
Por Esmeralda Royo
“Swinging London” fue un movimiento cultural que convirtió a Londres. y más concretamente a Carnaby Street y el área de Chelsea, en el epicentro mundial de la juventud y la modernidad a mediados de los 60.
Hartos de las limitaciones que todavía seguian presentes, estos hijos de la guerra mundial mostraron al mundo otra forma de hacer música con The Beatles, The Who, The Kinks y The Rolling Stones y una revolución que mostró un nuevo tipo de mujer que no estaba interesada en seguir los pasos de sus madres: Mary Quant en la moda, Marianne Faithfull en la música, Patty Boyd en la fotografía y Diana Rigg en televisión. Habían nacido las botas altas, faldas cortas, estampados geométricos y colores brillantes.
Hija de un ingeniero de ferrocarriles, Diana Rigg vivió en la India cuando ésta todavía era colonia del Imperio. De hecho, su segunda lengua era el hindi. A los ocho años fue enviada a un internado inglés y más tarde ingresó en la Royal Academy of Dramatic Art junto a otra de las grandes damas del teatro británico: Glenda Jackson. Lo que vino a continuación es historia de la televisión y el teatro.
Siempre el teatro, ese espectáculo adorado por los ingleses, para los que su protección es un deber estatal, hasta tal punto que durante El Blitz (bombardeos de la Luftwaffe alemana sobre Londres y otras ciudades británicas), se cerraban escuelas, bibliotecas y museos pero nunca los teatros. El gobierno trasladó un mensaje que más tarde se convertiría en slogan: Show must go on. El espectáculo debe continuar.
El debut de Diana Rigg fue en 1957 con “El Círculo de tiza caucasiano” y enseguida formó parte de la Royal Shakespeare Company, donde también trabajó, porque así lo requería el aprendizaje del oficio, como asistente del director de escena. Mucho prestigio pero poco dinero y por eso se presentó al casting de “The Avengers” (Los Vengadores), ante la crítica unánime de sus compañeros para los que irse a la televisión era una forma de venderse.
Fue una de las primeras series británicas en emitirse para todo el mundo en horario estelar, convirtiendo a Diana Rigg en la icónica protagonista Emma Peel. Acababa de nacer la heroína pop, la imagen del “Swinging London”, la maniquí viviente del guardarropa del Londres del momento.
Pasó de interpretar “El sueño de una noche de verano” a ser un símbolo sexual y a repartir golples de kárate a diestro y siniestro. Por primera vez en televisión aparecía una mujer fuerte, vestida de cuero, cinturón negro en judo e intelectualmente brillante que hacía cosas hasta entonces reservadas a los hombres. De todas las compañeras que tuvo en la serie el protagonista, Patrick McNee, ella fue la que hizo historia por su modernidad visual y por lo singular de sus discursos. Cogió el papel por necesidad y lo dejó cuando quiso, estando su personaje en la cima de la popularidad. Entre medias, se enfrentó a la todopoderosa productora ABC cuando descubrió que hasta el ayudante de cámara cobraba más que ella. Esa lucha, como otras, la llevó en solitario porque ni uno solo de sus compañeros y compañeras la apoyaron.
No solo consiguió más salario sino que pudo compatibilizar su trabajo con el teatro al ser la única que negoció un horario flexible. Una vez logrado lo que se propuso, dejó la serie para volver al teatro ante la sorpresa de la productora. Cuando ya no le quedaba espacio en su casa para guardar cartas de admiradores y su madre las contestaba por ella, decidió que era hora de regresar a lo que siempre consideró su refugio: el teatro, tanto en Londres como en Broadway. “No soy una marioneta y sólo yo manejo los hilos de mi vida”.
A partir de ese momento se produjo lo que ha perdurado hasta nuestro días cuando una mujer exige lo que le corresponde. La industria y la prensa la tacharon de altiva, mercenaria y problemática. Incluso dieron a conocer que no estaba casada con Philip Saville, su pareja en ese momento. “Ni estoy casada ni tengo intención de hacerlo porque no quiero ser una mujer respetable. Sólo quiero ser respetada”
La crítica purista, que considera que los profesionales tienen que pedirle permiso para aceptar un trabajo, denostó su presencia dando vida a Teresa di Vincenzo, la esposa (sí, la esposa) de James Bond en “Al Servicio Secreto de su Majestad”. Si bien es cierto que no se sentía satisfecha con ese trabajo, no lo es menos que estaba bien pagado y lo aceptó para poder emprender sus propias producciones teatrales. El cine, para ella, siempre fue la tercera opción. “Tengo el inmenso honor de ser la única mujer que ha dejado viudo al agente 007. Y en plena luna de miel”.
Premios Bafta, Emy de televisión, Tony de Teatro, miembro de la Royal National Theatre y, por supuesto, Dama de la Orden del Imperio Británico, como corresponde a toda actriz especialista en Shakespeare.
Se dice que durante un rodaje abofeteó al director después de que éste le hubiera dedicado un comentario obsceno. Tras esta contestación seca y contundente, se largó del rodaje ante un enmudecido personal. Una mujer difícil, decían.
Como especialista en reírse de todo, junto a su amigo Vincent Price protagonizó “Matar o no matar, este es el problema” en la que unos actores shakesperianos fantasean con asesinar a los críticos que les niegan el reconocimiento.
Tras su muerte, se recordó a Diana Rigg como Olena Tyrell, la anciana matriarca de “Juego de Tronos”. Algo parecido a recordar a Donald Sutherland por “Los Juegos del Hambre” o a Gena Rowlands por “El Diario de Noah”. Una forma de menoscabar una carrera dedicada a la interpretación.
Diana Rigg iluminó la televisión inglesa e inauguró una interminable lista de series que la isla ha exportado al mundo. Incluso cuando su salud decayó, siguió siendo ácida y formidable pero nadie se atrevía ya a criticar a una anciana.








