida de su mujer, hebrea, peligra por las leyes raciales que Mussolini promulga sólo una semana después del galardón.

    A muchos incomoda y a la mayoría le trae sin cuidado, no ya hurgar en el pasado, sino el metódico cuanto necesario ejercicio de hacer historia. En todos los órdenes, también en campo nuclear. Sé de lo que hablo. He trabajado durante un cuarto de siglo entre dos reactores, ya apagados, que fueron el origen de un centro de investigación de la Euratom, nacido casi a la par del CERN de Ginebra y sito en la calle Enrico Fermi de Ispra, orilla lombarda del lago Mayor. La tarea de preservación, archivo y catalogación fue siempre irrelevante, más rareza individual que estrategia compartida. Como si la política del día a día, científica o institucional, pudiese desarrollarse prescindiendo del elemental principio de causalidad.

     Si Sciascia rescató a su oscuro coterráneo de Trapani, Gianni Amelio recreó en 1988 el contexto en que se fraguaron sus formulaciones del núcleo atómico y los fermiones, que entraban en diálogo directo con las de Heisenberg y Schrödinger y son historia del genio nuclear italiano. Los muchachos de la vía Panisperna se tituló aquel encargo de la RAI (disponible ahora el DVD en su versión íntegra), por ser aquella la sede del Instituto de Física de la Universidad de Roma, y gracias a esta película conocemos por dentro la relación entre Fermi y Majorana —eje del guión de Amelio-Cerami—, una historia de amistad filosa, fluctuante, pero llena de fervor intelectual, de la insobornable curiosidad científica que compartían todos los jóvenes físicos que crecieron en torno a ellos.

     Somos así testigos de la burla al cavalier Marconi, saboteada su voz en una emisión radiofónica de exaltación fascista; de las carreras por los pasillos de la facultad para evitar el decaimiento de las partículas irradiadas, ante la mirada atónita del senador Corbino que dirigía el instituto y les apadrinaba; y al descubrimiento, merced a esta radioactividad artificial, de numerosos isótopos radioactivos y de los neutrones lentos: ralentizados en la fontana de carpas rojas que presidía el jardín.

     Ahí confluyeron varios estudiantes de ingeniería que se pasaron a la física por el imán de Fermi, el “papa” del grupo, primer catedrático de física teórica del país y luego parte decisiva del proyecto Manhattan. Segrè, el “basilisco”, también premio Nobel por su hallazgo del antiprotón que corroboró la antimateria, y también exiliado en la América que fabricó la primera bomba de fisión. Rasetti, el “cardenal vicario” que organizaba excursiones para la muchachada en el Monte Rosa, se fajó con la espectroscopia molecular y los rayos cósmicos, pero declinó Manhattan, por repugnancia ética, en favor de la paleontología. A los rayos del cosmos y a las ondas gravitacionales se enfocó el “abad” Amaldi, a quien tocará reconstruir la disciplina en la posguerra creando el Instituto de Física Nuclear. D’Agostino, radioquímico formado con Marie Curie en París que caracterizó los isótopos obtenidos con el bombardeo neutrónico y también elementos transuránicos. El “cachorro” era Bruno Pontecorvo, hermano del cineasta, que se midió con los neutrinos oscilantes y los antineutrinos y acabó sus días como ciudadano soviético. Y, naturalmente, Majorana, el “gran inquisidor” que se esfumó para siempre cual partícula fantasma.

     Desde 2019 funciona, en la misma calle Panisperna, el Centro de Investigaciones Enrico Fermi (CREF) con anejo museo histórico de física. A partir del legado de los años 30, no sólo gestiona laboratorios de radioterapia, neurofísica, fotónica, astrofísica nuclear, física aplicada al patrimonio histórico-artístico, sino que mantiene vivo el espíritu de los pioneros impartiendo cursos de especialización y seminarios interdisciplinares, además de ofrecer becas de doctorado y contratos de investigación.

     Conocí en los primeros 2000 a un físico alemán, ya jubilado, que había rastreado, precisamente en la Rai de Roma, filmaciones de cuando se construyeron los reactores ispreses. De nuestras conversaciones surgió la idea de tostar unos discos tras digitalizar los celuloides que se aburrían en unas latas, y acaso fue esa la única razón por la que, después de medio siglo yaciendo en el olvido, se salvaron. Ya digo: iniciativa de unos tipos anacrónicos aquejados del mal de la historia.

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