
Por Juan Carlos Cervero Vadillo
Y no paran de triunfar en el Pollo Urbano Juan Carlos Cervero Vadillo y su club de andarines que en esta ocasión nos muestran la Quinta etapa del Camino del Cid por tierras Aragonesas : Daroca / Fuentes Claras ¡No os perdáis su nuevo periplo!
Duración 8:38
Distancia 39,9 Km
Ascenso 681 m
Punto más alto 989 metros
Velocidad promedio 4,6 km/h
Velocidad máxima 11,9 km/h
Quinta etapa del Camino del Cid por tierras Aragonesas.
Qué ver y hacer en Villanueva de Jiloca
Villanueva de Jiloca es una pequeña población zaragozana en el valle del río que da nombre a la población, muy próxima a Daroca, justo en el límite con la provincia de Teruel. Se ubica en el margen izquierdo de su extensa vega, preservando sus fértiles tierras para el cultivo.
Su historia se remonta al año 1120, cuando el valle fue conquistado por Alfonso I, pasando la población a formar parte de la Corona de Aragón, regida por el fuero de Daroca para posteriormente incorporarse a la Comunidad de Aldeas de Daroca, dentro de la Sesma de Gallocanta.
El caserío se disemina por la ladera de la montaña a pocos metros del río Jiloca, que en más de una ocasión ha amenazado a sus habitantes con sus peligrosas crecidas como la de 1901, que destruyó parte de la población y tuvo gran repercusión en la prensa nacional de la época. En agradecimiento a las personas e instituciones solidarias en la reconstrucción del municipio sus habitantes modificaron los nombres de las calles.
Por su volumen y tamaño destaca la iglesia de San Gil Abad, edificio barroco construido sobre otro anterior. Cuenta con un pequeño museo parroquial donde se puede conocer parte de la tradición orfebre de la zona.
Resulta reconfortante pasear por la villa, disfrutando del trazado mudéjar de calles estrechas e inclinadas, de las bellas edificaciones civiles como la casa de los Abad de Bernabé o acercarse hasta el río Jiloca para disfrutar de la sombra de sus sotos.
La población contó con un molino harinero que a principios del siglo XX se transformó en una pequeña central hidroeléctrica de la que se conserva parte de la infraestructura. Próxima al casco urbano, en un estado de semiruina, se halla la Ermita del Rosario, del siglo XVI y con aspecto mudéjar que espera paciente su restauración. Debió contar la población con un antiguo castillo de origen medieval del que no se conservan restos visibles.
Muchos autores citan a Arnaldo de Vilanova (1240-1311) como oriundo de la población; prestigioso médico y teólogo, fue un personaje de suma influencia para reyes y papas en esta época. Una placa en la Plaza Mayor honra la memoria de tan ilustre personaje.
Qué ver y hacer en San Martín del Río
San Martín del Río es una población turolense que se encuentra en el tramo medio del río Jiloca, a las puertas de la provincia de Zaragoza. La fértil vega que bosqueja el Jiloca a su paso por la población, aparece cubierta de multitud de pequeñas huertas y campos de frutales, que se disputan el espacio con grandes choperas y pastos. Las laderas que descienden por la margen derecha del valle desde la extensa llanura del Campo Romanos, están surcadas por un incontable número de ramblas que durante el siglo XX fueron repobladas con pinares en un intento de frenar la erosión.
El museo del vino «El Trasiego» -situado en un antiguo lagar, a las afueras de la población- nos traslada a un tiempo no muy lejano en el que la producción vinícola era la base de la economía de la población. Sin embargo, actualmente los viñedos han dejado de formar parte destacada de su paisaje, que se han visto transformados en campos de almendros, cerezos o cereal.
En San Martín del Río el viajero del Camino del Cid va a encontrar una de las joyas del patrimonio mudéjar aragonés: la iglesia de San Martín de Tours, con su esbelta torre de cinco cuerpos visible desde buena parte de los alrededores. Un paseo por la población a lo largo de sus calles estrechas y empinadas, nos lleva a descubrir numerosos rincones sugerentes, donde se conservan las construcciones tradicionales y varias casonas nobiliarias con escudo.
En la parte baja, separando la población del río Jiloca, se conservan los restos de la antigua estación del ferrocarril, testigo durante décadas del trasiego del ferrocarril central de Aragón y ahora convertido en Camino Natural.
Qué ver y hacer en Báguena
Báguena se ubica en el tramo intermedio del río Jiloca; un entorno singular dominado por la fértil vega que se extiende por el fondo del valle y los frondosos bosques de galería, protegiendo el serpentear del río. En sus extremos, por las suaves laderas alejadas de la humedad del río, los campos de cereal aprovechan las tierras más accesibles, reservando los espacios más agrestes al monte bajo y el pinar.
El núcleo se sitúa entre dos cerros, con una disposición alargada en torno a la calle principal; antigua carretera, donde encontraremos los edificios más destacados, como la iglesia de la Asunción; joya mudéjar declarada Patrimonio de la Humanidad, cuya torre pasa por ser una de las más finamente decoradas del conjunto turolense. A su lado, nos llamará la atención la enorme fachada de la casa Lucías, ejemplo de palacio renacentista-barroco aragonés como también lo es la casa Calvo. No debemos de dejar de visitar el convento de San Valentín, edificio del siglo XVII con una hermosa portada manierista. Alejado de la población, un robusto puente de tres ojos fabricado en buen sillar en el siglo XVIII, da la bienvenida a los visitantes del Camino del Cid que acceden a la población.
En la parte superior del cerro derecho, dominando la población, encontramos el castillo de origen medieval en torno al cual surgió la población. Del edificio original templario apenas se conservan los restos de las torres y partes de la muralla, a excepción de una bella torre de planta cuadrada restaurada recientemente. En su entorno se han hallado fragmentos de cerámica ibérica y musulmana, indicadores de que el lugar ha estado poblado desde la antigüedad.
A poco más de 3 kilómetros de la población, podemos desviarnos siguiendo un camino de buen firme para visitar el barranco de Arguilay; un espacio natural de gran belleza donde el agua es el protagonista de espectaculares formaciones geológicas.
Qué ver y hacer en Burbáguena
Remontando el valle del río Jiloca en su tramo medio, rodeada de una feraz vega que le ha dado fama desde hace siglos, llegamos hasta Burbáguena. El paisaje del entorno está dominado por pequeños huertos, campos de frutales (cerezos, perales y manzanos sobre todo) y frondosas choperas en torno al cauce del río. Es precisamente en este espacio donde localizaremos algunos bellos ejemplares de chopo cabecero que desde hace siglos forman parte inseparable de los paisajes del Jiloca.
La vista se nos pierde siguiendo las laderas en las que se encaja el valle, donde tan sólo los terrenos más aptos para el cultivo aparecen cultivados. A su lado, el monte avanza lentamente transformando los campos abandonados y no hace muchos años cubiertos de viñedos, producto de la despoblación de estas tierras. Y en la lejanía, bosques de carrascas y pinares donde los vecinos se desplazan todos los otoños en busca de los preciados hongos.
Desde la antigüedad el valle del Jiloca ha sido un importante eje de comunicación entre el levante y el noreste peninsular, por lo que no resulta extraño, que en su término se hayan encontrado restos de un poblado celtíbero e incluso talleres de silex más antiguos. Sin embargo, habrá que esperar hasta el siglo XII para encontrar los primeros documentos que hagan referencia a la población, y que reflejan la existencia de una fortaleza amurallada.
El caserío se agrupa en la margen derecha del valle, a los pies de su antiguo castillo. Una calle por la que desagua la rambla del Puerto y desde antiguo ocasiona molestias en época de lluvias, divide en dos a la población. Lo primero que llamará la atención al viajero que llega a Burbáguena es la espectacular torre de cinco cuerpos de la iglesia de la Asunción; un edificio barroco del siglo XVIII que fiel al espíritu de las iglesias de la comarca, mantiene influencias mudéjares tardías en su torre.
Paseando por sus calles observaremos varias casas palaciegas en las que se han conservado buena parte de los elementos característicos de los palacios aragoneses: galerías con arcadas, portadas, aleros… En la parte superior del cerro desde donde se domina buena parte del valle, se alzan las ruinas del antiguo castillo, del cual apenas quedan en pie un tramo de la muralla, dos torres de tapial muy transformadas y la base de una tercera sobre la cual se ha levantado en época reciente una torre con un reloj y campanario.
Los visitantes que accedan por el camino de tierra desde Báguena (senderistas y ciclistas) podrán parar a refrescarse en la antigua fuente o acercarse al antiguo molino harinero, que tras evolucionar a fábrica de luz a principios del siglo XX se ha transformado en un alojamiento turístico.
Qué ver y hacer en Luco de Jiloca
Luco de Jiloca se ubica en el tramo medio del río Jiloca, en un entorno presidido por una fértil vega. El pequeño valle aparece encajado entre dos laderas de suaves relieves, cubiertos de matorral con amplias manchas de pinar y carrascas. En torno al río se localizan extensos sotos que forman pequeños bosquetes, donde podemos encontrar algún bonito ejemplar de chopo cabecero, característico de la zona.
El trazado urbano de Luco se extiende sobre una ladera en la margen derecha del valle, y se organiza en torno a la calle principal que hasta hace pocos años formaba parte de la carretera nacional. Un tanto desplazada del centro, su iglesia parroquial es el edificio más significativo de la población y cuenta con una torre de tres cuerpos con decoración de inspiración mudéjar. El templo, construido en mampostería, está dedicado a la Asunción de la Virgen y sigue un modelo gótico muy difundido en el Aragón del siglo XVI.
En la Plaza Mayor, próxima a un palacio aragonés del siglo XVII, encontramos una exposición en la que se nos muestra un buen número de instrumentos y útiles dedicados a la explotación del cáñamo y la vid. En su entorno veremos numerosas edificaciones que dan testimonio de antiguos oficios desaparecidos como el molino harinero, martinete de cobre o el pozo nevero.
Remontando la ribera del río Jiloca, el viajero del Camino del Cid llegará hasta el paraje de Entrambasaguas; un sugerente espacio rodeado de densos sotos en la confluencia del río Pancrudo y el Jiloca, que conserva un estilizado puente de tres ojos, de origen medieval. En su entorno se encuentra la ermita de la Virgen del Rosario, un edificio del siglo XVIII pero cuyo origen posiblemente esté relacionado con la desaparecida población medieval de Entrambasaguas.
Qué ver y hacer en Calamocha
Entrar en Calamocha a través de la antigua nacional jalonada de hostales, restaurantes y secaderos donde sirven el excelente jamón de Teruel puede ofrecer una imagen parcial de la ciudad. Si bien el paso del tiempo ha hecho de la localidad una cabecera de comarca populosa -con aproximadamente 3.700 habitantes- y de urbanismo moderno, para el viajero cidiano esconde algunas sorpresas.
La primera es que, aunque parece una ciudad de secano, es una ciudad de agua: numerosas corrientes subterráneas atraviesan la ciudad, fluyendo en acequias y fuentes, y dando lugar a parques y lugares de recreo. Precisamente uno de los símbolos de la ciudad, su puente de un solo ojo -probablemente de origen romano, aunque su fábrica es gótica- atraviesa el Jiloca muy cerca de donde se encuentra el viejo lavadero de lanas, hoy restaurado, y que, junto con las ruinas de los molinos, nos recuerda el pasado industrial de la localidad. De este lavadero, que formaba parte de una red que se extendía por el casco urbano, se conserva el patio de lavado, con cinco pilas en piedra, los muros de la vieja noria y las viviendas contiguas de algunos mercaderes. Fue construido en el siglo XVII y mantuvo su actividad hasta finales del XIX. De la importancia de la industria textil en Calamocha da buena cuenta el desaparecido Batán de Angulo, el lavadero de lanas y la Fábrica de hilados «La Atrevida» y, ya a comienzos del siglo XX, la Fábrica de mantas de Daudén.
Atravesando el río y ya en el caso antiguo, nos encontramos con la iglesia parroquial de la Asunción (S.XVI y XVII principalmente), cuya torre es visible desde muchos puntos de la población. En su construcción se mezclan los estilos gótico tardío y barroco. La imponente portada retablo es dieciochesca, y su interior guarda varios retablos barrocos de interés. Desde allí, y en el casco antiguo, veremos algunas casas y palacetes solariegos (Rivera, Valero Bernabé, Vicente de Espejo, etc.) de distintos estilos y épocas.
La visita a Calamocha puede finalizar en el Parque municipal, un cuidado entorno de recreo que proporcionará al viajero un lugar agradable en el que descansar y reponer fuerzas.
Qué ver y hacer en El Poyo del Cid
Una estatua del Campeador da la bienvenida a los visitantes al Poyo del Cid, y recuerda que, según el Cantar, el Cid construyó en su cerro una plaza fuerte. El Poyo es una localidad pequeña, asentada en la margen izquierda del Jiloca; su situación en la llanura del Jiloca propició el enclave celtíbero y posteriormente romano. Si te fijas con atención, podrás ver, en la falda de los cerros de San Esteban y Valdellosa, hileras de piedras que pueden parecer terrazas, pero en realidad visualizan el antiguo trazado urbanístico de la población romana, enclave que perduró hasta la época de Nerón (siglo I d.C.). Los arqueólogos han hallado restos de 1.456 metros de muralla y las bases de hasta ocho torretas externas de planta cuadrangular.
Ya en el pueblo, la iglesia parroquial de San Juan Bautista, del siglo XVIII, y la casa solariega de los Benedictos, del siglo XVII, son los edificios más significativos de la localidad.
Para los viajeros que dispongan de tiempo y de buenas piernas, o de un todoterreno, les sugerimos la ascensión al cerro de San Esteban: las vistas en días claros son magníficas y, según se cuenta, pueden divisarse una treintena de pueblos. Sea esta una exageración o no, queda a criterio del viajero; lo que realmente resulta clarificador de esta panorámica es la importancia geoestratégica que pudo tener el enclave durante la Edad Media, así como su entorno natural: con inviernos muy duros, predomina el paisaje de cultivo de secano en la llanura, y los carrascales y sabinares en las faldas de los montes. Ya en la cumbre uno puede sentirse un poco «Cid», y, en la bajada, reponer fuerzas en la fuente de Berenguer, un manantial donde la tradición ubica el lugar en el que el conde de Barcelona lavó sus heridas tras ser derrotado por el Cid.
Los caminantes y ciclistas proseguirán su ruta por el Camino de Fuentes Claras, pasando por la ermita de la Virgen del Moral, patrona de la localidad, del siglo XVIII, y que toma el nombre de un gran moral que hay en las inmediaciones, y que guarda una imagen de la virgen originariamente gótica, del siglo XIV.
Muy cerca, se hallan las ruinas de un viejo convento franciscano construido con sillares romanos reutilizados y el antiguo lavadero de lanas, posiblemente iniciado en el siglo XVI, industria muy extendida en la comarca hasta el siglo XIX, y vinculada a la explotación del recurso natural del agua.
Qué ver y hacer en Fuentes Claras
El nombre de Fuentes Claras de origen romano es a todas luces un reflejo de la abundancia de riachuelos, fuentes y manantiales que se localizan tanto dentro de la población como en sus alrededores. Fuentes Claras se ubica en el tramo alto del Valle del Jiloca, instalado en su fértil vega que aparece fragmentada en pequeñas huertas y cultivos. En sus márgenes el secano se extiende en el horizonte hasta llegar a fundirse con las parameras turolenses donde comparte paisaje con carrascales y monte bajo.
Alrededor del río, formando parte de su vega encontramos hasta cinco surgencias naturales de agua que son conocidas como “ojos” por su forma ovalada. Son pequeñas balsas rodeadas de vegetación natural y enlazadas por acequias, que forman pequeños refugios naturales para multitud de aves.
El pueblo se alza en la orilla del río Jiloca, próximo a la carretera y el antiguo Camino Real de Valencia, histórico paso de viajeros, comerciantes y tropas desde la antigüedad. En su término se han localizado restos de un poblado romano si bien las primeras referencias de la existencia de la población se remontan a documentos del siglo XIII. Durante las guerras con Castilla en el siglo XIV la población se amuralló, conservándose todavía algún resto integrado en los edificios de la población, o la torre defensiva, que con el tiempo se transformará en el campanario de la actual iglesia.
Su caserío se organiza en dos barrios separados por el río Jiloca, con un trazado irregular que se ciñe al núcleo medieval en la parte más antigua. Destaca la iglesia de San Pedro, un edificio gótico – renacentista del siglo XVI de una sola nave y construido en mampostería y sillar. En su conjunto todavía se conservan algunas casonas nobles que conservan su interés como la conocida Casa Grande o algunos edificios en torno al ayuntamiento.
Algo que llamará la atención al viajero del Camino del Cid es la existencia de unas pequeñas fuentes que nacen bajo las casas y que son canalizadas hasta las acequias o el río. Son numerosas y reciben el nombre de pesqueras, y hasta hace no muchos años servían a sus habitantes para uso doméstico e incluso criadero de peces










