
Por Eugenio Mateo Otto
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Viajar en el autobús urbano supone un sorprendente recorrido por el mundo sin moverse del asiento.
Sin apenas darnos cuenta, han cambiado muchas cosas, todas importantes, como la presencia indiscutible de la mezcolanza de razas y de pieles como algo cotidiano. Si se pudiera descifrar en sus miradas el baúl de los recuerdos nos daría la clave del porqué de la aventura. De por qué han llegado hasta aquí, dejando su pasado como un lastre que vara sus raíces, rotas, al menos por el momento, simplemente para vivir una vida cuando no quedaban alternativas.
Nuestra sociedad nada tiene que ver con lo que fue, afortunadamente. Vivir en autarquía mental permanente obligó a estrechar los conceptos en un provincialismo vital en torno al ombligo. Incluso, muchos compatriotas tuvieron que emigrar, lo cual no deja lugar a la duda sobre cuál es el significado de la migración: la necesidad. Un flujo de distintas razones llega a un país que no conocen. Sobre toda razón: supervivencia. Se produce un choque de culturas, es inevitable, pero también lo es que la vieja cultura agoniza porque no nacen niños. Una sociedad mestiza sólo dependerá del tiempo y toda controversia es inútil.
Xenofobia era una palabra por estos lares en desuso. Salvo en el sentido doméstico de la ocasión con alguna etnia, no nos sentíamos xenófobos. Ahora, nos estamos seguros. Han cambiado tantas cosas que exigen entrenamiento para asumir la realidad, que no es otra que el mundo sólo tiene fronteras en los mapas. Es comprensible que ante tanto forastero se suscite desconfianza. Es consustancial con el espíritu humano. Es puro atavismo, aunque la marea humana se lleve todo por delante. Aquella soberbia de la Torre de Babel se dice que fue castigada por un rayo divino y esta Babel de lenguas y costumbres será un nuevo paradigma de una nueva realidad. Por el camino, dudas, muchas dudas, y las vísceras a tope, pero pasará. Pasará a pesar del temor a lo desconocido, de ese filtro que decide quien cabe o no. Mientras tanto, se nos han ido instalando en la mente diversos prototipos de emigrantes en el ánimo de baremar su adhesión al Sistema. En la escala del 1 al 10, cualquier ciudadano, en cualquier rincón, tiene el resultado perfectamente claro. Claro, que eso es siempre subjetivo, sobre todo si alguien le ha calentado la cabeza en un bar.
Es innegable que en la población corre un sentimiento de desconfianza hacia este fenómeno migratorio. Observa que los hechos van más rápidos que las palabras y la fisonomía de la ciudad ya ha cambiado. Para algunos, ha cambiado demasiado, para la mayoría ha cambiado lo suficiente; para todos, es la que tenemos…y creciendo el ranquin de las megalópolis. En el beneficio de la duda, esto de la migración huele a negocio. Crece la población y crece la construcción, por tanto, la necesidad de mano de obra. Los que llegan de varios continentes acaban cubriendo las bajas laborales de los autóctonos siendo hegemonía en algunos sectores como la hostelería. Los colegios se llenan de pieles diferentes que comen Bollycaos en los recreos. Mujeres y hombres hacen tareas que ya nadie quiere y no le vienen a quitar al pan a nadie, como pregonan los agoreros. Es la economía de mercado lo que asimila pronto el que llega cuando descubre Puerto Venecia, y por arte de la globalidad, todos llevan móvil para no estar desconectados. La fusión que acabará en fisión de momento sigue en los cuarteles de invierno de la endogamia.
Como asunto crucial es de fácil manipulación política. Por si fuera poco, surgen en Europa movimientos con los mismos postulados de limpieza étnica que ya demostraron al mundo como no se puede caer más bajo. Por esta tierra no nos escapamos tampoco; la dialéctica cavernaria quiere llevarnos al pasado y de paso, llevarse a los que sus rasgos les delaten. Siendo coherentes, ¿Quién impulsará los tajos? ¿Quién recogerá la fruta?
En ese caldo de cultivo se cocina la duda de si nos habremos vuelto xenófobos.








