
Por J.J. Beeme
¿Releer los mitos literarios es tan legítimo como reescribirlos? ¿No advirtió Calvino que los clásicos, puesto que no terminan de decir lo que tienen que decir, siguen siendo capaces de susurrar y hasta gritar a nuestra desmemoriada modernidad? ¿Cabe, en fin, intercambiar o fundir la vida de un autor con la de sus personajes?
Las obras de Shakespeare han sido golosas para un granado puñado de cineastas (Welles, Olivier, Kurosawa, Zeffirelli, Branagh), pero su vida misma se ha entretejido con la de sus obras en algunas películas. Romeo y Julieta, que se presta tanto a la exploración de la tragicomedia amatoria como al más indiscreto voyeurismo, ha sido la falsilla de Romeo + Julieta (Baz Luhrmann, 1996) y de Shakespeare enamorado (John Madden, 1998). Su nebuloso taller de escritura ha estimulado a los apasionados de la intriga histórica: Anonymous (Roland Emmerich, 2011) otorgaba la paternidad de sus obras al conde de Oxford, en cuya compañía teatral fue primer actor, y El último acto (All is true, Kenneth Branagh, 2018) reconstruía su crepúsculo, de vuelta a Stratford, bajo las pavesas de Enrique VIII. En términos patrios, Miguel y William (Inés París, 2006) quiso enredarle con Cervantes en cuitas de amor y muerte, que la leyenda unifica en el florido 23 de abril.
Hasta llegar al Hamnet de 2025, que la pequinesa Chloé Zhao dirige adaptando, con ayuda de la escritora, la novela homónima de Maggie O’Farrell. Miradas y licencias de mujer sobre otra mujer del XVII, la granjera Anne/Agnes Hathaway, que le parió al bardo-curtidor dos hijas y un hijo sin salir nunca de Stratford-upon-Avon ni tampoco, esa es la tesis, de su numinoso trato con las yerbas y las pócimas del bosque mágico, antiguas sabidurías brujeriles transmitidas siempre por vía materna.
Shakespeare, atestiguan las fuentes, perdió a su hijo Hamnet con once años: hecho cierto, como también las pestes que asolaban Inglaterra, y esta biografía los enlaza plausiblemente. Como en un cuento de Borges, el niño intercambia muertes con su gemela Judith, y ese sortilegio fatal se proyectará luego al dolor sordo del padre biológico / literario. De manera que en el nombre del hijo —así titulan este estreno las salas italianas— el joven poeta, dramaturgo en ascenso y padre ausente en el Londres de sus primeros éxitos, restañará la herida poniendo en escena el exorcismo de aquella muerte madrugadora.
Como el rey de Dinamarca, envenenado por su hermano usurpador, Hamnet había estado suspendido en un limbo de malos presagios y culpas sin resolver. Pero finalmente, obrada la magia escénica, podrá entrar en el útero de la muerte que le está esperando. Conmovedor conjuro de la palabra dicha.
Vaya usted a saber cuál fue la verdadera historia del príncipe de Jutlandia, en ese siglo VI que emerge, brumoso, de las crónicas de Saxo Grammaticus. Gabriel Axel probó, en 1994, a contar la conjura fratricida de Fenge y la consiguiente venganza, a sangre y fuego, de su sobrino Amled / Amleth, que vuelve cuerdo de Albión pero hecho un auténtico fantasma. Lord Olivier, aun sobrepasado por la edad, acuñó el icono cinematográfico en las láminas miniadas de un Elsinor tenebroso, de raro ensueño expresionista. Y luego Ian McKellen, otro actor de estirpe shakespeariana con infinitas más arrugas, revive a los cientos de actores que han prestado cuerpo y voz al dubitativo danés, ellos mismos también sombras, doblemente espectrales, o actualiza el mito entre los bastidores de un teatro muy real y muy británico. Vueltas de tuerca, modulaciones, ensayos de interpretación de aquella sangrienta tragedia que continúa hurgando en las recámaras de nuestro inconsciente y en la que, como suele decirse, no se salva ni el apuntador.
Pero la singular lectura que proponen Zhao-O’Farrell huye de toda aquella brutal épica, por austera y despojada que fuese; tampoco vuelve filológicamente al drama ni opta por innovadoras dramaturgias. Se centra en lo menudo doméstico, en la tragedia íntima familiar, en los anhelos de Will, maestro rural que malvive con sus latines, a despecho de su vocación, y abandona el hogar en horas difíciles en busca de triunfo. Hasta que su llanto, su duelo de padre roto, estalla en las tablas del Teatro del Globo, ante un público en pie y partícipe que se integra en la representación y la vive por dentro.
Y entonces la película, que fue y es teatro, alcanza su clímax con nosotros extrañamente duplicados en la pantalla. El prodigio del viejo teatro, de nuevo, se repentiza en fiesta y catarsis colectiva. El cine trascendido en teatro; el teatro ritualizado en la oscuridad de un cine. Y el arte, vida representada, como única posibilidad de supervivencia. O lo que es lo mismo: la resurrección de la carne en el espíritu del relato, en la memoria narrada. Lo repetían mis maestros lacanianos de la cátedra de cine de Valladolid: la búsqueda del padre (o viceversa) es una de las semillas inmortales del gran repertorio simbólico universal.
José Joaquín Beeme
Fundación del Garabato
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