El Universo / Gonzalo del Campo

Por Gonzalo del Campo

      La imagen del Universo en color, como una niebla espesa de tonos violáceos, lechosos y oscuros, donde la luz y las tinieblas parecen luchar por ocupar el espacio infinito recortado en un rectángulo, es el resumen de un todo inabarcable, incluso para nuestra imaginación, la única que puede acercarse remotamente…

…a intuir qué es, qué significa y qué comprende ese algo que trasciende y empequeñece hasta límites insospechados la idea misma de Dios, por más en mayúsculas que la escribamos, en papel o en piedra, por más que integremos y sumemos a todos los supremos seres que han ido apareciendo y se han ido inventando los humanos, Yahvé, Alá, el Dios de los cristianos, los dioses hindúes, los budistas, los griegos, los romanos…

     Sólo con mirar al cielo cualquier noche sin luna, cuajada de constelaciones y de estrellas, su profundidad no solo nos subyuga, además nos trastorna, nos reduce a una “casi nada”, que observa, que admira, que enmudece frente al blanco y negro del lecho más oscuro y la luz más brillante, repartida en millones de ojos resplandecientes que nos miran sin vernos y a las que miramos sin saber, siquiera, si aún existen o dejaron de hacerlo y se han convertido en sueño vagabundo de alguna luz extinta que viajará durante mil vidas humanas, hasta desaparecer a la vista de otros ojos que no serán los nuestros.

Qué vano empeño de viajar físicamente de luz en luz.

      La luz prestada de la Luna fue nuestra primera obsesión como navegantes del espacio. Las huellas que se imprimieron en aquel memorable descenso desde lo alto de la nave Apolo al suelo lunar, habrán sido barridas por el viento lunar al poco de plasmarse. Tal vez pueda quedar alguna pequeña muestra de lo más genuino que atañe a la presencia humana, la basura. Algún trozo de tela desprendida de los trajes espaciales, algún fragmento insignificante de fibra o de metal que andará dando tumbos y deshaciéndose de tormenta en tormenta, perdido en la cara oculta, sin vistas a la tierra, donde Elon Musk no querría jamás construir sus adosados. Todo lo más, acercar a sus colegas podridamente ricos, que le darán una auténtica fortuna por llevar hasta allí la basura más tóxica del planeta tierra, es decir a ellos mismos. Qué gran favor nos harían a todos si de esas excursiones tan únicas, tan caras, tan exclusivas, no regresase ninguno de ellos y quedasen sus fortunas para regenerar parte de todo el mal que han hecho a su planeta. Sería mucho más que justicia poética. Tal vez lo podríamos denominar y considerar “justicia cósmica”. Claro que esto solo es un deseo o un sueño porque, de momento y más que nunca, siguen explotando los recursos finitos de esta esfera hogar en que habitamos, a un ritmo frenético.

No hay que ir muy lejos para verlo.

     Antes se colonizaban los países considerados pobres o atrasados y se les explotaba despojándoles de sus recursos, esclavizando a su gente para que fuesen ellos los que los extrajesen de la superficie de la tierra o del subsuelo. Ahora se expropian terrenos, miles de hectáreas para negocios privados de empresas cuyo fin exclusivo es el lucro, es decir forrarse de manera indecente con lo que es de otros o pertenece a todos, sea la tierra, el agua, el bosque, las riberas, el aire…lo que nos da la vida a las personas.

    Esto no es nuevo. En este país lo llevan haciendo, entre otras, las empresas eléctricas desde hace generaciones. Ahora siguen alargando el cuento del bien común para seguir robando, legalmente por supuesto, hasta el último rincón que consideren útil para sus fines. Si hay que poner cuatrocientas hectáreas de placas solares en la Fueva y acabar con la agricultura, la ganadería y el paisaje de la zona se hace y punto. Si hay que aprovechar la despoblación turolense para llenar parajes tan bellos como los de la Comarca del Matarraña u otras igual de valiosas por su paisaje y la arquitectura de sus pueblos, de docenas y docenas de torres eólicas y miles de hectáreas de placas solares, se ponen de acuerdo políticos y empresarios para elaborar leyes a la medida de sus bolsillos sin fondo y se tira palante, como diría aquel. Da igual que, al final, se acabe generando un potencial eléctrico cuatro veces mayor del que se necesita en el país entero, porque detrás vienen nuevos y muy lucrativos negocios, como los almacenes de pilas de litio o los centros de datos que requiere la expansión de la Inteligencia Artificial y el progreso de la tecnología más avanzada del momento.

      Ya no somos tan solo un país de camareros, ahora vamos a producir, como cualquier colonia de otro tiempo, la energía que necesitan esas instalaciones y vamos a aportar la ingente cantidad de agua, que ni se conoce, ni nadie da los datos del volumen que alcanza, ni de la contaminación que lleva aparejada. Nadie sabe, tampoco, quiénes son los verdaderos propietarios de esos negocios que se instalan sin contar para nada con la gente que habita el territorio, pero, eso sí, con el beneplácito de las autoridades superiores de la Comunidad Autónoma Aragonesa. Sabemos también del maltrato, cada vez más evidente, con el que se intenta asfixiar, con la pinza de política y negocio, la agricultura de miles de familias, que hasta ahora han conservado la propiedad de parte de la tierra que ambicionan esas y otras empresas que dicen perseguir el interés general.

   A estas alturas ya hemos oído hablar de Forestalia y sus acuerdos con el Gobierno de Aragón para negocios de este calibre, además de sus problemas con la Justicia. Pero hay muchas otras empresas a la espera. Amazon, por ejemplo, parece seguir haciendo presente “Bienvenido Mister Marshall” para los boquiabiertos seducidos por la pasta de los negocios a lo grande.  Habrá que seguir los pasos de todas las que están apareciendo como setas, incluyendo empresas israelíes que participan, como no, en el Genocidio que no se acaba nunca.

     Y la nieve, ese maná que sigue generando un espejismo para continuar destrozando patrimonio humano y paisajístico, como si se fabricase en Taiwan y pudiese reproducirse a voluntad después de desaparecer, para beneficio ¿De quién?  No destrozar la Canal Roya y convertirla en zona protegida de especulación, debería ser algo fuera de discusión si no hubiese todavía empresas que viven de seguir encementando el Pirineo y construyendo viviendas que nadie del entorno en que se hacen se podrá comprar, ni siquiera alquilar por no poder pagar su precio. 

     Un Neofeudalismo, donde los nombres y apellidos de los nuevos Señores Feudales se diluyen en Consejos de Administración, en corporaciones empresariales, cuyos dueños y beneficiarios son seres blindados, invisibles. Y cuando se conoce su identidad, son más adorados y admirados cuanto más desalmados, cuanto más fundamentan su riqueza en la rapacidad, en ignorar las reglas de un mercado cada vez más salvaje. Disfrazan su crueldad sin límites de filantropía para embaucar las mentes de los más perezosos, cuando la esclavitud de la que se lucran les explota en la cara con incontables víctimas que nunca son noticia por más de algunos días y siempre están muy lejos.

     Y ahora, desde que Trump ocupa el trono y calza la corona del peor de los malos, ni siquiera existen las limosnas. Es el momento de que más rápido y más pobres mueran a manos de las nuevas Gestapos masacrando inmigrantes, de exprimir el planeta sin el límite incómodo de Derechos Humanos, ni molestos Tribunales que defiendan a los pueblos originarios en peligro de extinción, de alimentar las guerras en las que mueren, siempre, los que no tienen nada que perder, salvo su vida, lo único que tienen.

    La Humanidad como especie pasará, sucumbirá a su deseo de arruinar su propia casa, para alcanzar un cielo que no existe, un vacío tan hondo que nos sumerja a todos en su entraña maldita.

    Cambiar esa deriva a la que vamos es el único modo de aplazar nuestro fin y, quizá, revertir la locura desatada por la que, a día de hoy, nos dejamos gobernar, en este perdido rincón del Universo que ni siquiera luce con luz propia, aunque aún sea partícula invisible, pero todavía azul, de una Galaxia.

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