
Por Julio José Ordovás
Los veo al final de la tarde en los bares del barrio, bebiendo sin sed, riendo sin alegría, llorando sin lágrimas o simplemente matando el rato.
Los veo en el súper, comprando latas de comida y latas de cerveza y rollos de papel higiénico y cápsulas de café. Los veo salir de casa temprano para ir al polígono o a llevar al niño a madrugadores y luego al polígono. Los veo perdidos, confundidos, colgados. Los veo esquivar los espejos, tender la ropa, aspirar el polvo de los días chungos, cruzar los dedos, caminar sin dirección, pisar los charcos y las mierdas de perro, tropezar una y otra vez con las mismas sombras, poner buena cara al mal tiempo.
Los veo entrar en ‘apps’ de citas o en páginas porno o repasar melancólica y masoquistamente las fotos antiguas que conservan en sus móviles. Los veo llamar a sus madres y preguntarles cuál es el truco para hacer el alioli sin que se corte. Los veo buscar en Spotify viejas canciones que vuelven a emocionarlos como la primera vez que las escucharon. Los veo en el gimnasio o en la pista de pádel o en el ambulatorio o en una gasolinera o en la orilla de la carretera pedaleando con todas sus fuerzas. Los veo fumar en las puertas de los bares de tardeo con gesto de haber perdido el último tren. Los veo dormidos en el sofá con la tele encendida y en la tele una serie de un asesinato en serie. Los veo el domingo por la mañana en una terraza: pinchan una aceituna, le dan un trago al Aperol y miran a sus hijos mientras sus hijos miran estupideces en Tik Tok.
No son héroes ni villanos. Son hombres que se han quedado solos en medio del camino y no saben cómo sanar sus cicatrices, cómo aclarar sus sentimientos y ordenar sus pensamientos, cómo reconducir sus vidas.








