
Por Javier Barreiro
En la Antigüedad, sorprendía el viaje de Solón, uno de los llamados “Siete sabios de Grecia” que, tras dictar las leyes que le solicitaron los atenienses, emprendió un viaje de diez años, según cuenta Herodoto.
Entonces nadie viajaba por cuestiones ajenas a guerras, política o comercio, por lo que quienes acogían al sabio, que lo hacía por la contemplación de lo ajeno y el deseo de conocimiento, quedaban perplejos. Ventajas del viajar: Solón fue quien recibió la primera noticia de la existencia de la Atlántida a través de un sacerdote egipcio. Eso transmite Platón, que nos descubrió el ignoto continente.
Hoy no viajamos por curiosidad y muy pocos por deseo de información –todos los destinos son rediles de turistas- sino por inercia, por imitación, por la absurda creencia de que vamos a encontrarnos con nosotros mismos en Corfú, mejor que en nuestro cuarto de estar. De hecho, estas manadas que quedan estabuladas durante varios días en estaciones y aeropuertos, más que a lugares, viajan a nombres de moda. Gran parte desconoce la geografía y el mapamundi y no saben si Estambul, Zanzíbar o Cancún se encuentran al norte, al sur, al este o al oeste de dónde ellos habitan.

Ya es imposible viajar con afán de descubrimiento. Se hace como confirmación de que un yo, que son miles de millones, ha viajado a las cataratas del Iguazú, a los fiordos y ha sostenido la torre de Pisa, como confirman las fotos del móvil. Un querido amigo, que estudió conmigo en la Facultad, viajaba en verano a la Europa nórdica para resarcirse de la represión sexual que todavía oprimía a los jóvenes españoles. Y bien que lo consiguió. Hoy eso también sería absurdo. Yo también viajé en mi juventud en busca de la España rural que estaba dando las boqueadas y puedo decir que comí en fondas comunales, bebí en tabernas inimaginables y conseguí dormir con chinches o junto a un señor al que le olían mucho los pies. No tanto como mi amigo, pero incluso disfruté de algunos episodios eróticos con muchachas, que uno vinculaba con las pastoras renacentistas y las mesoneras del Quijote. Al fin, el viajero por excelencia, Ulises, fue un conquistador -o un conquistado- de los mares y cayó gustosamente en las redes de las sirenas, Calipso, Nausicaa, Circe… hasta volver a su origen. Lo contó muy bien Ortega:
“ Su emoción pudorosa al verse desnudo con sus cuarenta años corridos delante de la juvenil Nausicaa, es la emoción clásica del Don Juan decadente. Al tornar, por fin, a la vera de su conyugal tejedora, no se contenta con menos que con reconquistarla, triunfando sobre sus pretendientes”.
Para viajes, los del andaluz Alvar Núñez Cabeza de Vaca, el mejicano Alonso Ramírez, el castellano Andrés Laguna, el aragonés Pedro Cubero, o el ilustrado pirata inglés Dampier, que no todos van a ser españoles, pero terminaré con un viaje al que, sorprendentemente, casi nadie se refiere, a pesar de que la correcaminos fue mujer, el género que hoy se busca con candil para difundir sus fechos y fazañas. Ella misma lo contó, aunque su texto no fue conocido hasta finales del siglo XIX.
Me refiero a la monja Egeria, que, procedía del noroeste español y que en la penúltima década de la cuarta centuria, peregrinó a Tierra Santa y, de allí, a la Tebaida eremítica y otros lugares, subió al Sinaí y, tras diez años de camandulear, volvió sana, salva y virgen a su monasterio de origen para contarlo. Lo mismo deseo al lector que regresa de sus vacaciones y hasta aquí ha llegado.
El blog del autor: https://javierbarreiro.wordpress.com/








