‘Queer me’, de Irene Bailo


Por Carlos Calvo 

   Hay documentales que cuentan una historia. Hay otros -más raros- que intentan reconstruir una sensación.

Y aunque “recordar incesantemente conduce a la locura” (lo dijo Jack London), ‘Queer me’ pertenece a esa segunda categoría, pues no aspira tanto a explicar una situación como a devolver el clima de un impulso.

     Y ese impulso tiene un escenario íntimo, casi secreto, en una suerte de mezcla de inocencia y descaro, de angustia y deslumbramiento, en un filme alejado de cualquier plantilla normativa.  Lo que ‘Queer me’ logra capturar (y ahí está su ambición) es algo casi imposible de filmar: la sensación de que todo empezaba. Que el futuro no estaba escrito. La intuición de que aquellos años no fueron mejores. Solo fueron nuestros felices y repetibles primeros años. Yo no sé si, por decirlo con Sabina, “al lugar donde has sido feliz no deberías tratar de volver”, pero la fragatina Irene Bailo Carramiñana, directora de ‘Queer me’, lo tiene claro y, para sus intereses artísticos y de los otros, hace una peculiar inmersión en el tiempo en un trabajo muy cercano (y muy coral) a sus emociones para hablar de transfeminismo, de experiencias homosexuales y trans.

   Hija de la maestra Carmen Carramiñana y del reivindicativo y militante profesor Paco Bailo, todo un referente del zaragozano barrio de la Magdalena en la inclusión a personas migrantes, a quien se dedica este trabajo y que no ha podido ver terminado al fallecer en pleno proceso de montaje, la documentalista oscense realiza este su primer largometraje después de dirigir piezas cortas como ‘Otra mirada’, ‘Entreactos’, ‘La talla 38 me aprieta’ o ‘Mínimas e íntimas’. Estamos ante un relato personal y comprometido sobre el colectivo ‘queer’ en el que recopila materiales fotográficos, escritos y grabaciones de su vida, con la pretensión de ser un altavoz y dar habla a las zonas marginales de la sociedad, ayudar a buscar identidades y, ante todo, desvelar historias de vivencias ‘queer’ y feministas que históricamente han estado relegadas a un segundo plano, utilizando muchas veces la voz en off propia como si de su diario íntimo se tratara.

   Coproducción entre la empresa oscense Du Cardelin Studio, con Alberto Andrés Lacasta a la cabeza, y la francesa Corpus Films, con Ana Ara en la firma de la producción ejecutiva, ‘Queer me’ se erige en un recorrido vital, político y generacional, y construye una visión íntima y colectiva del movimiento transfeminista desde la Casa Okupa TDB (‘trou de balle’) de Toulouse, en funcionamiento diez años, a la que llega Irene Bailo en 2015 para participar en actividades de gente no mixta. La película alterna imágenes del pasado y del presente, combinando archivos familiares y domésticos de la directora, a través de lugares clave de su infancia y adolescencia, como Fraga y Bolea, con grabaciones actuales de la casa vacía y de sus habitantes. Desde sus primeros romances juveniles hasta su encuentro con la comunidad ‘queer’ de esa ciudad francesa, Bailo examina sus relación con las normas sociales y las propias del colectivo. Y lo hace a través de un guion compartido junto a Céline Ducreux, quien también realiza el montaje.

   ‘Queer me’ profundiza en temas como la sexualidad, las relaciones y la identidad ‘queer’, esto es, desafiando el marco de las relaciones convencionales. La mirada ‘queer’ es una parte esencial de la identidad de Irene Bailo. No se trata, en todo caso, de representación ni de centrarse en cuestiones minoritarias, sino de que la población heterosexual comprenda que la experiencia y la mirada ‘queer’ tienen algo que ofrecerles, pueden aportarles algo y serles útiles a la hora de cuestionar su forma de vida y buscar alternativas. La rebeldía de Bailo es, en realidad, una protesta contra la mentalidad de una sociedad digital que, en última instancia, socava su integridad personal. E intenta buscar un equilibrio entre el primer movimiento feminista de los setenta, que también fue un movimiento de izquierdas, y un feminismo posterior más vinculado a la teoría feminista, más adaptado al capitalismo y mucho más vago en lo que respecta a la realidad política.

   El crítico Javier Rueda habla de la celebración de la metamorfosis del cuerpo y propone una serie de interrogantes: “¿Qué espacios seguros permiten a las identidades ‘queer’ expresarse en libertad? ¿Es la ocupación una vía política de visibilidad ‘queer’?”. Bailo, más atenta a la complejidad cultural, estética y sensorial de sus imágenes, se lanza sin red para ampliar y revitalizar el marco del debate a lo comúnmente sesgado y acotado en el horizonte histórico y social, político y geográfico. En su caso, el estudio feminista y ‘queer’ ha incrementado no solo las preguntas que nos hacemos en torno a las imágenes, sino también las metodologías que empleamos para encontrar respuestas. Y estas inquietudes permiten, sobre todo y esencialmente, ensanchar la mirada más allá de los grandes centros de producción y de las genealogías más consolidadas para seguir reconsiderando los lugares desde dónde se piensa el cine y recuperar las historias que han quedado fuera de los relatos dominantes.

“El cuerpo es una cuestión tan central en la narrativa de Bailo”, vuelvo a Rueda, “que la puesta en escena del documental muestra el cuerpo de Irene fragmentado, incompleto o seccionado por el encuadre, mientras en varias ocasiones del filme se habla de gordofobia. Como si de esta forma nos recordara que es el cine quien amputa o limita en ciertas ocasiones la representación de los cuerpos que no son normativos. Uno de los primeros planos muestra un brazo que asoma por una esquina del encuadre para arrancar este ejercicio de memoria. El último plano de esta película autobiográfica es la de la directora aragonesa caminando por la vía pública, mostrando, ahora sí, su silueta completa. Espacio, tiempo y cuerpo se erigen, así, en las coordenadas nucleares de esta reflexión desde lo micro a lo macro”.

   Los prejuicios no son más que observación, tiempo y capacidad para elaborar patrones. Lo normal, o lo aceptado como etiqueta, como marca de la casa, es que se dé un abisal contraste entre la probable genialidad del artista retratado y el pedestre documental que se le dedica. La mayoría de los documentales que pululan por ahí están realizados sin personalidad propia, sin que sus imágenes se entiendan, o se extiendan, como una ramificación de los cautivadores universos anticonformistas que retratan. Irene Bailo, por su parte, salva la afrenta del lugar común, del manoseado cliché, y trasciende a su manera la memoria. Porque la memoria no conserva la vida: la reorganiza. La convierte en relato, en gesto repetido, en paisaje atravesado por el tiempo. En ese territorio incierto, donde recordar es ya una forma de reconstrucción, se sitúa ‘Queer me’, el controvertido y fascinante documental de Irene Bailo.

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