Gabriel Sopeña. El trovador del rock


Por Jesús Soria Caro

  1. ENCUENTRO CON EL AUTOR EN FNAC.

      En el ciclo de encuentros que organiza la Asociación de Escritores Aragoneses en Fnac Zaragoza, que supone siempre un recorrido por la trayectoria vital y personal de grandes figuras de la literatura en Aragón, tuvo como uno de sus protagonistas a Gabriel Sopeña, destacado poeta y músico.

      A lo largo del encuentro Mar Blanco y Fran Picón, dos conocidos escritores, dialogaron con él sobre su vida y su obra. Se le plantearon diferentes cuestiones. Se le preguntó de dónde surge la inspiración musical, y su respuesta versó sobre la idea de que las notas surgen de una patria que es la belleza, esta despierta en el alma del creador como una facultad que duerme en el silencio e igual que la poesía debe salir, surgir de ese estado interior, nacer, despertar en la imaginación de quien compone. En cuanto a sus orígenes vitales habló del barrio de Casablanca, de cómo antes no todo estaba dado, la cultura era un bien valorado. Los progenitores debían hacer un esfuerzo para que sus hijos pudieran estudiar, progresar. Era también la posibilidad de alcanzar el saber una forma de redención. Su padre era un hombre que, aunque no pudo estudiar, estaba interesado en la cultura. Si tuviera que definirse a sí mismo, un buen término sería homo novus, un chico que quiso ser aprendiz de humanista, de músico, de poeta…

     Ante la idea del desdoblamiento entre la figura del profesor y la del cantante, nuestro trovador diferencia ambas facetas, aunque señala que tal vez haya algunos aspectos en los que se puedan encontrar ciertas concomitancias. Subir al escenario lo define como abolir el tiempo histórico. Actualiza en su poesía lo que poetizó Gil de Biedma: “que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde”.  Me gustó la idea de que en un concierto el músico y el espectador participan del ritual de la música, se funden en la melodía, las notas hacen que se suspenda el tiempo, las letras navegan sobre ese momento eterno, repetido, en el que, curiosamente, la sensación de lo temporal no existe, se vive sólo la intensidad de la belleza, del arte. Por el contrario, ser docente para él es hablar ante ochenta y cinco o noventa personas, con las que, según relató: “te sumerges en la historia real, actual, de la gente joven, en su mirada está el futuro, es bueno que su forma de ver las cosas sea diferente a la de quienes pertenecemos a otras generaciones. Ellos son la historia viva que será futuro, son más verdaderos que los que pretenden ser protagonistas de esta: los políticos”.

        En cuanto a su trayectoria musical, cuando le preguntaron por sus orígenes, recordó sus primeros pasos en el rock en bandas como: Golden Zippers, Ferrobox. Nos confesó que en aquellas décadas no había nada, no podías encontrar buenos discos que triunfaban fuera de España, eran tiempos oscuros de prohibiciones. Se compraban locales y abrían bares para poner la música que te gustaba, se traían discos que estaban prohibidos en España. En cuanto a su concepto de la música nos habla de que hubo grandes bandas en Aragón, la industria no permitía que surgieran estos grupos que tenían calidad, pero la libertad, la creatividad de estas bandas no fue fagocitada por los grandes estudios. Mauricio Aznar, con quien compartió muchos momentos en su infancia y en la composición de canciones en Más birras, proclamaba una frase que suscribe Sopeña: “no vivo de la música, la música me vive a mí”, es decir, esta se expresa a través de su ser, surge como si fuera un médium, el poeta solo es el canal, el músico también…

     En aquellas gramolas en su primera juventud escuchaban a The Beatles, a intérpretes del sello Motdown. En unos futbolines de la base americana conocieron a unos músicos de orquesta que se habían formado en el conservatorio, les enseñaban como tocar, les corregían canciones, Mauricio y él aprendieron mucho de ellos. Desde muy jóvenes tuvieron ese contacto con gente de la música con mucho bagaje y trayectoria.

     Hizo una reivindicación cultural; se quejó de que los gestores no hacen ninguna bien a la cultura, porque afirmó que en una noche como en la que se celebró este encuentro, no había un solo teatro abierto en Aragón. Sin embargo, cuando ha estado en Argentina y en otros países, es al revés, la oferta es continua. Esto dice poco a favor de nuestros políticos, son datos de la lamentable gestión cultural. Fran Picón le confesó que cuando leyó La noche del becerro, editado en Olifante, pensó que alguna vez le gustaría publicar en ese sello, admiraba ese libro y en ese momento pensaba que le gustaría aparecer en la misma colección en la que este había sido editado. Se le preguntó por su proceso de escritura, su forma de trabajar cuando compone textos líricos. Afirmó que puede estar muchos años sin publicar, aunque no pare el proceso creativo. Puede retomar cosas que escribió hace años y reelaborarlas, cambiarlas en la medida que sea necesario.

DAME UNA NOCHE, SELECCIÓN DE SU POESÍA (análisis de su obra poética)

     Dame una noche es una excelente antología de la obra lírica de Gabriel Sopeña que inaugura una colección dirigida por Nacho Escuín en la que la poesía y la música dialogan. Su literatura es un crisol de estilos, toda la tradición y toda la vanguardia están contenidas en su alma de trovador. Se siente el amor cortés que traducía el sentir amoroso al lenguaje simbólico de la guerra: “Si hay alguna guerra/quiero hacerla en tu boca./Si hay una paz quiero tocarla en tu piel”. Es la conquista de la amada, de su fortaleza donde se refugia su deseo frente al asedio del ataque de la pasión del enamorado: “Igual que un ejército fiel/[…]me desplomé sobre tu pecho…”. La mística se encuentra en la necesidad de traspasar en el silencio el infinito de lo indecible, lo que la interioridad ha recorrido y no pude hallar la forma de la palabra que lo alumbre, buscando nombrar el deseo de la eternidad de aquello que habitó el pasado y que será infinito en nuestra alma: “La goleta que busca el fin/en esa playa abarrotada y turbia/que llamamos el mañana”.

     Escrita junto a Mauricio Aznar, “Apuesta por el Rock and Roll”, es un poema que, como muchos de los textos incluidos son letras de canciones, es un canto a la derrota, más hermosa esta que la victoria, siempre que el ideal nos aleje de lo corrupto del éxito, es un canto de pureza, de libertad vital por encima del sistema que anula esa voz libre; es la “cara b” del que no se traiciona a sí mismo, porque como bien cantó Kipling “el éxito y el fracaso/esos dos grandes impostores”. El fuego de raigambre petrarquista, arde de intensidad en estos versos que son alma. El poeta se quema en el fuego que es la amada: “Ella es el fuego que arde sobre mí,/la trinchera de la libertad”. El lenguaje místico dota a la palabra de la fuerza irracional capaz de ser voz de lo que el silencio contiene en su forma del absoluto que lo decible deforma en sus límites lógicos. Sopeña, en su particular “Noche oscura del alma”, navega el interior y naufraga en la belleza de la búsqueda del amor: “Necesito tu fuerza,/soy un naufrago buscando el interior/y tú ganaste la orilla antes que yo”. El amor a lo imposible es la pureza máxima de la alquimia de un soñador, circula en estos versos que arden de infinito, solo queda embriagarse con lo sublime: “Recuerdo cuando en los cielos/todos los vientos clamaban/en el idioma de tu alba”.

     El poema “Tú eres mi camino de Santiago” conjuga perfectamente la tradición clásica, la Peregrinatio vitae, con imágenes vanguardistas. Se transitan en sus poemas los abismos que nos hacen rozar lo eterno. Hay en algunos pasajes un lenguaje irracional surrealista que evoca lo abisal de nuestra interioridad, las profundidades del subconsciente, eso sí, siempre desde un ejercicio poético admirable: “sembraré mi canción en el Campo de Estrellas/y se abrirán mis ojos donde muere el sol”. “Es difícil conectar a tus venas/con un mar de papel”. Navegamos en la poesía de Sopeña lo sublime, el interior de la amada que es el mar del dolor de los versos, su brillante asociación que conecta la pasión con la isotopía de lo acuífero. Es un poeta que te mece en la profundidad de sus versos como el mar cuando se lleva al naufrago a la belleza de sus abismos.

BIBLIOGRAFÍA:

Sopeña, Gabriel: (2025): Dame una noche. Bala perdida, Madrid.

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