
Por Julio José Ordovás
Los gloveros son los faraones de la ciudad. Han acelerado las calles desbancando a los repartidores de pizzas y a los ‘mensakas’.
Centauros eléctricos, ángeles sin alas pero con casco, sus mochilas son la actualización de la piedra de Sísifo. Sísifos con patinete y sin pesadumbres filosóficas porque cuando trabajas a destajo no tienes tiempo para plantearte el sentido de la existencia.
Los gloveros hacen realidad tus deseos sin que te muevas de casa, por un precio irrisorio y en un tiempo récord. Los gloveros son optimistas por necesidad. Mantienen encendida la llama del consumo para que el mundo continúe girando incluso en las horas más intempestivas. Aunque llueva a mares, aunque el viento sople con furia, aunque las calles estén cubiertas de nieve, ellos se sacrifican para que tu hijo y tú os podáis comer unos kebabs sin interrumpir vuestra partida en la Play.
Deberías arrodillarte ante ellos cuando llaman a tu puerta, además de darles una propina generosa. Pero ni siquiera les das las gracias. Ni los miras a la cara. A lo mejor piensas que no tienen rostro. Ni rostro ni nombre ni tarjeta sanitaria. Que todos los gloveros son el mismo glovero. Coges los kebabs con gesto de emperador romano y cierras la puerta de un portazo y sigues a lo tuyo, quemando la Play con la boca llena de carne ultraprocesada y los dedos pringados de salsa.
El glovero te ve. Ve las pelotillas de tu pijama. Ve la soledad en la que vives. Ve tu poquedad, tu trono de plástico o de aglomerado. El otro día me crucé con un glovero que salía de una frutería comiéndose un plátano. Me pareció una imagen hermosa. Estuve a punto de pedirle un selfi, de abrazarlo, de decirle que es el héroe de la nueva sociedad del bienestar.








