
Por Carlos Calvo
El escritor, periodista, director, guionista y actor David Trueba, madrileño de 1969, adapta por primera vez a la gran pantalla una novela propia (‘Blitz’, publicada por Anagrama en 2015) para realizar ‘Siempre es domingo’, la historia de un arquitecto paisajista (David Verdaguer), llamado Miguel Mena y de cuarenta años, que acude a un congreso en Lieja con su novia (Amaia Salamanca) y allí, en pleno invierno, con un frío que pela, se precipita el final de una relación de cinco años…
…, un lazo estancado y que no evoluciona.
Ella le dice que todo ha terminado, en efecto, al reemprender el vínculo sentimental que mantuvo tiempo atrás con un cantante uruguayo. Su tiempo, por tanto, ha pasado, ha sido consumido. Ha sido, maldita sea, un producto más, acaso una “tirita” o un simple “trampolín”, porque ella ha decidido dar un paso al frente y marcharse. Ha vivido una época gloriosa con esa persona, o así, y ya consume otra. Y sus mensajes de amor ya no serán para él. Y como sin amor, ya se sabe, siempre es invierno, nuestro ingenuo protagonista (bastante merluzo, por otra parte) se queda, como la temperatura, helado. Pierde a su chica por sorpresa e iniquidad y queda, esto es, descolado y descompuesto.
Parece este personaje la perfecta extensión de David Trueba, un hombre despistado en lo sentimental, al borde del fracaso profesional y personal, en un desmembramiento de las cosas que le han sustentado. Tocado pero no hundido. Pierde a su chica, sí, y ella se muestra como una mujer valiente que toma una decisión para recuperar su vida. Trueba cuenta una ruptura desde la perspectiva de dos personas que se quieren para abordar un relato común, una historia delicada e íntima, acaso tópica, pero sin forzar el más mínimo énfasis dramático, a la manera de una suave tragicomedia siempre hábil en el manejo del detalle humano. Y se luce en esos cálidos momentos de pausa, aparentemente copados por el frío estacional, las conversaciones y los resquemores.
Por su tono, y más allá de una ‘nouvelle vague’ bañada en Woody Allen, ‘Siempre es invierno’ recuerda al cine de Claude Sautet, en especial ‘Nelly y el señor Arnaud’ (1995), pero cambiando los roles. Si el cineasta francés habla de un hombre (“un señor mayor, no un anciano”) con un inmenso camino recorrido que vela por una mujer con un itinerario por recorrer, el director madrileño, también responsable del guion, se enfrenta ante un individuo afligido y bloqueado, desolado y confuso en su deriva existencial, que decide pasar unos días más en la ciudad belga para reconstruir su vida y redefinir su futuro, mientras se pregunta constantemente cómo puede introducir la naturaleza en cualquier urbe…
En su periplo, en ese transitar errático por las calles belgas y habitando los fríos bancos públicos de los parques, nuestro hombre entabla amistad (y algo más) con una veterana mujer francesa (Isabelle Renauld, fascinante), divorciada y cinco lustros mayor, culta y con clase, que trabaja como voluntaria en el seminario arquitectónico y le ayuda a reconstruirse, a encontrar un nuevo propósito. Y al que llama Migüel (con diéresis, pronunciando la ‘u’). Esta mujer será, a fin de cuentas, su cobijo, su horizonte. Hay entre ellos un intercambio de calor, un paréntesis que se les ofrece, buscando, acaso más que el romance, la compañía, la conversación, el refugio.
Poco a poco, como la vieja hila el copo, él se va transformando a lo largo de un año por los diferentes escenarios recorridos (Madrid, Barcelona, Mallorca), en una sucesión de finas elipsis finales, para pasar de un periodo de hibernación al proceso de retomar el calor de la vida y la compañía. Con la presencia de los tambores de Calanda y Buñuel al fondo. También de Ismael Grasa, el pasajero marmóreo. Y de José Luis Melero como alcalde vuestro que soy. Guiños y menas aragoneses, ya ven.
Pese a ciertos desajustes narrativos, sobre todo en un inicio un poco pedante, abundante en lugares comunes y diálogos con inclinación al victimismo, que chirrían por afectados, ‘Siempre es invierno’ va creciendo a la chita callando, a medida que progresa el metraje, para convertirse en un filme sobrio y elegante, de sabor agridulce (en sus elementos tristes no pierde nunca el humor), que habla del desamor, del amor y el paso del tiempo (¡esos relojes de arena!). La relación insana con el paso del tiempo, esto es, sin asumir que pasa, que avanza, que provoca una enorme insatisfacción, una suerte de frustración vital.
En una sociedad de usar y tirar, maldita sea, todos somos esclavos del tiempo. Y Trueba lo narra con una caligrafía limpia de raíz clásica, un cine que observa seres humanos y conductas sin subrayar nada, sin pretender dar lecciones a nadie ni mirar por encima del hombro del espectador. Porque entiende que vivimos para sentirnos especiales aunque solo sea un instante. Lo importante es quererse un rato, aunque sea mentira. Con todo y con eso, ‘Siempre es invierno’ se erige, hasta el momento, en la mejor película de Trueba, llena de encanto e ironía, calidez humana y frialdad ambiental, una amable reflexión sobre la aceptación de los diferentes ciclos de la vida y el despojamiento de prejuicios afectivos.
El conjunto, así, deviene un atractivo retrato de personajes, cercano, certero, vivo. Porque Trueba sabe mirar con insólita placidez, con la inteligencia de quien puede enmascarar una puesta en escena de milimétrica complejidad tras una apariencia de desnudez. Cine vital, imaginativo, que hace de la lucidez su mejor arma. Personajes que dialogan ante el espectador acerca del paso del tiempo, los designios del azar, las relaciones personales o las segundas oportunidades.
En su deambular, parece decirnos Trueba, el protagonista pierde el tiempo como única forma de encontrarlo después, cuando no sabe exactamente qué es lo que busca, pero sigue mirando, incluso roto y desubicado, por una ventana cualquiera. Acaso la vida artística significa tener tiempo para que pasen cosas buenas. Perder y encontrar el tiempo sin querer, esto es, al final de un paseo sin rumbo. Y el cineasta asiste imperturbable a todo ello, indagando en la fragilidad de los sentimientos, en los celos y egoísmos. La sutil mirada del autor crea un mágico ejemplo de cine hondo y verdadero, transparente y emotivo. Y con su cámara captura a sus variopintos personajes de la manera más sencilla, desprendiendo verdad, en efecto, para atrapar la cotidianeidad de sus anhelos. Un universo temático urdido por el amor, el deseo, los devaneos, las dudas, los prejuicios, las rupturas, las vulnerabilidades…
Al cine, dijo Tarkovski, se va a buscar el tiempo perdido, fugado o aún no obtenido: al cine vamos, entre otras cosas, a vivir las vidas que nunca tendremos y, sin embargo, nos interesan. Porque la sed de tertulia no desaparece. Y la comedia de la vida es tragedia más tiempo, por decirlo con Woody Allen. La cultura, al fin y al cabo, es esa conversación que seguimos teniendo alrededor del fuego.
Nacionalidad: España y Bélgica. Año de producción: 2025. Dirección: David Trueba. Guion: David Trueba. Argumento: novela de David Trueba ‘Blitz’. Fotografía: Agnès Piqué Corbera (color). Música: Maika Makovski. Intérpretes: David Verdaguer, Amaia Salamanca, Isabelle Renauld, Jon Arias, Vito Sanz. Duración: 117 minutos.








