
Por Esteban Villarrocha
Julio Cortázar hablando de la infancia escribió: Es verdad que, si a los niños los dejasen solos con sus juegos, sin forzarlos, harían maravillas. Usted vio cómo empiezan a dibujar y a pintar; después los obligan a dibujar la manzana y el ranchito con el árbol y se acabó el pibe.
Con la escritura es exactamente igual. Las primeras cosas que cuenta un niño o que le gusta que le cuenten, son pura poesía; el niño vive un mundo de metáforas, de aceptaciones, de permeabilidad.
A partir de la lectura del texto de Cortázar reflexiono sobre el devenir de estos tiempos enloquecidos. Llevo mucho tiempo que escriba de lo que escriba siempre acabo refiriéndome en mis escritos-reflexión a la importancia de la educación. Cuando analizo el presente que vivimos, observo sorprendido la crisis de valores, las políticas neoliberales intolerantes, los daños ecológicos irreparables, la banalización del pensamiento, de la cultura, y tantos y tantos asuntos preocupantes que reclaman atención, preocupación y respuesta: pero al final siempre termino siendo conscientes de la importancia y necesidad de reivindicar el papel de la educación como motor de trasformación y cambio social, en la educación encuentro respuestas. Soy consciente que no puede haber transformaciones profundas en la sociedad sin cambios en el sistema educativo actual.
Estos cambios necesarios y urgentes suponen un proceso que será como emprender un recorrido con principio, en el momento en que abramos la primera página seguro que ya no podemos parar hasta cerrar el libro del conocimiento y el aprendizaje, pero al final del proceso, que hoy somos incapaces de ver, sabremos hacia dónde nos dirigirá la pedagogía y la formación, pero seguro que vamos a mejor. ¡Sin duda alguna! Con inversión en educación iremos siempre a mejor. La educación es el comienzo de la cultura y la cultura la continuación de la educación.
Al interpretar las claves de nuestro modo de vida en las sociedades contemporáneas actuales y adivinar las nuevas sendas que depara el futuro digital que ya nos alcanza imparable, me pregunto: ¿qué encontraremos al final del proceso de trasformación que vivimos?, de lo único de lo que estoy seguro es de que hoy estamos obligados a poner en valor los procesos educativos que se convertirán en una forma de acceso a una sociedad más libre e igualitaria, porque si no, muy probablemente, estamos condenados al fanatismo y la desigualdad de una sociedad autoritaria y sin derecho a tener derechos, la educación nos permitirá al menos tener futuro. El conocimiento nos hace libres, la ignorancia esclavos.
En mis años de juventud, comprometida que no militante, me familiarice con el concepto marxista de clase social e intente comprender los procesos de desigualdades que el sistema de producción capitalista propiciaba, estoy convencido de que el estudio, comprensión y análisis del concepto de clase social, aunque hoy en día parece un concepto que obsoleto, todavía resuena en mis pensamientos. El concepto de clases sociales aparece en 1848 en el Manifiesto del Partido Comunista que escribieron Marx y Engels, cuando las circunstancias eran muy diferentes a las de ahora y el concepto de entonces quizás hoy ya no nos sirve, de hecho, el cambio actualmente es tan grande y profundo que estos conceptos teóricos quedan absolutamente anticuados. De todas formas, quiero reivindicarme e insistir una vez más y no será la última como Lumpen, hoy en día es la clase social que mejor se identifica con mi pensamiento y aptitud, porqué ya renuncié a ser clase media ya en su día luché y participé activamente en los movimientos por una educación pública, igualitaria y gratuita que pretendían una sociedad más justa e igualitaria. Me reafirmo en la pintada encontrada en una calle zaragozana: no soy clase media, soy lumpen con algo de formación. Las contradicciones inherentes al sistema en esta sociedad compleja y enloquecida.
Intentaré definir el concepto de lumpen, que personalmente asumo desde mi marginalidad intelectual, los que asumimos la condición de lumpen somos personas que no aportamos nada a la sociedad, que fácilmente somos manipulados por las élites que quieren manejar y proteger sus intereses. Se dice que no contribuimos en nada, pero para que exista un cambio real en la sociedad y así, conseguir la justicia social, los lumpen, asumiendo ese término despectivo y nada recomendable, deben participar en ese cambio con su marginal y especial visión del mundo, hoy quiero reivindicarlos y ponerlos en valor con la intención de acelerar la necesidad urgente de cambio en el contexto de que vivimos en los últimos años que ha mostrado la precariedad, la fragilidad e la inestabilidad de la estructura social del mundo: cada vez son menos los que tienen más.
Desde mi marginalidad de lumpen escribo y sigo rodando el mundo, mientras me pregunto: ¿seguiremos siendo lumpen?








