Memorias de un arqueólogo en tiempo de descuento


Por Fco. Javier Navarro Chueca

Capítulo II: Del cielo soñado a la tierra prometida

      De adolescente soñaba con volar alto. No en sentido metafórico, sino con la literalidad ingenua de quien mira al cielo y cree que basta con desearlo para que las alas broten.

     Quería ser piloto de aviación. Me pasé media juventud persiguiendo ese sueño, convencido de que mi destino estaba escrito en las nubes. Pero la España de finales de los sesenta y comienzos de los setenta —la España de Franco, con su olor a naftalina y permiso firmado— tenía otros planes para mí.

      La única vía para llegar a un avión era el Ejército del Aire. Me presenté a las oposiciones para la escuela de pilotos de complemento. Tenía sus ventajas: no hacía falta aprobar el Preu; con sexto de bachillerato bastaba. Y, sobre todo, era la pasarela hacia la aviación civil, que era el verdadero paraíso: viajar, conocer mundo y que, encima, te pagaran por ello. ¿Qué más podía pedir un muchacho de diecisiete años?

     Lo que no tuve en cuenta —por pura ignorancia de lo que significa vivir en una dictadura— es que para disfrutar de ciertos privilegios había que tener padrinos, abolengo o, al menos, un enchufe de los que iluminan pasillos. Yo solo tenía a mi tío Félix, caballero mutilado de guerra y teniente coronel de Infantería, que me recomendó a un amigo suyo, comandante del Aire. Él me dio la noticia “privilegiada”: había sacado el número 28 de 30. Más de seiscientos aspirantes y yo dentro… hasta que los tres últimos fuimos desplazados para hacer hueco a dos recomendados del ayudante de campo del “generalísimo” y a otro del príncipe Juan Carlos. Cosas del régimen: volaban los mismos de siempre.

     Como soy cabezón por naturaleza, me fui voluntario a la mili en Aviación. Ascendí hasta cabo primero, que era el techo en tiempos de paz. Pero ni aun así. Seguí presentándome a oposiciones hasta que la edad me cerró la puerta. Me encontré licenciado, sin rumbo y más perdido que un pingüino en una sauna.

    Entonces apareció Pedro, un amigo catalán de la mili, que me invitó a su casa de Rosas, en la Costa Brava. Me ofreció cama y trabajo en una discoteca. A los veinte años, cualquier cambio de paisaje parece una epopeya, así que acepté sin pensarlo.

      A mi regreso a Zaragoza, la prensa anunció la apertura de la Escuela Municipal de Arte Dramático. Pedro —que se había venido a estudiar Artes Aplicadas— y yo nos presentamos a las pruebas. Para mi sorpresa, me admitieron. Luego supe que habían admitido a todos, pero eso no resta encanto al momento en que uno cree que el destino le guiña un ojo. Y así, casi sin quererlo, atendí la llamada de Talía.

     Durante dos años luché por mejorar mi dicción, que nunca ha sido mi fuerte. Me enamoré hasta las trancas —sin ser correspondido, como mandaba la tradición de mi vida sentimental— y, tras aquella “licenciatura”, con un puñado de compañeros que ya eran amigos para siempre, fundamos el grupo de teatro La Farándula. Tres años recorriendo escenarios con más ilusión que medios.

     Nuestra primera obra fue Hermano Juan, de Unamuno, dirigida por José Luis Domingo: un tocho filosófico en blanco y negro, con un decorado minimalista que no era estética, sino presupuesto. Duró poco: tres o cuatro funciones en colegios mayores de Madrid y Barcelona. En Zaragoza actuamos en La Salle y tuvimos el dudoso honor de que los pupilos de Mariano Cariñena vinieran a patearnos la función. Un bautismo teatral en toda regla.

     En 1975, después de aquella media docena de actuaciones universitarias, acometimos la puesta en escena de Las galas del difunto. La Farándula estaba formada por alumnos de las dos primeras promociones de la Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza, a los que se sumaron los miembros de un grupo aficionado que había abortado su existencia en sus inicios.

    Las representaciones de Unamuno nos habían dejado una sensación agridulce. Por un lado, el montaje sobrio, casi ascético, había sido bien recibido por un público culto y sediento de cultura. Por otro, nos sentíamos agotados por la aridez del espectáculo y frustrados por trabajar solo para un público “selecto”, el único capaz de digerir aquel “tochazo” en el que un Don Juan meta-teatral, influido por Kierkegaard, filosofaba sobre su existencia. Así que decidimos dar un giro radical. Y lo dimos: del ascetismo al esperpento.

     Las galas del difunto nos ofrecía un héroe muy distinto: Juanito Ventolera, pura supervivencia, chulería y crítica social. Parecía salido del patio de Monipodio más que de la Perla de las Antillas. Ese sí era nuestro personaje, y Valle-Inclán, nuestro guía.

    Elegimos como director —éramos un grupo asambleario— a José Antonio Porcel Berdala, que en la obra anterior había interpretado a Don Juan. Juanito Ventolera lo encarnó Gonzalo Arguilé; la Daifa, Marga Escudero; y yo arrastré, con más pena que gloria, la petulancia del Rapista. El resto de personajes —la dueña, la bruja, Dña. Terita, la niña, el boticario, el galopín, el sacristán, Pedro Maside, Franco Ricote y el bizco Maluenda— fueron interpretados por un elenco de jóvenes idealistas que se sentían también protagonistas del momento histórico que vivíamos.

   El vestuario se lo encargamos a Áurea Plou, jovencísima diseñadora que ya apuntaba maneras y que resolvió el trabajo con talento… y sin retribución. Los decorados, la iluminación y el atrezo los resolvimos colectivamente.

    Viajábamos en nuestros propios coches: dos Seat 600, un Dos Caballos y, cuando había suerte, la furgoneta de un amigo. Allí íbamos todos, apretados pero felices, con el vestuario, la escenografía mínima y unos focos que fabricábamos reciclando latas de pintura de cinco kilos. Éramos pobres, sí, pero teníamos una fe que iluminaba más que cualquier bombilla.

    Mientras intentaba ser actor, mi vida avanzaba como una línea de bajo: constante, algo torpe y siempre un poco fuera de compás. Yo quería ser intérprete, pero el talento —ese juez silencioso— me decía que no. Que mi voz no llenaba la sala. Que mis gestos no convencían. Que mi cuerpo no obedecía a la escena. Que mi camino iba por otro lado.

     Decidí entonces retomar un sueño más antiguo: la arqueología. Aprobé el ingreso para mayores de 25 años. Durante un tiempo compaginé teatro y Facultad, pero una paternidad inesperada, un matrimonio y un trabajo nocturno en Filosofía y Letras me recondujeron hacia una vida más convencional.

   Decir que estudiaba es exagerar. Iba a clase, aprendía por ósmosis y, sobre todo, gracias a un profesorado excepcional. M.ª Jesús Ibáñez, la mejor docente que he tenido, convertía la geomorfología en un placer. Guillermo Fatás me dejaba extasiado: no podía tomar apuntes porque me quedaba escuchando, hipnotizado.

     Hubo tropiezos, claro. En el cursillo de adaptación, un catedrático de infausta memoria estuvo a punto de anular mi ingreso por un comentario que habría debido quedarme en el bolsillo. Pero sobreviví. Mi carrera fue una maratón con vallas, valles y algún socavón, pero llegué a la meta.

     En ese largo trayecto cambiaron muchas cosas: un negocio como autónomo, un matrimonio que se disolvió, una vida que se reordenó casi sola hacia lo que siempre había sido mi vocación verdadera.

     El primer paso real me lo dio el catedrático Manuel Martín Bueno, que me consiguió un contrato de un par de meses en el yacimiento de Bílbilis, en Huérmeda (Calatayud). Aquel contrato, modesto y temporal, fue mi primer pie en la tierra —en todos los sentidos— y el comienzo de una vida que llevaba años llamándome sin que yo supiera escucharla. Y lo fue a pesar de que, en 1985, recién aprobada la Ley del Patrimonio Cultural que daría pie a la creación de la profesión de arqueólogo, ésta aún no existía como tal.

    Quemé mis naves: traspasé el negocio de papelería que había sido mi sustento durante cinco años y me lancé al vacío para desplegar mis alas. A veces pienso que aquel salto no fue tanto un acto de valentía como de necesidad: había algo en mí que llevaba demasiado tiempo empujando desde dentro.

    Mi primer contrato como arqueólogo me lo ofreció Martín Bueno a través de la Delegación de Cultura del Gobierno Civil de Zaragoza —todavía no existían competencias autonómicas—. Y siempre le estaré agradecido, porque la mejor escuela es el propio campo.

Bílbilis: mi primera ciudad romana

       Bílbilis fue un escenario perfecto para mi aprendizaje. La antigua ciudad romana se derrama por las laderas del cerro de Bámbola, dominando el valle del Jalón con una dignidad que aún hoy se percibe en sus ruinas. Allí, entre el teatro monumental, el foro aterrazado y las viviendas aferradas a la pendiente, uno comprende que la historia no es un concepto abstracto, sino un cuerpo vivo que respira bajo la tierra.

      Recuerdo bien mis primeras jornadas: el aire frío subiendo desde el río, el olor a tomillo recién pisado, el silencio que solo rompían las herramientas al golpear la tierra endurecida. Y también esa mezcla de respeto y vértigo al descubrir que, con cada paletada, uno se convierte en mediador entre dos tiempos: el nuestro y el de quienes caminaron por esas calles hace dos mil años.

      Había algo profundamente formativo en aquel paisaje. No solo por lo que enseñaba sobre Roma, sino por lo que me enseñaba a mí mismo: paciencia, método, humildad ante lo que no se ve a simple vista. Bílbilis fue, en cierto modo, mi primera maestra. En ese aprendizaje debo agradecer las indicaciones de una compañera arqueóloga veterana —cuyo nombre lamento no recordar— y del topógrafo Dámaso, que me enseñó a manejar el teodolito, herramienta que más adelante sería tan útil como imprescindible.

    En mis recuerdos se mezclan el frío intenso, que hacía rebotar los picos contra el suelo helado, y los obreros de Calatayud y Huérmeda —suministrados por el INEM— encendiendo una hoguera donde apenas conseguíamos calentar los pies. También aprovechábamos las brasas para asar unas caretas de cerdo adobadas, inaugurando así el amplio recetario de almuerzos arqueológicos que ha jalonado mi vida profesional.

 

        Uno de los episodios más pintorescos ocurrió el día que decidí dibujar un perfil estratigráfico para ir cogiendo práctica. Me pasé la mañana preparando con mimo la superficie vertical, colocando las gomas que marcaban los estratos. Fui a por el maletín de las cámaras y, al volver, descubrí que uno de los obreros había utilizado mi impecable pared como urinario improvisado. La potencia del chorro había excavado un canal de descenso que arruinaba toda mi obra. En fin… “Cosas veredes, amigo Sancho.”

     Los fines de semana volvía a Zaragoza, y los domingos por la tarde regresaba a Huérmeda, donde teníamos habitación y el almacén de materiales. Hacía aquellos viajes en un Renault 4L que me prestaba Elena, mi ex y madre de mi hijo. En el trayecto recogía a Carmen Guiral, que se había incorporado al equipo para el trabajo de laboratorio. Su novio, Antonio Mostalac, la acompañaba hasta el punto de encuentro. Ambos eran ya entonces jóvenes especialistas prometedores en pintura mural romana, y con el tiempo formarían un tándem científico de referencia. Para mí, en aquellos días, eran sobre todo compañeros de carretera y conversación, parte del pequeño ecosistema humano que da calor a una excavación fría.

     Al final de la campaña, Manolo Martín Bueno nos preguntó si alguno quería participar en la Misión Arqueológica Española en Jordania, para excavar en Gerasa. Para mí aquello fue un aldabonazo, algo parecido a lo que debió de sentir San Pablo en su camino hacia Damasco. Pensé que todo el mundo querría apuntarse y que, siendo yo el último mono, tendría pocas posibilidades. Para mi sorpresa, fui el único que dio el paso adelante. Es más: Manolo tuvo que acudir a arqueólogas de fuera de Zaragoza para completar el equipo de tres que viajaría en 1986.

      Mi sueño empezaba a materializarse. Pero eso —como suele decirse— será ya en el siguiente capítulo. Y eso, si me lo permiten y no es abuso de confianza, me dará tiempo a reunir la parte gráfica correspondiente, que la tengo esparcida por carpetas, cajas y memorias varias.

Continuará…

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